Si algo caracterizó el concierto que ofreció la Euskadico Orkestra Sinfónica en el Baluarte el pasado 11 de marzo fue la maestría con la que Robert Trevino dio vida a un vigoroso oleaje de crescendi sonoros, alternado por resacas suaves y sin solución de continuidad.

Euskadiko Orkestra Sinfonikoa © 2009 Orquesta de Euskadi S.A
Euskadiko Orkestra Sinfonikoa
© 2009 Orquesta de Euskadi S.A

La función empezaba con la composición sinfónica Hypnos variation de Pascal Gaigne: una obra compleja y, de entrada, difícil de escuchar. Sin embargo, si uno logra familiarizarse con ella, puede apreciar no solo lo interesante que resulta ser el cambio de roles entre los instrumentos (los violines ceden su protagonismo a las percusiones y a los resto de instrumentos, asumiendo el papel de crear especiales efectos sonoros), sino también su propia estructura compositiva. Estuvo muy lograda la ejecución de los descriptivos compases que se encuentran más o menos a la mitad de la partitura, cuando al efecto hipnótico del sonido monótono del flautín con un fondo de arpa sigue un efecto “eco de burbujas” realizado por los otros instrumentos de vientos.

Más asequible al oído fueron los Vals nobles y sentimentales de Ravel, que se tocaron a continuación. Desde el inicio Trevino dejaba muy claro cuál iba a ser el estilo de su dirección: dinámico, resuelto a la vez que exquisito. Y no solo conseguía marcar muy bien los cambios de ritmos y melodías, sino que lograba resaltar el estilo brioso de Ravel acentuando los crescendo de la partitura e interrumpiéndolos brusca pero elegantemente, como si se tratara de una ola que va a romper para luego retirarse dejando su eco de fondo. Flautas, oboes y clarinetes jugaron un papel muy importante al respecto.

Siguiendo este mismo patrón, Trevino dirigía finalmente la Sinfonía n. 7 de Bruckner. No hubo solución de continuidad en su ejecución: la tensión y majestuosidad que le imprimió el director estadounidense se mantuvo desde el principio hasta el final, modulando perfectamente los diferentes temas de la composición. Más que en las dos composiciones anteriores, la EOS demostró su muy buena compenetración sobre todo en aquello compases en los que los diferentes instrumentos de la orquesta se relevaban en la repetición de un mismo motivo para luego, al unísono, dar vida a los momentos de mayor exaltación. Sorprendente la ejecución del tercer movimiento: la alternancia entre las partes más energéticas y dinámicas y aquellas otras más distendidas fue magistralmente llevado a cabo. Sin lugar a duda, los instrumentos de cuerdas estuvieron a la altura manteniendo y aumentando la energía y fuerza que emana de esta composición.

No extraña que, cuanto Trevino dio por concluida la ejecución de esta sinfonía, las últimas notas se quedaran como en suspenso en el aire, al igual que las gotas de agua en la orilla del mar en un día de oleaje.