A la baja de Kazushi Ono por motivos médicos, se sumó otra modificación en el repertorio; la ya programada Sinfonía núm. 1 en do mayor de Bizet desapareció, y en su lugar se dispuso el compendio de piezas infantiles Ma mère l’Oye, de Ravel, siendo el cuadro final de este tríptico musical iniciado por el archifamoso Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy y el Concierto para flauta y orquesta que le seguía de Marc-André Dalbavie, inédito en audición.

Un programa dedicado a la música francesa, en el que el interés por los juegos tímbricos y la verosimilitud de los detalles sonoros se convertían en el denominador común que unió a estas tres obras en el estreno de anoche. Obras que fueron creadas a partir de la idea del jouer, o como poco, a partir de la atmósfera de este hacer. El juego trasladado y traducido a las secciones de cuerdas, vientos y metales de la Orquestra Simfònica de Barcelona muestra la mirada infantil evocada por sus respectivos compositores en cada pieza, basándose en lo risueño e improvisto de los cuentos y fábulas, detallando todo tipo de pasajes del imaginario infantil a través de la dirección de Baldur Brönnimann

Baldur Brönnimann y Emmanuel Pahud
© May Zircus | L'Auditori

Prélude à l’après-midi d’un faune forma parte de los clásicos triunfantes del gran repertorio y uno de los poemas sinfónicos más famosos. Caracterizada como una pieza relativamente breve, de carácter improvisado, es una serie de juegos y diálogos basados en la repetición y variación, en diferentes partes, de las exposiciones motívicas del célebre solo de flauta inicial. Brönnimann mostró el sustrato simbolista del poema de Mallarmé mostrando interés en los elementos etéreos de la partitura, que daban paso justamente a las siguientes variaciones atmosféricas. El director suizo estuvo muy medido en estas recreaciones y en la importancia de poder captar los estados psíquicos por el cual se iba transformando el motivo principal de la obra. Su trabajo en este ejercicio fue esmerado y consiguió traducir el pretexto simbólico con sencillez, pero con detallismo, a un ambiente sonoro que recreaba la narrativa del autor y que consiguió un recibimiento plausible del público.

Le siguió la presentación, por vez primera, del Concierto para flauta y orquesta de Dalbavie, acompañado del reconocido Emmanuel Pahud a la flauta. Esta obra se integró como baipás entre las dos moles que son Debussy y Ravel, pero siguiendo igualmente las premisas temáticas que planteaba desde el principio el programa. La pureza en el discurso musical, llevada a cabo por Brönnimann de nuevo, contaba con la intervención de Pahud como protagonista en la flauta. Entre ambos formaron un tándem en el que virtuosismo y resolución fueron de la mano para llevar a cabo una cascada de arpegios y acrobacias motívicas continuas. Estos recursos, planteados de una forma lúdica, plasmaron otro escenario inmersivo, pero escapando de la línea candorosa con la había empezado el concierto, aunque manteniendo la coherencia del planeamiento con la anterior pieza. Su forma e interior, aparentemente desprovista de la imagen de bloque orquestal, almacena un entramado sonoro muy hilado en donde las cuerdas (es especialmente relevante el protagonismo que acogen las arpas) y los metales, establecen un diálogo al unísono durante casi toda la obra. A modo de juego también se lució la flauta de Pahud, protagonizando el entusiasmo de las formas tímbricas y las contorsiones técnicas que configuran la pieza, aunque en el desarrollo de la partitura pesó más el matiz virtuosista que no tanto la insinuación alegórica. La muestra llevada por este binomio arrancó los aplausos del personal, muchos de ellos esperando un bis de Pahud que nunca llegó.

Baldur Brönnimann, Emmanuel Pahud y la Orquestra Simfònica de Barcelona
© May Zircus | L'Auditori

Ma mère l’Oye puso punto y final al último cuadro del concierto. Otra obra que bebe de la inspiración de los cuentos, esta vez de Charles Perrault, y en donde Ravel evocó su percepción de los juegos infantiles, vertebrando diferentes escenas en una sola obra y componiendo, lo que posteriormente fue, su primer ballet. La estructura puede recordar a otros compendios musicales dedicados a la infancia como son las Escenas de niños, op. 15 de Robert Schumann. La simplificación del estilo basada en esta temática, en conjunción con el desvestimiento de la escritura musical, hace de esta propuesta originalmente escrita para piano a cuatro manos, un fresco continuo en el que la densidad orquestal sólo le hace ganar. El preludio se procesó con ascensos y descensos prolongados (de nuevo con la presencia de Pahud), agrupando varios motivos y tempos: del paseo por el bosque al laberinto, del ritmo de vals a la tensión recreada por los contrabajos. El viaje de los personajes le sirvieron de alegato a Brönnimann y Pahud para mostrar, de nuevo, la profundidad tímbrica de esta visión musical sobre las fábulas más conocidas de la historia.

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