Nuevo programa en la temporada de la Sinfónica de Galicia, dirigido por Dima Slobodeniouk, y formado por tres obras que plasmaron desde perspectivas diametralmente opuestas la concepción trágica de la vida. El programa se abrió con un estreno absoluto, I Can’t Breathe del compositor Eduardo Soutullo, del cual ya pudimos reseñar al inicio de la temporada de la OSG su Alén, obra premio AEOS-BBVA, que nos causó una magnífica impresión.

La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk
© OSG

La composición de I Can’t Breathe surgió en el marco del ambicioso “Proyecto 2020(21), 20 compositores, 20 estrenos” de la Sinfónica de Galicia que incluye veinte obras de veinte compositores gallegos. Se trata de obras concebidas para una plantilla de unas dimensiones moderadas; en este caso cuatro maderas, cuatro metales, un percusionista y cuerda. La metafísica inspiración de Alén da paso en esta obra a un hilo conductor más terrenal, por no decir de rabiosa actualidad. Como es sabido, I Can’t Breathe, es el grito de denuncia del racismo que estalló en todo el mundo tras la muerte de George Floyd en 2020 y Eric Garner en 2014. Es por tanto una obra con una fuerte carga política, lo cual es de agradecer. Ni es habitual que los compositores contemporáneos muestren estos gestos de compromiso, ni muchas veces las audiencias responden con excesiva empatía. Recordemos el célebre por polémico ejemplo de La muerte de Klinghoffer (The Death of Klinghoffer) de John Adams.

En lo estrictamente musical las diferencias estilísticas entre el citado Alén y el nuevo estreno de Soutullo fueron más que llamativas, hasta el punto de que cabe preguntarse si I Can’t Breathe supone un giro estilístico en su composición o simplemente es una muestra de la versatilidad de Soutullo para moverse en muy distintos registros. Las abigarradas y sofisticadas texturas sonoras de Alén dejan paso en esta ocasión a una construcción más clásica, previsible y accesible para el oyente. La pieza se inicia con una solemne y poderosa afirmación orquestal, que reaparecerá, con más fuerza si cabe, justo antes de la conclusión de la obra. Tras ella la orquesta da forma a un discurso sonoro más intimista y de carácter onírico, en el que la aparición de una trompeta con sordina y las frases amplias y homófonas de las cuerdas confieren a la obra un genuino y sin duda intencionado sabor americano. Unos arcos incisivos anuncian inequívocamente la tragedia, que va creciendo en dimensiones en un pasaje más crispado e inquietante. La magnífica técnica de Soutullo le permite crear, con los reducidos medios disponibles, una opresiva sensación de angustia recurrente, que se prolonga hasta la citada reaparición de la violenta introducción. En la desoladora conclusión, Soutullo utiliza los procedimientos extendidos en los metales, para evocar la imagen y el sonido de la agonizante respiración. En resumen, se trata de diez angustiosos minutos de música descriptiva que me hicieron recordar notables ejemplos de la música visual del siglo XX, al estilo del Acompañamiento a una escena cinematográfica de Arnold Schoenberg, y que como decía anteriormente, contrastan al máximo con la abstracción de su Alén. Un lujo sin duda poder disfrutar en una misma temporada de dos ejemplos del talento del compositor gallego tan dispares como inspirados.

Viajando hacia atrás en el tiempo, la Obertura trágica, nos permitió sumergirnos en la particular visión del concepto de tragedia musical tal como Johannes Brahms la concibió en su beatífico retiro estival de la imperial ciudad balneario de Bad Ischl. No es una pieza fácil de recrear, probablemente por su ignota fuente de inspiración. Por añadidura, Slobodeniouk y la Sinfónica tuvieron con luchar con la espaciosa acústica del Coliseum, la cual restó presencia y brillantez a una interpretación extrovertida y auténticamente dramática del Allegro ma non troppo. El más camerístico molto piu moderato central, resultó sin embargo más sugerente y revelador, gracias a las hermosas texturas creadas por las maderas de la OSG, impecables en entonación y musicalidad. El grandilocuente final de la obra, precedido por el poderoso coral del metal dejaron un tanto fría a la audiencia, probablemente por las razones citadas anteriormente.

Con la Cuarta sinfonía de Schubert, Trágica, encaramos la visión más amable y armoniosa del término. No podía ser de otra manera pues se trata de una obra de juventud del compositor, aún ajena al que sería su trágico destino. Fue muy interesante la concepción de Slobodeniouk quien, más allá de la gravedad requerida por la solemne introducción, desplegó a lo largo de toda la interpretación una energía proverbial, coherente con la cronología de la obra. Así, el Allegro vivace resultó exultante y vibrante. Aunque el Andante recuperó en su primera sección la ansiedad de la introducción, el hermoso diálogo entre cuerdas y maderas, expresado con una naive levedad confirmó el carácter luminoso del movimiento, hasta el punto de que los dos breves pero intensos clímax del movimiento fueron en mano de Slobodeniouk simples pálpitos pasajeros. El repetitivo Minuetto fue recreado con estoicidad por la orquesta y el vertiginoso Allegro final puso un virtuosístico punto final al concierto.