El ciclo de veinticuatro lieds que conforman Winterreise D.911 de Schubert tuvo lugar anoche en la Sala de los Espejos del Gran Teatre del Liceu, bajo la influencia estética de la instalación de la artista japonesa residente de la temporada, Chiharu Shiota. Fue un certamen intimista, reflexivo, y sí, tremendamente melancólico. Una melancolía traída a través de los poemas de Wilhlem Müller, quien escribió el recorrido de este caminante desencantado con la vida (dejando de lado cierta egolatría del personaje, desde la mirada contemporánea), al que el compositor vienés le dio voz y música para expresar sus sentimientos a través de una obra cumbre de la gran forma.

El pianista Gerold Huber y el bajo Tareq Nazmi bajo la instalación Last Hope
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Este summum musical sobre lo sublime y la elevación del alma humana del contexto decimonónico plasma un mundo interior barrido por la soledad, el vacío y el continuo cuestionamiento de la existencia. Todo ello envuelto de un parapeto conceptual en forma de instalación, Last Hope, creación de la nombrada Chiharu Shiota. Un diálogo entre materia y emoción; estructurada a partir de un esqueleto de ocho metros de altura, creado a partir de un entramado de hilos, todo él hueco y con la única protección de cientos de partituras que lo envuelven, haciendo posible la visión de un piano gigantesco, un árbol deshojándose, una jaula, un templo o una tumba. Los compases de Schubert son los encargados de proyectar las diferentes percepciones de este vacío hecho arte, en el que el discurso estético-simbólico funciona y acompaña a sumergirse en un mundo apesadumbrado. El intimismo creado es un plus que refuerza la mirada del canto y la música atrapadas en el todo y en la nada, contraponiendo a su vez las diferencias culturales entre el valor de la presencia en Occidente y de la ausencia en Oriente como uno solo.

El ejercicio de los intérpretes fue de carácter y austero, siempre pendientes de mantener la sincronización psicológica que la pieza requiere. Una presencia escénica fundamentada en una ejecución a partir de la reflexión y de la escucha mutua; en el tratamiento de la temática de Winterreise, centrada en la aflicción, Tareq Nazmi y Gerold Huber mostraron interés por un predominio de variaciones tonales, acentuando los poemas de Müller. Los cambios empezaron a intuirse desde un buen principio, con Gute Nacht, que vendría siendo una declaración de intenciones. Entre los acordes menores bien abordados por Huber, destacó el bajo Nazmi por su precisión limpia en la proyección de la voz (penetrante, amplia y a la vez tierna; perfecta para generar el efecto aspirado por Schubert) y una destacada atención por el proceso mental del personaje en cuanto a desarrollo de los lieds, vaticinando poco a poco el hundimiento psíquico. La modulación inaugural dio paso a las siguientes confesiones, con una aleación entre carácter e instrumento en un solo componente, donde la riqueza melódica centraba la atención y en el que quedaba claro que, cuanto más desdichado fuese el avance del personaje, más hermosa era su expresión.

Huber y Nazmi en la Sala Miralls rodeados de la obra de Chiharu Shiota durante el Winterreise
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Como único eje de la obra, el tratamiento melódico, el protagonismo de la voz, sobresalió por encima de otros factores; aunque el uso del forte por Huber recalcó en varias ocasiones el contraste y los momentos de transición e intensidad, aportando unos acentos musicales sugerentes pero sin aderezos, finalizando con unas cadencias claras. Fue una lectura continua y sugerente la del pianista alemán. Trabajó la construcción del ligamento entre discurso musical y oratorio, en el que presentó varias soluciones en el acompañamiento. Dentro del esquema repetitivo, los momentos más interesantes fueron la creación de los vacíos sonoros. Sin perder la continuidad, en los intermedios o en el cierre de las tensiones armónicas supo hacer hueco para introducir la música a través del silencio. Detalles como este, a parte del lucimiento de las pequeñas intervenciones solistas que la pieza permitía, fueron los que marcaron un acompañamiento idóneo para la voz del bajo. Las formas fijas del piano siguieron a un Nazmi seguro, luciéndose sobre todo en los saltos amplios (ya encontrados en la parte cercana al final) y haciendo uso de la expresividad de su timbre. El sentido con el que el de Kuwait trató los finales abiertos, los agudos y el peso que llevó durante toda la construcción de los clímax le hicieron valer el reconocimiento del público una vez acabado Der Leiermann, la pieza final y como una de las favoritas.

La comodidad mostrada en el trabajo y la dialéctica entre haceres para expresar todo el potencial del poemario musical schubertiano, hicieron de esta representación de Winterreise especial. Por todo el conjunto escénico, por la evocación de una obra musicalmente única y por la realización técnica para llevarla a cabo. Unión incuestionable entre música y poesía, recreando un paseo triste, desolado y frío. 

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