La Sinfónica de Galicia y su titular Dima Slobodeniouk llevaron a Musika-Música dos obras fundamentales de los dos compositores protagonistas de ese largo e intenso fin de semana musical: La Novena sinfonía de Dvorak y La canción de la tierra mahleriana, interpretación que ahora abordamos.

Perteneciente a la trilogía final del compositor –al igual que la Novena y la inacabada Décima–, Mahler nunca pudo escuchar la obra en vida. Este hecho, unido a la evolución que se ha dado en los últimos cien años en las prestaciones orquestales y en las dimensiones de las salas de conciertos, provoca que en la actualidad la obra se haya convertido en un reto mayúsculo para los cantantes.

En el caso del tenor se podría hablar de una misión casi imposible pues difícilmente existe una voz que pueda afrontar tres Lieder tan diferentes en carácter y requisitos vocales. El timbre heroico que Mahler requería, así como la potencia vocal necesaria para imponerse a la masiva y sonora orquestación de los dos cantos báquicos –primer y quinto lieder– son casi incompatibles con el lirismo y la hipersensibilidad del tercer Lied.

Stefan Vinke © C. Mosesi
Stefan Vinke
© C. Mosesi

Con el reputado wagneriano Stefan Vinke, la Sinfónica optó por la potencia de emisión frente a la belleza de timbre. Un buen control de las dinámicas por parte de Slobodeniouk permitió que Vinke diera vida con intensidad y convicción a los textos más desgarradores de Li Tai Po. Pero inevitablemente, su "De la juventud" no fue precisamente un prodigio de sensualidad. A cambio, nos regaló momentos temperamentales en los que junto a la orquesta hizo remover los cimientos del Euskalduna, como por ejemplo fueron en el primer Lied el "Das Firmament" o la resolución del clímax, "Duft des Lebens". Los cinco compremetedores agudos de "El borracho en primavera" representaron un magnífico colofón a su notable interpretación.

Aunque la sueca Charlotte Hellekant no mostró la fortaleza y la calidez que le hemos escuchado en otras ocasiones, jugó a la perfección su mejor baza: la expresividad de su canto. Gracias a ella consiguió transmitir de forma impactante la adimensional emoción de "La despedida", muy especialmente en los pasajes más declamatorios. Su "Er stieg von Pferd" y "Er sprach" fueron emocionalmente devastadores.

La mezzosoprano Charlotte Hellekant © Mats Backer
La mezzosoprano Charlotte Hellekant
© Mats Backer

La Sinfónica de Galicia fue la gran triunfadora de la noche con una combinación magistral de fuerza y sensibilidad. Tanto en los momentos más arrebatados de la partitura como en los más sutiles, Slobodeniouk extrajo un sonido de una belleza y refinamiento mágico. Cuerda densa y aterciopelada, solistas de madera y metal sin una intervención rutinaria, trasladándose las líneas orquestales de un instrumento a otro con una perfección más propia de la música de cámara, convirtieron la audición en un puro deleite.

El Mahler de Slobodeniouk es sin duda mucho más afín a objetivistas como Boulez o Zinman, que al de directores como Bernstein o Levine, por citar sólo un par de nombres. Pero esto no es impedimento para que su conducción sea extremadamente cuidadosa con los mil y unos matices dinámicos y agógicos de la partitura. El resultado fue abrumador desde el mismísimo principio. Así, el Allegro pesante que abre la obra exhibió un despliegue de la cuerda grave intenso y resonante y unos metales brillantes, tanto en las llamadas de las trompas como en las respuestas en tremolos de las trompetas con sordina. Este elevado listón en ningún momento flaqueó. Así, fue memorable el inicio de "El solitario en otoño" con una punzante intervención del oboe, y la posterior entrada de clarinete y trompa desplegándose sobre el continuo fluir en ondulaciones de las corcheas desgranadas por los violines con sordina o la conclusión lánguida y evocadora de "De la belleza". En "La despedida" merecen ser reseñadas la introducción conmovedora, los sublimes solos de las maderas y un interludio orquestal con incisivas cuerdas y metales.

En la refinada dirección de Slobodeniouk llamó la atención una puntual pero extrema contención emocional. Así, mientras otros directores imprimen un mayor carácter a versos trascendentales como Sonne der Liebe o Der Lenz ist da o a determinados momentos que el propio Mahler indica ausdruckvoll –plenos de expresividad-, Slobodeniuok exhibe una ambigüedad emocional que desde luego invita a la reflexión sobre el sentido de tan compleja partitura. No es de extrañar que la interpretación concluyese en una serenísima conclusión que extrajo del par de miles de espectadores el más respetuoso de los silencios.

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