“Es la capacidad de Bach para ver todas las posibilidades del material de forma simultánea y reunir tantos hilos conjuntamente en un momento dado lo que resulta tan impresionante en la Pasión según san Mateo: su capacidad de combinar juicios de un tipo práctico con consideraciones de estructura, exégesis teológica y ritmo narrativo, hasta llegar incluso al timbre concreto de voz que decide adoptar cuando se dirige a su congregación específica de oyentes en este día crucial de calendario eclesiástico.” -John Eliot Gardiner, La música en el castillo del cielo: un retrato de Johann Sebastian Bach.

Escuchar la Pasión según san Mateo siempre genera una expectativa especial. No es infrecuente tener la oportunidad de hacerlo durante el transcurso de la Semana Santa, lo que incrementa el número y la intensidad de elementos diegéticos que operan en la representación, conformando una caja de resonancia única para un trabajo central, no solamente del corpus bachiano, sino de la tradición musical occidental. En esta ocasión, además de las circunstancias apuntadas, la fecha era señalada por la comparecencia de una pléyade instrumental y vocal: la Orchester und Chor der Klangverwaltung, el Münchner Knabenchor, Sibylla Rubens, Olivia Vermeulen, Mauro Peter, Daniel Johannson, Thomas Laske y Samuel Hasselhorn en el apartado solista, y todos ellos bajo la avezada batuta de Enoch zu Guttenberg. Permítasenos que, tras la experiencia trascendental, dediquemos unas líneas a los aspectos terrenales o técnicos, sin desdoro de reconocer la miríada de implicaciones que escapan a la fidelidad de lo narrado -probablemente en ello radique el mayor logro de este concierto-.

© Andreas Müller
© Andreas Müller

En primer lugar, hay que encomiar la distribución y disposición de los efectivos orquestales y corales. Las dos particiones consiguieron el efecto perseguido, dosificando el incremento gradual de la tensión, articulando un sonido de conjunto tan poblado como elegante y, especialmente, alcanzando cimas estremecedoras en el fragor del contrapunto -también brillaron, en este sentido, las voces blancas, ampliando y enriqueciendo el registro desde la dimensión tímbrica-. En virtud del empaste y la homogeneidad, los momentos corales -tanto alternativamente como en sinergia- atemperaron o catalizaron, según el episodio -pero siempre con criterio-, la marcha del discurso -es preciso destacar, aunque no resultaría justo dejar de encarecer los números que restan, el "Herzliebster Jesu", el maravilloso "Erkenne mich, mein Hüter" y el "O Mensch, bewein’ dein’ Sünde groß-".

La cadencia y el tono de melopea monódica que desplegó el texto del Evangelista engarzó sin fricción alguna con las partes solistas y cada recitativo, cada aria fue ejecutada de manera sublime por Rubens, Vermeulen, Peter, Johannson, Laske y Hasselhorn. A este respecto conviene resaltar la magnífica exhibición de Andreas Reiner -no defraudó su exégesis de la flébil "Erbarme dich, mein Gott"- e Ingrid Friedrich en los dos grandiosos pasajes de la segunda parte. Pero no únicamente: las cuatro flautas -Andrea Lieberknecht, Maximilian Randlinger, Francisca von Brück y Janine Schöllhorn- causaron el arrobo con una articulación y empaste perfectos, en la misma línea en que la madera se mantuvo desde el principio y hasta el final del concierto. El acompañamiento de viola da gamba -felicitaciones a Pete Wagner- supo condensar la energía, la naturaleza vibrante de la partitura, imprimiendo riqueza cromática y extendiendo las funciones -por lo demás, muy correctas- de bajo continuo.

En el plano dramático, los tutti corales marcaron la diferencia, apuntalando la construcción de este, digámoslo con la expresión de Gardiner, castillo musical cerúleo. La sección postrera -el "Herr, wir haben gedacht, daß dieser Verführer sprach", el "Mein Jesu, gute Nacht" y el Schlußchor- nos dejó sumidos en una extraña reconciliación, apaciguando con visos de armonía la zozobra prodigiosamente desencadenada en la liberación de Barrabás y la condena a la crucifixión de Jesús. Y, por encima de lo anterior -queremos decir, liderando-, un inmenso Guttenberg, que supo desgranar la prolija trama tejida por Bach -los comentarios de Gardiner en el tratado que abre esta crónica a propósito de la concepción del manuscrito de la Pasión según san Mateo son una ilustración asombrosa de la complejidad, comenzando por la mera cuestión gráfica, que la página encierra- a lo largo de casi 3 horas de perfección sonora. El director alemán derrochó indicaciones y ánimos con su gesto, incombustible y exacto, acreditándose como uno de los mayores artífices del portentoso ejercicio.

Enhorabuena por él y todos sus músicos. Además de la vívida Pasión, dibujaron con arte inmarcesible el mensaje: Bach es eterno.

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