Primera ópera escenificada de Gustavo Dudamel en el teatro catalán, volviendo pocos meses después de haber dirigido otro clásico verdiano, Il trovatore, presentado a inicios de la temporada. El director venezolano es reclamo siempre, sin ninguna duda, pero especialmente entre el público barcelonés. Tiene un especial cariño y conexión con el foso orquestal del Liceu, haciendo de cada trabajo conjunto un regalo para cualquier espectador que tenga la oportunidad de escucharlo. La entrega y la comodidad de esta simbiosis no hace sino añadir expectativas a un título muy esperado. Este Otello, producción de la Bayerische Staatsoper de Múnich, se presenta tentador por el reparto de primera línea constituido para la ocasión (entre otras cosas, el reencuentro entre Gregory Kunde y Carlos Álvarez como Otello y Iago respectivamente) y por una dirección musical que prometía una nueva lectura y momentos memorables. Aunque el armamento de esta consitución musical es sinónimo de calidad y excelencia, la dramaturgia (la otra cara de la moneda) se hizo ver discordante a lo que el libreto de Boito y la música de Verdi apelan.

Otello en el Liceu
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu
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Esta versión firmada por Amélie Niermeyer en dirección escénica y Christian Schmidt a cargo de la escenografía, es un planteamiento interesante, pero que conlleva dudas dramatúrgicas. Propuesta turbia y claustrofóbica que encierra al espectador en cuatro paredes, literalmente. La escena y el mundo de Otello lo conforman una estancia que se dobla y desdobla; aparece la asociación del Doble, de la réplica espacial del Otro. En este caso, la dualidad presentada no es otra que la presencia de esa estancia de Otello, distintivamente oscura aludiendo a su encierro y desintegración psicológica, y en contrapartida, la estancia de Desdemona, blanca y siempre en segundo plano, donde se ampara la esperanza. El tema del doble es atractivo y funciona en escena, pero falla en términos narrativos. ¿Es necesaria la presencia de Desdemona permanentemente? ¿Hasta qué punto suma o resta protagonismo al resto de personajes y, lo más importante, hasta qué punto afecta a la lectura verdiana? Obviando los efectos de la guerra (la carga real que influye en todos los personajes en Shakespeare), el Otello de Verdi está vencido desde el primer minuto. Niermeyer focaliza la destrucción del personaje en los celos hacia Desdemona y centra la trama en el recorrido hacia la barbarie del asesinato de esta. Visión lúcida y muy social, necesaria en todos los aspectos para recordar (una vez más) lo inadmisible de ciertos actos humanos. En definitiva: el protagonismo lo acaba teniendo el crimen rabiosamente actual. A muchos no les convenció esta mirada, pero, a favor de Niermeyer, ¿qué retrato se espera ver de un acto feminicida en pleno siglo XXI?

Otello (Gregory Kunde) y Iago (Carlos Álvarez)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

El discurso musical fue entonado con energía desde el inicio, con ese allegro agitato que marcó el ritmo y nivel de lo que sería el resto de la noche. Dudamel volvió a demostrar que es un maestro de ceremonias y que su capacidad de conectar y de pulsación con la batuta es única. Como con la orquesta, tendió sobre todo a destacar los cambios de dinámicas y a enmarcar los pasajes transitorios de la obra, aunque en varias ocasiones sus fortissimo llegaron a opacar las voces. La fusión entre la tríada de personajes principales y la efusividad de la orquesta y de su capitaneo era más que evidente. El tenor Gregory Kunde interpretó un Otello brillante; por su desenvoltura escénica y su consolidadísima carrera, Kunde brilló y regaló varios momentos deslumbrantes aunque conteniéndose un poco en los agudos. Al malagueño Carlos Álvarez le tocó ejecutar el rol de Iago, el antagonismo primordial de este personaje vuelve a convertirse en el epicentro. El barítono desarrolló este rol una vez más, pues su recorrido interpretativo con este personaje es basto y le dotó de todo el carisma y brillantez maquiavélica que le corresponde. El aria del “Credo” es uno de los ejemplos, quizás el momento más emblemático del antagonista.

Desdemona (Krassimira Stoyanova) y Emilia (Mireia Pintó)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Por otra parte, la búlgara Krassimira Stoyanova se puso en la piel de Desdemona y convenció por su desarrollo en una voz que fue entonada desde la luminosidad y fragilidad. La soprano hizo gala de sus mejores dotes en la escena de la "Canción del sauce" y del “Ave Maria” consecutivo. El coro siguió el nivel de excelencia marcado y ofreció una de las mejores actuaciones de lo que llevamos de temporada, mimetizándose con la oscuridad y recordando el choros más puramente griego.

Quizás varios factores han hecho que pierda fuelle este Otello, pero la música, transversal por ella misma y conducida por grandes portavoces de este arte, recorre de nuevo la condición humana y nos enfrenta a lo de siempre. Tan sabido y tan cuestionado a la vez.

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