Con su prodigiosa intervención en la final del Premio Tchaikovsky de Moscú, hace ya cinco años, Clara-Jumi Kang no sólo consiguió dejar atrás el sambenito de niña prodigio, sino también alcanzar una madurez que ha hecho de ella una de las jóvenes violinistas más demandadas del panorama actual. Aunque ya había visitado los escenarios galaicos en más de una ocasión, la Sinfonía española de Lalo suponía su debut con la Orquesta Sinfónica de Galicia. Un caballo de batalla del repertorio que tocó de memoria, en medio de una gira española que incluye conciertos tan exigentes como los de Brahms y Bruch.

Kang tuvo que lidiar con las limitaciones acústicas que una sala tan inmensa y poco cálida como es el Coliseum de Coruña plantean a los solistas. Es de justicia decir que contó con la complicidad absoluta del director, también debutante, François López-Ferrer, quien demostró sensibilidad e inteligencia musical, controlando en todo momento las dinámicas orquestales, para así conceder el máximo protagonismo sonoro a la solista. En una obra tan rimbombante en lo orquestal como es esta pseudo-sinfonía, otros directores hubiesen preferido exprimir al máximo la lucida escritura orquestal, pero afortunadamente ese no fue el caso y pudimos disfrutar, a pesar de la distancia auditiva y visual, de una abrumadora exhibición de virtuosismo por parte de la solista.

La violinista Clara-Jumi Kang
© Marco Borggreve

Tras una sobria introducción orquestal, la habanera que conforma el Allegro non troppo fue una continua exhibición de Kang, quien no sólo se desenvolvió como pez en el agua en las dificultades técnicas, sino que explotó al máximo los recursos expresivos de su instrumento, imprimiendo un aroma especial a cada uno de los temas, contratemas, transiciones, etc. Esta orgía sonora culminó con una coda, plena de furia y carácter ¡Y todavía quedaban cuatro movimientos por delante! En el evocador Scherzando el virtuosismo dio paso al máximo refinamiento, sorprendiendo Kang por una musicalidad que jugaba con las dinámicas de forma sutilísima; llenando de insinuación y calor, una música a priori tan alejada de sus orígenes germano-coreanos. Incluso en la ágil sección central, llevada a velocidad de vértigo, lo musical primó por encima de la técnica. El bravo Intermezzo derrochó un carácter y un poderío desafiantes, mientras que el brumoso Andante, construido sobre una impactante intervención inicial de los metales, cobraba vida de forma inusitada en cada intervención de la solista. Como era de esperar, el Rondo Allegro fue una exhibición pirotécnica en la que López-Ferrer integró a la perfección a la orquesta con una solista extrovertida y embrujadora. Como no podía ser de otra manera, Clara-Jumi Kang, ofreció al público una contrastada y trascendental propina: el Andante de la Sonata para violín solo núm. 2 de Bach.

En la segunda parte el joven director hispano-estadounidense, López-Ferrer, abordaba otra pieza del gran repertorio, muy exigente, pero al mismo tiempo favorita del público; la Sinfonía núm. 5 de Tchaikovsky. Una obra tan programada, que de hecho la mayor dificultad que se plantea a un director joven es el hacerla si ya no especial, al menos amena para el público y para los músicos. Y afortunadamente, tras una densa introducción perfectamente caracterizada por los clarinetes de la orquesta, López-Ferrer dejó claro que no iba a ser una interpretación rutinaria. La calculada contención de la primera parte dio paso a todo un tour de forcé orquestal en el que todas las secciones de la orquesta dieron vida a la narrativa de la obra de una forma vívida, por no decir impactante. Las continuas indicaciones desde el pódium, siempre claras y precisas, guiaron a la perfección a los músicos de la Sinfónica en lo que fue un intensísimo primer movimiento. El Andante se abrió con una impecable intervención del solista de trompa, la cual dio paso a una recreación intimista y expansiva en los tempi. Fue especialmente significativa la contribución de la cuerda grave; bajos y cellos, liderados estos últimos, por no decir arrastrados, por el nuevo principal de la Sinfónica, el joven Raúl Mirás. En el apasionado Allegro non troppo que precede a la conclusión del movimiento, el non troppo pesó excesivamento. Llamativo que un director joven como López Ferrer huyese de la desbordante vitalidad que por ejemplo exhibe un veterano Mravinsky en su mítica grabación con la Filarmónica de Leningrado. El breve Vals, no fue precisamente edulcorado, más bien fantasmagórico, explorando Ferrer los subtextos más recónditos de la partitura. Resultaron especialmente sugerentes los intercambios entre las maderas en la sección central.

La solemne y muy acentuada introducción del Final estableció un evidente puente con la Sinfonía Española, no en vano Tchaikovsky sentía una especial afinidad por la obra de Laló. Tras ella, el vertiginoso discurso del Allegro fue construido sin ningún tipo de reticencia. Metales poderosísimos, cuerdas ágiles y empastadísimas, maderas desinhibidas y un inspirado timbal, dieron pie a un movimiento abrumador, cinematográfico en su impacto. El, ahora sí efusivo al máximo, Presto final, fue una conclusión memorable a un programa, un tanto dilatado para estos tiempos de pandemia, pero que sin embargo enganchó al público de principio a fin, haciéndole olvidar la amenaza del toque de queda que se cernía sobre las cabezas de todos los asistentes.

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