Tras el intenso arranque de temporada, la Orquesta Sinfónica de Galicia volvía al Coliseum de A Coruña para dar vida al segundo programa de la temporada. Dirigido por el portugués Nuno Coelho, se trataba en esta ocasión de una velada mucho más intimista, diseñada para una plantilla orquestal más clásica. Un nuevo reto por tanto en el proceso continuo de adaptación de la orquesta y del público a la nueva sala. Fue una grata sorpresa comprobar como, a pesar de la reducida plantilla, el sonido llegó en esta ocasión a la platea con una presencia y una calidad notable. Sin duda determinadas mejoras como fueron la colocación de las maderas y los metales sobre gradas y la disposición de los músicos en el escenario a una distancia más próxima al standard habitual, tuvieron un efecto positivo. Disfrutamos de un sonido compacto y homófono, muy cohesionado, y sin duda más representativo de la personalidad habitual de la orquesta.

El director portugués Nuno Coelho © Elmer de Haas | Ibermúsica
El director portugués Nuno Coelho
© Elmer de Haas | Ibermúsica

En lo estrictamente musical fue una velada de reencuentros. Por una parte, Nuno Coelho, volvía a ponerse al frente de la Sinfónica tras su debut hace dos temporadas, y por otra, la noche se abría con Tranquil Abiding de Jonathan Harvey, ya interpretada por la OSG hace cinco temporadas, pero con su titular Dima Slobodeniouk.

Es Tranquil Abiding es una obra contemplativa y minimalista en la que apenas se genera ningún tipo de clímax o excitación romántica. A pesar de ello tiene un indudable carácter sinfónico que Coelho acentuó de forma muy acertada. Son ya dos décadas las transcurridas desde su composición y sin embargo, interpretaciones serias y rigurosas como la del director luso hacen que la partitura siga resultando genuinamente contemporánea. Más aún si cabe en las circunstancias actuales. De hecho, la intimista conclusión fue recibida con la máxima concentración por parte de un público que, en un número notable, sigue mostrando su apoyo incondicional a la orquesta.

La ausencia de descanso hizo que se estableciera, casi de forma inconsciente, un sugerente puente entre las orgánicas sonoridades de Harvey, y la evocadora recreación de la naturaleza que constituye la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Fue una Sexta perfectamente construida por Coelho, en la que éste demostró una vez más su capacidad para ir más allá de las notas, confiriendo a su interpretación un carácter transversal en el que música y significado se integraron a la perfección.

Los numerosos aspectos descriptivos que adornan la partitura, tal como los cantos del cuco, los murmullos del bosque o la brutal tormenta pasaron a un segundo plano frente a una concepción de la partitura noble y humanista, que tuvo su culminación en un modélico Allegretto final. Sin caer en la tentación de acentuar sus aristas, Coelho demostró la calidad de su batuta y de su inspiración dando vida a una interpretación noble y serena que supo trasladar al público la esencia de tan sublime partitura.

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