La temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia nos ofrecía en su penúltimo concierto un atractivo programa diseñado por su titular, Dima Slobodeniouk, en el que a un estreno español, el Concierto para trompa de Hans Abrahamsen, se sumaba el primer gran fresco sinfónico del compositor ruso Sergei Rachmaninov; la Sinfonía núm. 1 en re menor. De esta manera se cerraba a la inversa, el círculo iniciado en la apertura de la temporada con la interpretación de la última gran obra sinfónica de Rachmaninov, las Danzas sinfónicas, dirigidas en aquella ocasión por Rumon Gamba. Esta Primera sinfonía suponía para Slobodeniouk completar su periplo con la OSG, a lo largo del ciclo sinfónico completo de Rachmaninov. Un exhaustivo recorrido que ha incluido las sinfonías 1 a 3, las Danzas sinfónicas, junto a la infrecuente sinfonía coral Las campanas. A todas ellas podríamos unir su Rapsodia sobre un tema de Paganini. Junto a Prokofiev, es sin duda Rachmaninov uno de los compositores fetiche del director ruso y esto se reflejó en la autoridad y clarividencia con la que Slobodeniouk reivindicó esta temprana sinfonía; una obra maestra injustamente relegada en el repertorio.

Stefan Dohr estrenó el Concierto para trompa del compositor danés Hans Abrahamsen
© Simon Pauly

El Grave inicial, equiparable en dramatismo y efectismo a los momentos mahlerianos más trágicos, fue entendido por Slobodeniouk a la perfección, caracterizando el pasaje con la máxima intensidad. Fue el punto de partida a una clase magistral de dirección que se continuó en la subsiguiente marcha, asombrosa por la energía creciente que se desplegaba en cada nuevo ataque. El contraste con la sección lenta de los violines, Moderato, fue máximo. En este caso hubo la máxima belleza y voluptuosidad en unas cuerdas fielmente entregadas a su director. Imposible no evocar la imagen de concentración y exuberancia de un Karajan. Fue sin discusión uno de esos pasajes estelares que incluiría en cualquier reseña del arte del director ruso. Tras el poderosísimo tutti que saturó el sonido con un impacto auditivo que el Coliseum nos había ya hecho olvidar, el desarrollo resultó abrumador por su expresionismo, por no decir tenebrismo, perfectamente subrayado en milagrosamente delineados contrastes dinámicos y agógicos. Únicamente resultó un tanto abrupta la realización de la conclusión. Tal vez un intento intencionado de demorar al final la respuesta a los numerosas enigmas que este primer movimiento lanza al oyente.

Un mecanicista Scherzo fue subrayado de forma inesperada, pero apropiada en sus momentos más nave, por los cantos de los pájaros, ya habituales en el auditorio coruñés. Estos también aderezaron el Larghetto, abordado tras una larga pausa. Un mundo sonoro, intimista y evocador, en el que Slobodeniouk supo hacer creíble y amena lo que Luis Suñén, en sus atinadas notas, describe como una “sentimentalidad contenida”. El variopinto Allegro con fuoco hizo justicia a la riqueza formal y temática de la obra, en una sucesión febril de temas, células y grupettos recurrentes. Tal panoplia sonora fue perfectamente integrada por un Slobodeniouk clarividente, transmitiendo en todo momento la sensación de que la música emanaba directamente de él y que todas las preguntas y todas las respuestas estaban en sus brazos, en su batuta. La dilatadísima y crucial coda, anunciada por el gope de tam tam, fue sutilmente construida por Slobdoneiuk, permitiendo que la música se expandiese a sus límites dinámicos y dramáticos. Sólo la falta de reverberancia del Coliseum impidió que la sala se viniese abajo.

Antes, pudimos disfrutar del citado estreno español. La música del danés Hans Abrahamsen, es otras de las especialidades de Slobodeniouk, de quien en su día estrenó en España Let me tell you. La obra llegaba a La Coruña apenas un año después de su estreno en Berlín. Unido con los 12 estrenos que los músicos de la OSG han protagonizado en el Festival Resis de música contemporánea, o los recientes estrenos en España de la Sinfonía mística de Panufnik o de la música de Linkola, estamos ante una valiente apuesta de la Sinfónica de Galicia por la música contemporánea.

Al propio estreno se unía el aliciente de ver en acción al protagonista del concierto, Stefan Dohr, principal de la Filarmónica de Berlín, que retornaba a La Coruña en plena pandemia para dar una vez más muestra de su talento tanto interpretativo como pedagógico. Tuvo que lidiar en esta ocasión con la acústica del Coliseum que, por ejemplo, convirtió en inaudibles los sutiles tremolos finales del solista que cierran la obra. Música de extremos, callada en muchos momentos, Sturmisch, tormentosa en sus clímax, transmitida al público en una interpretación primorosa y elocuente al máximo. Fue precisamente el segundo movimiento Stürmisch und unruhig, en el que la trompa se ve atrapada en medio de un disonante y violento laberinto orquestal, uno de los momentos más excitantes de la pieza. En el sutil tercer movimiento, la trompa retoma el control del discurso musical con un intimista relato, adornado por sutiles  ecos orquestales, únicamente alterados por la resonante percusión. Un muy sugerente fresco orquestal, muy apropiado para estos tiempos de silencio.

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