Cavalleria rusticana y Pagliacci. Dos obras que, convertidas en siamesas casi por fuerza mayor con el tiempo, llegan al Gran Teatre del Liceu en forma de mole realista y cruda. Todo en esta coproducción funciona alrededor de la mirada de Damiano Michieletto, responsable de la dirección escénica, de confluir estos dos mundos en una única dimensión y de congregar el éxito/clamor en el teatro barcelonés en su estreno. El planteamiento de presentar los dos argumentos unidos como un todo, en que las circunstancias amorosas y vengativas de ambas historias se entrelazan, funciona. Y de una manera tan plenamente natural que sorprende. Todos frecuentan la misma taberna, todos se congregan para celebrar las fiestas en la plaza del pueblo y todos sufren por dentro sus propios dilemas en algún lugar provincial del sur de Italia, a tocar del fin de siglo. Nedda va publicitando el espectáculo en mitad de la pelea entre Turiddu y Alfio, una Santuzza desolada se confiesa al párroco mientras éste espera a que empiece la función de los pagliacci, y Silvio es el panattiere del local de Mamma Lucia. Un entramado magnífico. Y es que todo tiene sentido, ritmo, coherencia y sobre todo, muchísima belleza. El trabajo estético de todo el conjunto puede llegar a recordar hasta algún pasaje de L’Oro di Napoli de Vittorio de Sica. No importa si creemos estar en Palermo o Calabria, o si lo que celebran en el pueblo es la Pascua o el solsticio de verano. La ficción traspasa el umbral escénico y se convierte en realidad mucho más rápido de lo que esperamos. Se empieza a ver sangre. Y carne. Y empieza a oler a pan.

Roberto Alagna (Canio) y Aleksandra Kurzak (Nedda) en <i>Pagliacci</i> © A. Bofill | Gran Teatro del Liceu
Roberto Alagna (Canio) y Aleksandra Kurzak (Nedda) en Pagliacci
© A. Bofill | Gran Teatro del Liceu

Esta forma conceptual clara y simbolista le hizo ganar a Michieletto el premio Laurence Olivier (2016) por esta producción de la Royal Opera House que se basa en recursos creíbles que hacen que la simbiosis Mascagni-Leoncavallo tenga todo el sentido. Como era de esperar, las referencias a la estética realista italiana no faltan. Un gran retablo de simbolismos (por y para el pueblo) se presentan en escena a cada rato, bien en forma de procesión de la santa Madonna por las calles o bien como una representación teatral en la sala de un colegio público. El planteamiento es concluyente y no abusa de soluciones: presentación de unos espacios concretos, nítidos y que acogen las realidades de los personajes.

El trabajo del elenco completó el resto de la expectativa generada; el tenor Roberto Alagna encabezó el palmarés de la noche, haciendo una carrera de fondo en el ejercicio de canto y sin bajar ni un solo acento. Su trabajo fue meritorio por su doble papel en la noche (Turiddu/Canio), que requerían de esfuerzo continuo y prácticamente sin descanso. Su actuación vocal fue impecable, cargada de energía y pasión, pero realmente se desbordó con la representación de sus personajes. Con Turiddu en Cavalleria, marcó un dúo melódico maravilloso con “Tu qui, Santuzza?”, junto con la soprano Elena Pankratova (Santuzza), espléndida también en la interpretación y en la madurez vocal con la que defendió a la joven enamorada durante toda la trama.

<i>Cavalleria rusticana</i>, Roberto Alagna (Turiddu), Elena Pankratova (Santuzza) y Elena Zilio (Lucia) © A. Bofill | Gran Teatro del Liceu
Cavalleria rusticana, Roberto Alagna (Turiddu), Elena Pankratova (Santuzza) y Elena Zilio (Lucia)
© A. Bofill | Gran Teatro del Liceu

Un Gabriele Viviani (Alfio/Tonio) abordó con soberbia su rol de villano en el doblete operístico, más bien por su interpretación que por su emisión en esta ocasión, comparado con sus compañeros de escenario. Mención especial para la creíble Elena Zilio (Mamma Lucia), quien se desenvolvió con seguridad (rodeada de tótems cantores) y que evocaba el referente maternofilial siciliano de la obra. Con Pagliacci, el nivel se mantuvo; volvió un Alagna (Canio) bravísimo en escena, mostrando su capacidad expresiva de su voz con un color maduro, haciendo que la celebérrima “Vesti la giubba” se mostrase algo sencillo. Intensidad latente pero controlada, hicieron que el público rompiese a su fin con una larga ovación. Aleksandra Kurkaz fue otra de las esperas de la noche, que con un “Stridono lassù” se ganó al teatro por su soltura y fuerza en la voz, evidenciando el sentimiento auténtico de la partitura y convirtiéndose en el colofón final.

En cuanto a la orquestación, rica pero comedida; mucho más baja la intensidad del acompañamiento musical, haciendo visible la desigualdad entre el reparto y el conjunto orquestal. Dirigidos por un tímido Henrik Nánási, que aunque ejecutó la dirección convenientemente, no llegó a convencer en los pasajes melódicos más expresivos (y los más esperados, como el famoso Intermezzo de Cavalleria). El trabajo coral fue más cándido que enérgico, quizá por el obligado movimiento en escena que lo hizo dispersarse en momentos. Sencillamente, una realización austera y poética: todo encaja. Y tristemente, hasta sus muertes.

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