En la actualidad, en no pocas ocasiones, acudimos a la ópera con la intención de revivirla tal y como la recordamos, pero hay veces en las que las circunstancias hacen que te sorprenda. La función de estreno del segundo reparto liceístico de Madama Butterfly así lo demostró. En una función marcada por la anunciada indisposición de Ainhoa Arteta en su esperado debut como la Cio-Cio-San pucciniana (lo hará el próximo día 20), sumada al anuncio, ya con la orquesta afinada, de que el tenor Rame Lahaj también se encontraba indispuesto por una faringitis, las cartas sobre el tapete quedaban de la siguiente manera: María Teresa Leva, una jovencísima debutante tanto en el rol de la geisha de Nagasaki como en el coliseo Barcelonés, y la repetición de Jorge de León, menos de 24 horas después de haber protagonizado el estreno como el deleznable Pinkerton.

La producción de Leiser y Caurier en su cuarta reposición funciona a modo de “escenario” (entendido como lugar donde se desarrolla la escena): es simple la forma en la que los paneles japoneses ofrecen diferentes fondos o proyecciones, pero nos aportan las pistas necesarias para entender bien la acción. Una escena que inevitablemente necesita de un foco canalizador para una Butterfly de entidad que llene el espacio escénico. Y es que la ópera de Puccini es una máquina de relojería melodramática, es una de esas obras maestras en las que el tiempo de la acción te abstrae totalmente del mundo exterior. Con una orquestación brillante y un personaje central que, como Tosca o Mimí, evoluciona durante la trama. Es también una partitura salpicada de guiños a la música oriental, fruto de la curiosidad insaciable del compositor de Lucca. Para que todo este engranaje funcione, son imprescindibles dos piezas claves, una Cio-Cio-San cautivadora y una dirección musical sugerente.

Jorge de León (Pinkerton) y María Teresa Leva (Cio-Cio-San) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Jorge de León (Pinkerton) y María Teresa Leva (Cio-Cio-San)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En este caso la joven soprano calabresa María Teresa Leva logró hacerse con las riendas de una velada que culminó con un reconocimiento por parte del público que llenaba el Liceu. Como no podía ser de otra forma, en el primer acto se notó la falta de ensayos de escena, especialmente en esa delicada entrada de Cio-Cio-San ante el arrogante Pinkerton. Leva pareció un poco insegura en sus movimientos e intentaba no perder las indicaciones del maestro Bisanti, pero poco a poco fue ganando confianza sobre el escenario y acabó por cautivar a un público entregado. De hecho, la soprano tiene en los roles de Puccini uno de sus pilares interpretativos. Su voz, pese a su juventud, posee ya notas de una futura spinto con unos agudos potentes y una presencia escénica indudable. Falta, quizá, madurez en sus registros medio y grave, pero que a buen seguro con el tiempo los ganará. Pero en el mundo de las heroínas puccinianas también es fundamental el trabajo psicológico de los personajes y su evolución a medida que transcurre la acción, y Leva tiene el arrojo y la valentía para tirarse sin red al mundo de la trágica historia de Butterfly. Su aria “Un bel dì vedremo” fue notable, pero todavía más destacable fue toda la parte final donde, ya convertida en protagonista absoluta, redondeó su actuación con un “Dormi, amor mio, dormi sul mio cor” lleno de ternura y una escena final con el ritual del honor del harakiri (mal entendido como suicidio), llena de dramatismo. Sin duda, Leva ofreció un debut exitoso, que hace que queramos verla en más ocasiones en otros papeles.

Justina Gringytė (Suzuki) y Maria Teresa Leva (Cio-Cio-San) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Justina Gringytė (Suzuki) y Maria Teresa Leva (Cio-Cio-San)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El Pinkerton de Jorge de León es de sus papeles fetiche, de hecho, el rol le sienta como un guante a su voz, dotada de una proyección como pocas. También estuvo acertado a la hora de conformar actoralmente al arrogante y cobarde teniente americano. Como comentamos, el tenor se vio obligado a repetir su actuación de la noche anterior y además acompañar al estreno de la Butterfly de Leva, un esfuerzo que fue muy valorado por el público. Estuvieron muy meritorios tanto el Sharpless de Gabriel Bermúdez, que navega entre la amistad con Pinkerton y la compasión por el triste destino de Cio-Cio-San, así como la dúctil Suzuki de Justina Gringyté, que supo acompañar muy bien a Leva en su conocido dúo de las flores. Dentro de los personajes secundarios resaltaron el de Moisés Marín como Goro, el atento casamentero o el temible tío Bonzo de Cio-Cio-San interpretado por Felipe Bou.

La orquesta del Gran Teatre del Liceu volvió a dar una más que notable prestación, siguiendo la enérgica batuta de Bisanti, que si bien rozó el desequilibrio sonoro respecto a las voces, sí que supo contagiar el drama, y por qué no, los momentos casi impresionistas de la partitura, como el coro "a bocca chiusa” cantado espléndidamente por los cantantes a las órdenes de Conxita García. En definitva, asistimos a una Butterfly que voló alto.

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