Que un teatro termine siendo el aparcamiento de un centro comercial no es algo tan remoto: es suficiente dar un paseo por el centro de Madrid para ver teatros reconvertidos en tiendas de ropa o gimnasios. Puede que Laurent Pelly haya realizado ese paseo, en Madrid o en cualquier capital europea, para inspirar esta puesta en escena en la que, aun prevaleciendo el aspecto cómico, los personajes se tiñen de melancolía y aparecen como fantasmas en un lugar que sustituyó los trinos y las cavatinas por el rugir de los motores de vehículos a la moda. 

Escena de Viva la mamma en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

La dirección escénica del francés, si bien modificando temporalmente la localización de los hechos, mantiene intacta la atmósfera destartalada de una precaria compañía teatral, con actores mediocres y oportunistas dispuestos a asumir el protagonismo total o bien a darse a la fuga cuando el público ya brama para entrar a la sala. Junto a la concepción de fondo, Pelly supo caracterizar eficazmente a los personajes con un vestuario esmerado, así como una buena gestión de los espacios y de los movimientos de los cantantes, lo cual ayudó, sin duda, a plasmar una acción dinámica en la que las escenas se encadenaban sin perder su fuerza cómica.

Los protagonistas de Viva la mamma
© Javier del Real | Teatro Real

Musicalmente, a pesar de un argumento declaradamente farsesco, no deja de ser una obra exigente: hay varias escenas que cuentan con numerosos personajes, además del coro masculino, por lo que el trabajo del director musical es considerable. En este caso, Evelino Pidò templó bien la orquesta desde el foso, con un sonido cálido y aterciopelado así como unas dinámicas bien trazadas que se concretaban en un fraseo lleno de brío. Igualmente se vio el trabajo sobre la escena donde primó la sincronización y el entendimiento con naturalidad entre los participantes.

El segundo reparto, que protagonizaba la velada, es sin duda de notable calidad: compuesto por voces más bien livianas y de empaque contenido (en algún momento la orquesta los cubrió), derrochó empero musicalidad y agilidad, encajando a la perfección en sus roles y brillando en el aspecto dramático. Lejos de encartarse en los estereotipos esbozados en el libreto, se trató de personajes vivos, nunca planos, que supieron aprovechar las potencialidades del entramado.

Alejandro del Cerro (Guglielmo), Pietro di Bianco (Biscroma Stappaviscere) y Luis Cansino (Agata)
© Javier del Real | Teatro Real

Los personajes menores no descuidaron sus roles: Enric Martínez-Castignani (el poeta Cesare), Piotr Miciński (el empresario) y Pietro Di Bianco (el director de orquesta) intentaron frenar los egos de sus improbables divos tirando de un registro sólido y divertido a la vez. También Carol García (Pipetto) mostró una voz interesante, aun contando con escasas intervenciones. Alejandro del Cerro (Guglielmo) estuvo atinado en el comienzo, regaló un momento exhilarante en su dueto-duelo con Mamma Agata y se mostró correcto en la melancólica aria del segundo acto. La Luigia de Francesca Sassu, hiperprotegida por su “madre”, aprovechó sus bazas para exhibir una voz de buenos agudos y adecuada agilidad, cumpliendo de forma creíble (también en el uso de la voz) con el papel de joven actriz algo inexperta. El Procolo de Gabriel Bermúdez encaja vocalmente con el rol y sin llegar a tener una voz portentosa se adapta bien a las exigencias del guion, justamente por parecer siempre fuera de lugar en sus intentos de conquistar la escena dentro de la escena.

Luis Cansino (Agata), Enric Martínez-Castignani (Cesare Salsapariglia) y Sabina Puértolas (Daria)
© Javier del Real | Teatro Real

Pero los dos diamantes de la noche fueron sin duda la Daria de Sabina Puértolas y la Mamma Agata de Luis Cansino. La soprano navarra fue la más solvente desde el punto de vista de vocal: conjuga bien potencia con versatilidad, asienta bien las notas en el registro medio y alcanza el tercio alto sin problema, además de ser expresiva en el aspecto actorial. Tanto en los momentos como solista como en conjunto cumplió con creces, arrancando ovaciones entre el público. Luis Cansino, por otro lado, fue una Mamma Agata rotunda, sobre todo por el carácter que imprimió al personaje, con una presencia escénica apabullante y buenas dotes vocales, vertebró la obra desde su aparición hasta el final, destacando especialmente en los números de conjunto, donde la tensión conflictiva entre personajes se convertía en un virtuosismo musical sin excesos.

Se trató de una producción acertada, sabiamente coordinada e interpretada desde el punto de vista musical y vocal, que de una aguda farsa sobre los vicios y caprichos del mundo lírico hace un homenaje al teatro y a sus dificultades, a esas salas perdidas o reconvertidas en escaparates de ropa o en plazas de garaje. Le convenienze ed inconvenienze teatrali: a saber, tomarse en serio la risa, sin que ello nos avergüence, pero reflexionando sobre ese poso melancólico que la obra deja el día después. 

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