El primer concierto de este 2021 se efectuó con ilusión y con un marcado recuerdo de todos aquellos que faltan, quienes no han podido iniciarlo con nosotros. José R. Pascual-Vilaplana se puso al frente, una vez más, de la dirección de la banda que tutela desde hace ya tres años. Quién mejor que él para dar comienzo con ganas y optimismo este año tan marcado de expectativas, con el que la cultura deberá seguir luchando por hacerse hueco y continuar con su proyecto de llenar sus salas de público. Pascual-Vilaplana se ha ganado a pulso su estima en el auditorio catalán; su buena templanza en la ejecución, a veces, y desmesurada vivacidad en otras tantas, hacen de él uno de los directores de bandas más dinámicos y entrañables del panorama. En esta ocasión, llevó a cabo un repertorio eminentemente soviético. Marcado por los maestros Piotr Illich Tchaikovsky y Dmitri Shostakovich, y con una pieza final de Franco Cesarini, artista residente durante esta temporada, quien versionó musicalmente uno de los cuentos de Charles Perrault.

La Banda Municipal de Barcelona
© May Zircus | L'Auditori

La Marcha de la Coronación en re mayor, obra con resonancias muy claras al himno nacional zarista, inició el programa de Cuentos y Danzas. La festividad de la orquesta es clara de principio a fin; la pirotecnia de los metales marcaron el ritmo de los fraseos repetitivos y simples, aunque sobrios. Al quedar eliminada la sección de cuerda, los vientos y metales fueron los protagonistas entonando los aires de fanfarria de primeras, para luego desplegarse en variedad y riqueza orquestal uniéndose a la percusión de timbales. Un esquema sencillo pero efectivo, mostrando el proceso in crecendo del tema motívico central hasta llegar al clímax. La Danza de los payasos, perteneciente a la obra del mismo Tchaikovsky, La doncella de nieve, se presentó con el mismo afán amplio y digno; fusionando los contrapuntos nostálgicos interpretados por los vientos y el detallismo en el desarrollo de la fábula por los metales y percusión. Una obra poco dada a programarse, dicho sea de paso, y que replantea ser una de las aportaciones más interesantes al género que hizo el maestro.

En el repertorio dedicado a Shostakovich, las Danzas folclóricas siguieron adelantando el protagonismo a la sección de viento de metal, percusiones y, en especial, las flautas, quienes recrearon los juegos tímbricos en esta partitura. La dirección de Pascual-Vilaplana se mantuvo avezada, persistiendo el tempo rápido que precisa la pieza y apoyándose en el formalismo del estilo. El Vals núm. 2 de la obra Suite para orquesta de variedades juega con gran popularidad; en parte, por la transcendencia derivada gracias a Kubrick por su uso en una de sus películas (como curiosidad, el primero en acoger el vals de Shostakovich no fue Kubrick en Eyes Wide Shut, sino Kalatozov en El primer escalón), y en parte por ser un vestigio del espíritu de canciones populares recopiladas en su contexto histórico. La banda desarrolló los pasajes con potencia de esta pieza fantástica y con el marcado tono melancólico inicial del saxo. El bloque quedó finalizado por el Galope de la opereta de Cheryomushki; una pieza que parece ser mucho más dada a interpretarse en bandas que en orquestas. El ritmo frenético desarrolló el tema inicial de manera repetitiva (pero sin tener que nada que ver a la vez) con el conjunto completo de las secciones, resaltando los cambios de estado de ánimo de la pieza. Primero, con el protagonismo de los saxos y los instrumentos medios, para luego avanzar a las flautas, quienes van intercalando en el discurso melódico en la fase más alocada de la pieza. Interpretación muy aplaudida y merecida a la banda antes de llegar a la última parte del concierto.

La dirección de Pascual-Vilaplana se despedía del programa con la representación musical (y teatral) de la fábula de El gato con botas de Franco Cesarini. El conjunto compartió escenario con la compañía de títeres de larga trayectoria Per Poc, quienes representaron el famoso cuento a través de las líneas melódicas creadas para la ocasión de Cesarini. Un proyecto que funcionó a medio gas, ya que la estructura de L’Auditori no está ideada para la representación y el espacio hábil para las recreaciones es muy limitado, y todo quedó un poco en segundo plano. Las melodías de Cesarini se basaron en los módulos repetitivos, de alguna manera recordando a lo onomatopéyico, donde las estructuras del planteamiento fueron simples, sin llegar a grandes desarrollos.

Gran ovación a la batuta (y sobre todo, entusiasmo) de Pascual-Vilaplana y a toda la orquesta titular. Como último regalo de bienvenida a este nuevo año, el conjunto obsequió a los oyentes una pieza icónica: la Marcha Radetzky. A diferencia del desolador concierto de la Musikverein de este año, L’Auditori sí contó con el célebre acompañamiento de palmas del público.

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