El reto lo valía, había expectación por ver la propuesta de la joven pianista Varvara, ganadora en 2012 del prestigioso Concurso Géza Anda de Zúrich, mimada en Viena y por el gran Valery Gergiev, entre otros. Un programa con obras muy conocidas por los melómanos, que requería de una fina inteligencia musical para llevarlo a buen puerto.

Empezar con la Suite inglesa núm. 2 de J. S. Bach son palabras mayores. Tal vez por edad, tal vez por afinidad estilística, tal vez por enfoque, la lectura fue más horizontal que vertical, en una música que brilla sobre todo en la vertiente más armónica y en su contrapunto genial. Las voces, aunque interpretadas de forma excelente, no tuvieron esa fuerza que es la polifonía bachiana. Varvara brilló sobre todo en la Allemande y la Sarabande, los movimientos lentos que parecían más afines al arte de la pianista.

La pianista Varvara Nepomnyashchaya
La pianista Varvara Nepomnyashchaya

Y de un Bach ya en la madurez, a un más maduro Ludwig van Beethoven que contaba ya con 51 años cuando compuso la Sonata núm. 31 en la bemol mayor, op.110 (1821), está pensada para un piano que "gracias", entre otros motivos, a la sordera ya avanzada del compositor, irá ganando en dinámica para explotar todas sus posibilidades. Subimos en la luminosa tonalidad de la bemol mayor para adentrarnos de la mano de Varvara en una lectura que optó por el contraste, con una interpretación que cuidó al máximo las indicaciones del compositor sin caer en la tentación del abuso del pedal en la que otros pianistas caen. El Scherzo, que es el segundo movimiento, fue lo mejor de su interpretación, junto con el inicio de la poderosa fuga a tres voces con la que comienza el tercero. La pianista consiguió convencer al público ante una obra capital en la literatura pianística, posee sin duda un gran sonido que le viene como anillo al dedo a las últimas sonatas de Beethoven. El zénit del concierto se tocó con las últimas notas de la obra. La vuelta sería mucho más placentera para la joven intérprete, ya que se encaminaba hacia la obra del compositor de San Petersburgo, una música idiomáticamente afín a la pianista, y que permitiría admirar su virtuosismo.

Los Cuadros de una exposición (1874), de Modest Mussorgski son una de las páginas más icónicas de la música para piano de todos los tiempos, una obra que, sin embargo, sería consagrada por azares del destino por otro hito, la fantástica orquestación que Ravel realizó en 1922, que ha desplazado en popularidad a la versión original. El recorrido que Varvara hizo fue lo mejor de la velada, con unas Promenade entre los diferentes cuadros siempre cambiantes en los detalles y unos cuadros que en el imaginario del melómano vienen en forma orquestal, pero ¿quién echa de menos una orquesta cuando en el piano hay otra? Varvara utilizó una paleta de timbres que hizo olvidar la versión del francés y su interpretación supo sacar a cada cuadro su esencia. La solemnidad del "Viejo castillo", las endiabladas digitaciones de "El baile de los pollitos en sus cascarones", o la acuciante "La cabaña de Baba-Yaga" brindaron a la pianista el espacio para mostrar su genio, acabando con una "Gran puerta de Kiev" que cerró de forma solemne, como se requiere, utilizando la dinámica del piano hasta su extremo, imitando las campanas de la ciudad de San Petersburgo.

Varvara es una pianista a la que le queda una larga carrera por delante y que promete darnos grandes veladas, como esta de la que fuimos testigos, donde vimos su valentía a la hora de programar y su temperamento musical. Estaremos atentos.