El escenario del Teatro Mayor disponía, en primer plano, dos pianos que se enfrentaban y siete instrumentos de percusión que le daban la espalda a la orquesta. Ante un auditorio lleno, convocado por el programa cuya primera obra y eje central fue el Concierto para dos pianos y percusión del compositor húngaro Béla Bartók, los pianistas Sergei Sichkov y María José de Bustos y los percusionistas Diana Melo y William León, entraron seguidos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y el director alemán Will Humburg para dar inicio a la música.

El primer movimiento llevó al oyente desde un pianissimo fascinante presentado por los timbales y el piano hasta un fortissimo del tutti que reveló la inmensidad sonora del formato. La sincronización entre los dos pianos, que inician cantando una melodía repartida entre ambos instrumentos y acentuada por los timbales y el bombo, fue exacta y sorprendente. De forma repentina, la articulación larga y cantabile de la melodía se transforma en un cortísimo staccato sobre las teclas del piano, generando una sensación sonora punzante y martillada que convirtió a los instrumentos de teclado en un nuevo set de percusión. Por su parte, el xilófono, que en este primer movimiento aparece para subrayar melodías y terminaciones de frases se convirtió en un tercer piano.

Esta sensación creada durante el primer movimiento se repitió en los dos siguientes. Se destacaron, especialmente, la sincronía entre las dos parejas de instrumentos protagonistas y el unísono melódico del xilófono y los pianos. La precisión de los solistas se hizo aún más evidente en el último movimiento, contrastante y ágil, donde las líneas melódicas están repartidas en cada instrumento y la entrada de cada uno debe ser tan exacta y homogénea que pareciera provenir de un mismo instrumento. La ejecución de los cuatro solistas fue excelente y hay que destacar la interpretación de la percusionista Diana Melo, quien se sobresalió por su destreza, coordinación y ejecución prolija en la multipercusión, papel que suma un desafío más debido al corto tiempo para pasar de un instrumento a otro.

El director Will Humburg © Michael Hudler
El director Will Humburg
© Michael Hudler

Bien pudo ser por la acústica del auditorio o bien por temas de ejecución, el balance entre los dos pianos y la percusión no fue el más adecuado. Los instrumentos de teclado siempre estuvieron un nivel por debajo de la percusión y la orquesta, lo cual opacó ciertos fragmentos del Concierto en el que no se apreció de manera completa la música. La orquesta, sin embargo, no se destacó del todo en esta obra. Sus intervenciones –también percutivas– no fueron del todo precisas ni acordes a las intenciones que marcaba el gran director que los conducía. Así, hubo varias secciones en donde los efectos sonoros no fueron alcanzados con total éxito. La dirección de Will Humburg fue magistral. Los cambios de tempo e intención fueron contundentes y claros; su batuta, su corporalidad y sus indicaciones, activas, fluidas y coherentes, fueron un espectáculo para el espectador durante las tres obras presentadas en este programa.

Con las Variaciones sobre un tema de Haydn en si bemol mayor Op.56 el auditorio pudo disfrutar de una orquesta plena que ahora se adaptaba a las intenciones de su director. Su sonoridad vibrante y compacta conectó al público con una de las obras más interpretadas de Brahms. La sección de los vientos se destacó por su homogeneidad en los timbres, así como las cuerdas sobresalieron por su vigorosidad y su ejecución prolija. Cada variación mostró los contrastes de carácter y las distintas atmósferas que puede crear la Filarmónica de Bogotá, lo cual también quedó comprobado con la obra de la compositora colombiana Amparo Ángel: Variaciones sobre un tema de Brahms que, por supuesto, precedió las variaciones del compositor romántico. Allí, una orquesta vigorosa, oscura y un tanto más caótica fue la protagonista de la música. Los solos de las maderas brillaron sobre la tempestad de los tutti que evocaban pasiones y estados de ánimo opuestos y cambiantes. Cada variación, radicalmente contrastante, exigió de la orquesta, y su director, cambios súbitos de color e intención: unas muy rítmicas y enérgicas, otras líricas y ligeras. La Filarmónica supo pasearse por cada una de ellas sosteniendo la tensión y llevando al oyente al clímax irrevocable del final, apresurado, marcado y majestuoso.

Ante un programa variado y muy bien escogido, el público apreció la maleabilidad de la orquesta en manos del director invitado, la excelencia de cuatro solistas, la sonoridad envolvente de la orquesta y la grandeza compositiva de una mujer colombiana. El final no pudo ser diferente al esperado: una lluvia de aplausos y ovaciones a esa agrupación que los capitalinos llevan en sus corazones y que representa muy bien la historia de la música sinfónica de Colombia: la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

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