Muchas cosas hay que aplaudir del más reciente programa que ofreció la Orquesta Filarmónica de Bogotá el pasado 15 de noviembre en su casa, el magnífico Auditorio León de Greiff. En primer lugar, hay que destacar la acertada escogencia del repertorio, que mostró distintas sonoridades y facetas de la orquesta bajo el hilo conductor de la diversidad sonora de América. El programa, moderno y brillante, incluyó dos estrenos en Colombia, lo cual reitera el compromiso de la Filarmónica por explorar nuevos autores, ampliar el repertorio y plantearse nuevos retos musicales. En segundo lugar, hay que resaltar el buen resultado artístico de la orquesta bajo la dirección del estadounidense Robert Moody: un ensamble compenetrado y lleno de matices. Vi a todos los músicos disfrutando de este programa, lo cual pone en evidencia un aspecto que para este caso fue positivo, pero que no debe definir el desempeño de una agrupación: cuanto más cercanos se sienten los músicos al repertorio que interpretan, más lo disfrutan y mejor lo tocan.

Los dos estrenos se presentaron en la primera parte del concierto: Desert Transport, del joven compositor y dj Mason Bates, y Concierto en blanco y negro para piano y orquesta de cuerda, de la compositora argentina Claudia Montero. La primera obra es una descripción sonora del desierto de Arizona visto desde la perspectiva de un helicóptero. Como si se tratara de una banda sonora, la música detalla las gigantescas rocas que se encuentran en la región, los túneles de piedra, el Castillo de Moctezuma y la música de los indígenas Pima. La orquesta logró atmósferas y colores contrastantes: un carácter majestuoso y vibrante gracias al brillo de los vientos y la calidez de las cuerdas; sonoridades punzantes y cortas que permitieron imaginar el filo de las rocas o la aridez del desierto; pasajes tribales donde la orquesta acompaña la grabación de una canción indígena; efectos que evocan el ruido de la aeronave, el sonido del viento o los pasos de un caminante; golpes profundos y graves en la percusión que reforzaron la inmensidad del paisaje. El final, memorable, termina con golpes secos de la percusión y de los arcos sobre los instrumentos de cuerda, simulando el fin del viaje o los pasos de una tribu que se aleja. El resultado fue contundente, triunfal y místico.

El director Robert Moody © Arielle Doneson
El director Robert Moody
© Arielle Doneson

La obra de Montero, tocada al piano por el chino Sheng Cai, nos mostró una nueva formación orquestal integrada únicamente por las cuerdas. El sonido, las dinámicas y el balance en relación con el solista fueron excepcionales. Su rol como acompañante estuvo muy bien logrado a excepción de breves instantes en el primer y tercer movimiento, en el que los ritmos sincopados fueron imprecisos en las cuerdas graves, lo cual desestabilizó el pulso y perjudicó al ensamble. El solista, cristalino y prolijo, ofreció una interpretación sentida de esta obra, claramente influenciada por el tango y los aires populares de Argentina. El primer movimiento rememora ligeramente el estilo impresionista, con una serie de escalas coloridas e intensas en la parte del piano y un acompañamiento que se pasea por distintas atmósferas, dinámicas y matices. El segundo movimiento, mucho más íntimo y profundo, inicia con un soli lírico y nostálgico de violonchelos cuya interpretación fue realmente poética. El último movimiento, más influenciado por los ritmos del tango en su acentuación y síncopa fue mucho más enérgico y virtuoso para el solista, mientras que la orquesta debía sostener un piso armónico y rítmico que no fue del todo afortunado.

Las obras que cerraron el concierto terminaron de demostrar la altura y la excelencia con la que fue trabajado este programa. Adagio para cuerdas de Samuel Barber (arreglo del propio compositor de su Cuarteto de cuerda en si menor, Op.11) fue una obra profunda y conmovedora en la que Moody logró conducir la orquesta de cuerdas desde el mínimo nivel sonoro hasta la máxima tensión que demanda la pieza. La sonoridad intensa y vibrante, el extraordinario trabajo de música de cámara y la tensión dosificada hicieron de esta obra un instante emocionante y reflexivo.

Por último, y con el gran desafío que siempre implica interpretar la música de Aaron Copland, la Filarmónica le regaló al público una extraordinaria versión de la suite orquestal Primavera apalache. La introducción fue el indicio del excelente trabajo que sostendría la orquesta durante toda la obra. Debo destacar el desempeño de los bronces por su sonoridad y mezcla, de las maderas por sus respectivos solos, con una especial mención a la primera flauta que, para este montaje, no estuvo a cargo de ninguno de los músicos estables de la orquesta, sino de Marinela Galvis, músico supernumerario que se enfrentó a este papel al más alto nivel y que habla muy bien de una generación de jóvenes que cada vez tienen más presencia –así sea de forma temporal– en las orquestas colombianas. Asimismo, destaco el solo del xilófono, uno de los extractos orquestales más famosos para percusión, interpretado por Diana Melo, y el final perfecto entre glockenspiel y piano con el que terminó esta obra por todo lo alto. Las cuerdas se lucieron con su sonoridad, afinación y mezcla, mientras que la orquesta, en todo su conjunto, fue realmente precisa y prolija.

Felicidades a la Orquesta Filarmónica de Bogotá por un programa memorable y al director invitado, Robert Moody, por un trabajo excepcional.

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