Hay héroes y hay hazañas. Y en estos interminables tiempos de pandemia, algunos de ellos se agrupan alrededor del Teatro Real de Madrid. En unos meses en los que la vida cultural ha echado el cierre indefinido en todo el mundo, España reluce como centro de la lírica europea -¿quién se lo hubiera imaginado? El Financial Times y las televisiones alemanas se apresuran a mandar a sus corresponsales, mientras que las estrellas de la ópera destacan en Twitter con indignado asombro lo que no está ocurriendo en sus propios países. El revuelo no es para menos, el Real ha conseguido sacar adelante una obra monumental de cinco horas de duración a través de trabajo duro y una impecable profesionalidad. Bravo.

Pero la enhorabuena no va dirigida tan solo al titánico esfuerzo, sino también al resultado. Uno acude al teatro con voluntad de perdonar lo que haga falta, dadas las circunstancias, y se encuentra con un Sigfrido más que notable, lleno de agradables sorpresas y de una calidad digna de los mejores teatros de tradición wagneriana. 

Andreas Schager (Siegfried) © Javier del Real | Teatro Real
Andreas Schager (Siegfried)
© Javier del Real | Teatro Real

Pablo Heras-Casado está ofreciendo en este Anillo una sólida mejora continua en términos de sonoridad, de narrativa y de conexión con la audiencia. Contemplamos su Oro con la distancia que impone una lectura correcta, su Valquiria confirmó la capacidad para acercarnos a la épica; con su Sigfrido entramos en la experiencia inmersiva, sensorial y emocionalmente. Abordar por primera vez una obra de la ambición de la Tetralogía está suponiendo un paso decisivo en su madurez como director. Heras-Casado hace una interpretación minuciosa, se adivina el trabajo en la partitura, dotando de personalidad propia a cada uno de los leitmotivs que la conforman. Pero, además, entiende que no son solo una colección de elementos independientes, sino instrumentos dinámicos para crear atmosferas emocionales. Se siente el crepitar de las brasas en la forja, los murmullos del bosque nos despiertan una curiosidad irrefrenable -al sonar, un gran porcentaje de la sala nos echamos hacia delante con afán descubridor-, y el motivo del destino nos produce zozobra y congoja. En contra de lo que afirman los clichés populares, ese es el secreto de un buen Wagner, no los decibelios que, por otra parte, una orquesta reducida al mínimo imprescindible no pudo ofrecer.

Andreas Conrad (Mime) y Andreas Schager (Siegfried) © Javier del Real | Teatro Real
Andreas Conrad (Mime) y Andreas Schager (Siegfried)
© Javier del Real | Teatro Real

El otro gran triunfador de la noche fue Andreas Schager, que se confirma como un Sigfrido (además de Tristán) de referencia. Tiene la resistencia necesaria para llegar al final del papel con la voz fresca y lanzarse con éxito al exigente dúo final. Combina los imprescindibles aspectos heroicos con cualidades líricas, mostrando sabiduría en la elección del registro declamatorio o potenciando la línea de canto, según lo requiera la escena. Dramáticamente, resulta igual de convincente como niño perdido, como joven emancipado y como adulto enamorado. Lamentablemente, Ricarda Merbeth no estuvo a la misma altura, sus cualidades vocales se mostraron más insuficientes para esta Brunilda -de un tercio alto endiabladamente exigente- que para la de la Valquiria. La dicción es ejemplar y el registro central sano, pero en cada agudo la emisión se tuerce irremediablemente, dañando afinación y timbre.

Ricarda Merbeth (Brünnhilde) y Andreas Schager (Siegfried) © Javier del Real | Teatro Real
Ricarda Merbeth (Brünnhilde) y Andreas Schager (Siegfried)
© Javier del Real | Teatro Real

Okka von der Damerau mostró buen canto, pero resultó víctima de un error de reparto. Es una mezzo, no una verdadera contralto, y es imposible sacar el papel de Erda adelante sin una voz de color oscuro y tientes ancestrales. Tomasz Konieczny dibujó un Wotan más que digno, acentuando la vertiente autoritaria del papel en todas sus apariciones. En cuanto a los nibelungos, el Mime de Andreas Conrad demostró versatilidad vocal para la doble vertiente, malvada y cómica, sin caer nunca en la caricatura ni en lo grotesco. El resto de los secundarios potenció la calidad del elenco, entre los que hay que destacar la rotundidad cavernosa del Fafner de Jongmin Park.

En cuanto a la escena, Robert Carsen continúa ahondando en la interpretación ecologista de la Tetralogía. Pero esta mirada hacia el colapso planetario se plantea como un contexto estático, no como una premisa a desarrollar. La decadencia está presente y funciona visualmente, especialmente con el bosque marchito y el dragón-excavadora del segundo acto, pero no es capaz contribuir a la trama ni a la evolución de los personajes. Tampoco se echó de menos, la magistral iluminación tangencial sirvió para que algunos magníficos cantantes, arropados por el trabajo evocador y meticuloso de una orquesta dedicada, hayan hecho de este Sigfrido una gesta para recordar. 

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