La Segunda sinfonía "Resurrección" de Mahler constituyó la obra sinfónico-coral estrella del festival Musika-Música, hasta el punto de que fue la única obra de la que fueron programadas dos interpretaciones por la misma orquesta: la correspondiente al concierto de apertura del festival, el jueves 2, y la que tuvo lugar el sábado 4 por la noche a la cual corresponde esta crónica. En este segundo concierto, la baja de última hora de María José Montiel provocó que Ainhoa Zubillaga entrase en el programa. Felicísima decisión pues la mezzo donostiarra cantó un vehemente y técnicamente impecable Urlicht, que sin duda fue uno de los momentos más intensos en lo que fue una gran noche mahleriana. Junto a ella, una correcta María Espada, aportó lirismo y un timbre angelical es las primeras y celestiales estrofas del Auferstehen.

© Jesús Ugalde
© Jesús Ugalde

La participación coral, tan decisiva en la obra, fue asumida por la Sociedad Coral bilbaína. Menos popular que otras agrupaciones vascas, constituyó un gratísimo descubrimiento. Tanto en el pianissimo extremo de su primera intervención como en el clamoroso final los coralistas conjugaron a la perfección fuerza, afinación y musicalidad. La dirección de Yaron Traub moldeando y caracterizando con la máxima precisión y minuciosidad sus intervenciones, le otorgó a la coral esas alas de las que Mahler habla en sus adiciones al texto de Klopstock.

Traub ha sido director titular de la Orquesta de Valencia desde el año 2005 hasta la fecha. En ese tiempo ha adquirido un amplio bagaje mahleriano, entre el cual se incluye un interesante ciclo Mahler dirigido en los años del aniversario Mahler a su orquesta levantina. No fue por tanto ninguna sorpresa que la Segunda encontrase en él un traductor espléndido. Su carácter enérgico y mordiente le viene como anillo al dedo a esta obra. Hubo vendavales de drama y tensión en los momentos más apocalípticos, pero al mismo tiempo las secciones más espirituales de la obra cobraron vida propia en sus manos. Para muchos pudo resultar sorprendente que el aparentemente más sencillo –en términos de expresión y de medios orquestales– Andante moderato, segundo movimiento, fuese el único momento cuya concepción resultó un tanto discordante. Se echó en falta la sensibilidad y la sutileza necesaria para que esta música trasciendese a su aparente simpleza y se conviertese en lo que realmente es: una punzante evocación del nostálgico pasado del protagonista caído en el Totenfeier inicial.

Pero esta indefinición estuvo más que sobradamente compensada con dos abrumadoras recreaciones del citado primer movimiento así como del Scherzo. Así, fue impactante de principio a fin el Allegro maestoso inicial, emocionando y subyugando en cada compás. Destacaría la explosión orquestal que sucede al Molto Pesante central y que virtualmente hizo temblar las paredes y los tímpanos del público que llenaba el Palacio Euskalduna. Pero fue igualmente abrumador el Maestoso y la sección bruckneriana immer langsamer con una hermosa intervención de las trompas. Estas impresiones positivas fueron incluso superadas por un Scherzo abrumador. Virtuosística lectura de la BOS, imprimiendo carácter en cada frase, trasladando las melodías de una sección a otra con agilidad y precisión. Ella y Traub consiguieron que este auténtico monumento mahleriano a la ironía sonase tan sarcástico y mordaz como pocas veces he escuchado. Ni que decir tiene que el clímax del movimiento fue nuevamente brutal.

Brillante Ainhoa Zubillaga en un Urlicht intimista, noble, pero al mismo tiempo lleno de ingenuidad en sus versos más iconoclastas. Aunque su registro grave no es particularmente profundo, Zubillaga estremeció al público con una soberbia pureza de entonación, dicción y una curva melódica intachable.

Traub salió igualmente exitoso del amplísimo final. Lo mejor que se puede decir de un director en este movimiento es que su interpretación no resulte episódica y este fue, sin duda, el caso. Apoyado en una orquesta entregada, Traub engarzó a la perfección las distintas escenas que conducen a una Marcha de los muertos, en este caso más ruidosa que reveladora. Tras más de una hora de música en los límites dinámicos y expresivos, resulta difícil hacer que esta marcha y su cataclísmica resolución resulten lo suficientemente violenta como para que el oyente se sienta ante las mismísimas puertas del infierno. En el paso a la resurrección, los metales fuera del escenario no estuvieron nada afortunados. Me temo que estamos en un deja vù en tantas interpretaciones de la obra.

Pero una Segunda tan intensa y vehemente sólo podía terminar de una forma afirmativa y exultante. Y así fue: los quince minutos corales finales rozaron la perfección, con un coro enérgico y apasionado en todas sus cuerdas. Traub huyó de la habitual interpretación mayestática y lineal, imprimiendo lúcidas inflexiones y retardandos. La pericia con la que dirigió el problemático postludio orquestal que cierra la obra le dio un mayor sentido si cabe a la explosión de merecidísimos aplausos y bravos ¡Un Mahler auténticamente de primera!