Su recorrido, sus premios y su apretada agenda confirman que Joyce DiDonato sigue siendo una de las más reclamadas (además de querida) del circuito operístico y recital de estos años. Su calidad técnica e interpretativa es innegable, y ya hay quien la postula como la voz más potente de su generación. Escucharla siempre es un regalo. El concierto de anoche en el Palau de la Música fue un regalo para comenzar con otro tono este año. In my Solitude es un trabajo conciliador con la experiencia vivida en estos meses, en el que ha creado un programa donde el aria, el lied y las canciones de cabaré se dan la mano para recorrer un viaje conjunto. Aunque no hay camino a seguir ni destino marcado; es simplemente volver a caminar después de todo este tiempo, volver a emprender la marcha con ganas y, tal como dijo la misma DiDonato, “con mucha paciencia y mucho corazón” para lo que nos queda por recorrer.

La mezzo Joyce DiDonato © Chris Singer
La mezzo Joyce DiDonato
© Chris Singer

No hay nada como disfrutar de la voz de la de Kansas, pero sobre todo, de disfrutar de su frescura y naturalidad. Acompañada una vez más por el pianista Craig Terry, quien iba asfaltando el terreno con su personal estilo y con la misma empatía que derrochaba la cantante. Entre los dos hicieron un repaso a obras de estilos y épocas diferentes; desde el Barroco hasta llegar a coquetear con el jazz y el cabaré. La riqueza vocal de DiDonato, con la siempre complicidad del teclado de Terry, hizo del evento una comunión musical y, en cierto modo, introspectiva, donde los congregados no solo disfrutamos de la música, sino del mensaje implícito que cada pieza llevaba gravada en sus notas: la soledad.

Arianna a Naxos de Haydn fue la primera muestra del mensaje que nos venían a decir los artistas de la noche: a los matices de cada registro, así como la interpretación de ese sentimiento de 'abandono' del cual hablábamos, siguieron las arias de la figura de Cleopatra. Con “Morte col fiero aspetto” y “É pur così in un giorno / Piangerò la sorte mia”, de Antonio e Cleopatra de Hasse y Guilio Cesare de Händel respectivamente, la mezzosoprano mostró un sobrado control técnico (en las agilidades que requieren las piezas y los cambios de registro) y una efusiva expresividad a la hora de encarnar los dos diferentes perfiles del personaje. La ejecución del fraseo y el desarrollo de las distintas coloraturas en estas dos piezas arrancaron los aplausos de los asistentes que, a esa hora, habían sucumbido ya al magnetismo del tándem DiDonato-Terry. Los Rückertlieder de Mahler fueron los que marcaron un punto y a parte en el programa; con una especial emoción, DiDonato interpretó estas piezas poéticas desde el recuerdo del acompañamiento con el que vivió su confinamiento. Con especial viveza, "Ich bin der Welt abhanden gekommen" fue interpretada desde el propio color de su voz, más que por las tesituras que se podrían haber recreado o las extensiones que ofrecía la melodía. Voz maleable y entregada, siempre con la intencionalidad de compartir, o como poco transmitir, el valor emotivo.

A partir de aquí, cantante y pianista optaron por un cambio de actitud; DiDonato dejó su faceta más reflexiva para campar a sus anchas por el escenario. Recordó e hizo un guiño a todos los cantantes que en algún momento se toparon en su formación con el Caro mio ben de Giordani, haciendo una versión desencorsetada de su estilo original, empezando a emerger el gusto jazzístico por parte de Terry por su arreglo en la partitura, mostrando tintes jazzísticos y del blues. La comodidad y complicidad era ya tal que DiDonato se hizo hueco en la banqueta de Craig y entonaron “Se tu m’ami” de Parisotti, y “Star vicino” de Rosa, a cuatro manos. En la versión de In My Solitude de Duke Ellington, se vio a un Terry más protagonista, dejando claro que su estilo tira más para el ámbito del jazz que por el del barroco. Y acabando con la mítica La Vie en rose, que catapultó a Edith Piaf, que fue una de las piezas versionadas más aplaudidas y en la que tanto cantante como pianista revelaron su parte más personal.

El viaje debió acabar con esta última pieza, pero DiDonato y Terry regalaron al público barcelonés cuatro bises más; todos ellos, eso sí, repeticiones del anterior y primer concierto de su gira. Con Star dust de Hoagy Carmichael, otro dueto a piano en las que mezclaron fragmentos de sonatas mozartianas, I Love a Piano de Irving Berlin y la archiconocida Somewhere Over the Rainbow ultimaron este camino igual que como lo habían iniciado: sensibles, divertidos y agradecidos de volver a casa.

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