El estreno de L’enigma di Lea en el Gran Teatre del Liceu supone una apuesta con voluntad de trascendencia más allá de la anécdota. El compositor Benet Casablancas, el maestro Josep Pons y el texto de Rafael Argullol se ganaron el favor del público. Un hito cultural que denota madurez y sentido crítico como institución y como sociedad.

<i>L'enigma di Lea</i> en el Liceu © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
L'enigma di Lea en el Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La historia de L’enigma di Lea navega en las aguas de la filosofía y hunde sus raíces musicales en la tradición de Monteverdi, según Casablancas, en un intento de unión de texto y música a modo de las primeras óperas nacidas en la Italia de comienzos del XVII. Pero estamos en 2019 y el compositor como hombre de su tiempo e influenciado por sus estudios en Viena de la mano de maestros como Cerha y Füssl o de admirados colegas y amigos como George Benjamin, ha adquirido un lenguaje propio con rasgos característicos: el uso singular de la percusión, la síntesis motívica y, en el caso de su primera incursión en la ópera, la asignación de instrumentos ligados a los personajes, tales como la flauta para Lea o las cuerdas graves para Ram. Su música es expresiva, directa y con claras influencias de la Segunda Escuela de Viena. La orquesta, bajo la atenta dirección de Josep Pons, evidenció un alto nivel en la ejecución de una partitura tan puntillista y compleja como sin duda brillante.

El argumento nos habla de cómo Lea, después de ser violada por un ser divino, se ve privada de toda razón y se ve obligada a vagar por universos alternativos (el mundo atemporal, el presente humano y un futuro distópico), tratando de encontrar lo que su razón no entiende. Lea lleva en su seno el secreto de lo divino, y por ello será deseada por muchos, hasta caer en el manicomio del Dr. Schicksal, donde se reencontrará con Ram, que vagaba como ella y había sido desprovisto de sus sentidos. Sólo con él querrá compartir su secreto y así completarse en una experiencia extática que cierra el círculo de la historia con una bellísima escena final coreografiada por Ferran Carvajal.

Allison Cook (Lea) y José Antonio López (Ram) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Allison Cook (Lea) y José Antonio López (Ram)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Casablancas utiliza recursos como el canto modal en el personaje de Lea, o el uso del Sprechstimme para el psicólogo y antiguo propietario de circo, Dr. Schicksal, interpretado de forma magistral por el contratenor Xavier Sabata, para sintetizar y potenciar las ideas del texto. Las intervenciones del coro, que tiene un papel importante, estarán en cada ocasión en la lengua del lugar donde se interprete (en este caso se optó por el catalán).

Puede que el texto de Argullol, con claras influencias simbolistas, carezca en algunos momentos de la sincronía necesaria con la música, que necesita de un dinamismo mayor, pero éste se ve en cambio reforzado por una escena que corrió a cargo de Carme Portacelli, y que supo sintetizar en imágenes la esencia del texto, de carácter filosófico y de una profundidad innegable.

El contratenor Xavier Sabata © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
El contratenor Xavier Sabata
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Allison Cook supo entender la música de Casablancas y es una Lea pura, diáfana, sin aristas. Compuso un personaje que experimenta desde el dolor al éxtasis, pasando por la lucha y el amor al otro, y se expresó en una línea de canto sensual sobre un eje que va de lo modal al diatonismo. El resultado fue delicioso y cautivador. El barítono José Antonio López, que cuajó una muy buena actuación, es un perfecto balance como Ram. Sus líneas de canto son más desesperadas y, hasta que encuentra la calma con Lea, sus armonías son más complejas, encontrando en el timbre de chelos y violas su atmósfera sonora. Compuso junto a Cook una espléndida escena final donde el yin y el yang que representan se unen, ante la indignación del coro, que ejerce de público, y no desea su unión.

Las Damas de la frontera, interpretadas por Marta Infante, Anaïs Masllorens y una fantástica Sara Blanch, son las que con su pausado canto intentan infundir paz a Lea, en un evidente paralelismo a las damas de Die Zauberflöte, y le advierten de lo peligroso de su vagar. Contrarrestan el asedio de Milleocchi (Felipe Bou) y Millebocche (Sonia de Munck), quienes privan a Lea de toda lucidez con tal de preservar el secreto de la infamia a la que la divinidad la ha sometido. Son unos personajes caracterizados musicalmente con unas líneas melódicas abruptas y de intrincados ritmos acompañados por los metales y la percusión, en contraposición de la escritura etérea de Lea.

L'enigma di Lea es una obra sólida y su estreno es una muestra de la buena salud (y algo que debería ser norma) de un teatro de ópera. Esperemos que su andadura sea larga por otros lares, por calidad, lo merece.

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