L’Auditori ha apostado por un final de año de carácter introspectivo, complejo y reflexivo. Teniendo a un público acostumbrado a la sonoridad regia de la OBC, el austro-iraní Kian Soltani se sumó sus filas como solista en el Concierto para violonchelo de Elgar, bajo la dirección de Jakub Przybycień, quien dispuso esta pieza junto a la Sinfonía núm. 10 de Shostakóvich, completando un programa dedicado a la profundidad emotiva musical. Dos obras concebidas en situaciones socio-políticas distintas, con intencionalidades por parte de sus autores también diferentes. En ellas convergen, sin embargo, la intensidad musical de sus estructuras, dibujando un lenguaje de contrastes que exploran la vulnerabilidad humana y la música como concepto, suponiendo el último reducto en el que se puede encontrar la fortaleza.

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Kian Soltani y Jakub Przybycień
© May Zircus | L'Auditori

La obra de Elgar es en sí el planteamiento de una conjunción de dudas existenciales entonadas por un instrumento que rememora el timbre vocal, traduciendo las reflexiones del compositor en susurros melancólicos musicalizados. Evocando un lenguaje romántico en el que la cuerda de Soltani fue central, el tratamiento intimista de la orquesta dialogó con el protagonista, adquiriendo trazos también de solo. Przybycień, quien tiene conocimiento exhaustivo del instrumento, concedió una lectura enfática a la expresividad, recreando los rasgos más efectivos de la introversión o la soledad sonora de Elgar. La línea melódica de Soltani se convirtió en tema de fondo en una presentación flotante, funcionando como consuelo acompañante a las declamaciones orquestales. La narrativa musical se trasladó en avance transitorio a través de modificaciones que brindaron el interés de Przybycień en llevar a cabo la inestabilidad intencionada de la obra. Secuencias rapsódicas, dinámicas en crescendo, los pizzicati del chelo, afectos arpegiados o ritardando, fueron algunos de los recursos orquestales para desplegar los dotes en la riqueza melódica que posibilita esta partitura; la OBC calibró su acompañamiento con un ritmo pausado, respaldando una ejecución lírica durante el desarrollo para desembocar en un cierre variado, recuperando el aire afligido del inicio, aunque conllevando un carácter rápido, en constante crescendo en la marcha orquestal y con un cierre en fortissimo. Przybycień llevó a cabo un ejercicio dominado por los cambios tonales y variedad de tempi; concibió una lectura unificada de las diversas secciones de ánimo inestable, configurándolas como un proseo continuo entre dos grandes bloques, el concertante y el orquestal, teniendo en cuenta la expresividad de las diversas secciones y las necesidades de cada desarrollo.

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Los profesores de la OBC, Soltani y Przybycień saludan tras la interpretación.
© May Zircus | L'Auditori

En la Sinfonía núm. 10 de Shostakóvich, el infortunio autobiográfico y el pesimismo bañan todas las notas, y Przybycień supo trasladar su complejidad con fluidez, amplitud e inflexión. La intensidad expositiva, de pasajes largos y ascendencia paulatina, fue marcando la desenvoltura sombría de las cuerdas y vientos de madera hasta acontecer un auge dramático, realzados por la percusión. Przybycień empleó una lectura nerviosa que acentuaba ritmo y dinamismo, aunque acomodándose en la expresión más lenta y afable para la segunda mitad del recorrido. La OBC supo conjugar los caracteres de la pieza haciendo dialogar melodías, motivos y detalles instrumentales, con dinámicas contrapuntísitcas en los diferentes grupos y temas principales. La dirección de Przybycień dio muestra de retórica y cuidado en la marcación en ambas direcciones: piezas que almacenan una complejidad tanto musical como psicológica, fueron interpretadas con la máxima heterogeneidad en sus expresiones. 

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Jakub Przybycień
© May Zircus | L'Auditori

La dificultad y la fascinación de su ejecución fue la representación de dos épocas, dos artistas y dos maneras de observar el mundo. Crónicas musicales que Soltani, Przybycień y la OBC descifraron en la noche de ayer en un L'Auditori repleto, con dedicadas ovaciones, que despedía un año musical de apogeo que hacen mirar a un nuevo año con expectación. 

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