En raras ocasiones un compositor contemporáneo puede disfrutar de un estreno sinfónico con una duración cercana a los sesenta minutos y escrito para una vasta plantilla orquestal. Vladimir Rosinskij (Rostov del Don, 1962) es –merced a su vinculación directa con la Sinfónica de Galicia– uno de esos escasos privilegiados. Formado musicalmente en Krasnoiarsk y Viena y viola de la OSG desde el año 1995, su actividad paralela de compositor ha encontrado en su propia orquesta el mejor tubo de ensayo. Su estilo ecléctico se traduce en una atractiva fusión que en modo alguno se restringen a la clásica, pues en su música se integran elementos procedentes del rock, jazz y por supuesto de las dos grandes tradiciones de las que ha bebido: la rusa y la centroeuropea. Sus estrenos con la Sinfónica de Galicia a lo largo de estos veinte años han gozado de una buena acogida tanto por parte de la orquesta como del público.

La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk © OSG
La Orquesta Sinfónica de Galicia y su director titular Dima Slobodeniouk
© OSG

Concierto Misterio supone en su proceso creativo un salto adelante, casi culminativo. Las dos solistas –Rouslana Prokopenko en el chelo y Uxía Martínez Botana en el contrabajo– tocan tanto en instrumentos tradicionales como en eléctricos, cuyo sonido es modificado por pedales de efectos. Aunque ambos instrumentos apenas cesan de participar, su papel no es en ningún momento comparable al de un instrumento solista. La participación solista se complementa con el oboísta David Villa y su sintetizador de vientos, el cual es usado por Rosinskij en su registro más arcaico. Un efecto sin duda intencionado y que forma parte del laberíntico entramado que conforma un primer movimiento cuya duración supera a los otros dos restantes, y que por su complejidad responde a la perfección al título de Laberintos. De difícil descripción, se trata de un abigarrado e inquietante flujo de timbres y cadencias orquestales, que se traducen en incipientes dibujos melódicos que nunca llegan a concretarse. Rosinskij exhibe en ellos un innegable talento de orquestador y de compositor. Talento forjado desde dentro y fuera de la orquesta y firmemente enraizado en las tradiciones citadas. Ecos de Béla Bartók, o de la Salome de Strauss, o en el segundo movimiento de la música de Shostakovich, son sin duda el fruto de una asimilación inconsciente.

Titulado Intermedio, el segundo movimiento carece de intervenciones solistas. En unas dimensiones menos hipertróficas, es una pieza más canónica en la que todas las secciones de la orquesta, celesta y piano incluidos, se sumergen en un nuevo mare mágnum de ideas, en este caso más sutiles e intimistas que las del movimiento previo. Un tapiz sonoro de una belleza y una modernidad fascinante.

En el último movimiento, Himnos, Rosinskij, renuncia a la sensualidad del movimiento previo. Con un alarido orquestal comparable en intensidad al que abre el final de la Segunda sinfonía mahleriana, la partitura recupera a las solistas, esta vez con instrumentos eléctricos, vestidas de cuero negro y realzadas por un kitsch juego de luces. El uso de los pedales y de la electrónica alcanza ahora su máxima expresión. Cualquier vínculo con la tradición se ha desvanecido. Define a este movimiento el mundo del rock y lo más parecido al trash–metal que se puede haber escuchado nunca antes en una sala de conciertos sinfónicos. Pero la obra aún nos deparará más sorpresas. Repentinamente, en lo que ya es una auténtica performance, hace su aparición Abraham Cupeiro tañendo un karnyx; instrumento celta de viento–metal de un par de metros de altura reconstruido por él mismo. Su entrada es tan efectista como puede ser el der grosse Appell de la citada sinfonía mahleriana. Suyo será el protagonismo hasta el final de la obra. Una hora de música sorprendente que sólo será juzgada por el tiempo, pero que a nuestros oídos nos deja, como mínimo, muy claro que si alguien alguna vez se atrevió a afirmar que la música clásica estaba agotada, no podía estar más equivocado.

Muy acertadamente, en la segunda parte Dima Slobodeniouk buscó el máximo de los contrastes programando una pieza más leve, transparente y relativamente breve. Si alguno pudo pensar que tras el esfuerzo titánico de la obra de Rosinskij se iba a tratar de un Mozart de rutina, no podía estar más equivocado. Asistimos no sólo a una hermosa recreación de esta joya mozartiana, sino también a una interpretación llena de novedades en lo que se refiere al proceder habitual del director ruso-finlandés.

Por un lado, su dirección sin partitura, hecho infrecuente en él y el no utilizar batuta, desplegando la máxima expresión corporal en sus manos. Por último, pero no menos importante, Dima volvió a la disposición antifonal de los violines: primeros a su izquierda y segundos a su derecha. Aunque esta elección le puede haber restado algo de cuerpo al conjunto de los violines, es sin duda un atractivo adicional poder disfrutar del riquísimo intercambio entre ambas secciones. 

Fuesen o no relevantes estos tres aspectos citados, lo cierto es que fue una 39ª mozartiana extraordinaria, llena de jovialidad y musicalidad, pero al mismo tiempo deslumbrante en matices. No hubo un compás rutinario en toda la interpretación. La introducción fue sencillamente prodigiosa gracias, en parte, a unos refinadísimos saltos en las dinámicas y un impecable empaste entre el timbal, metales y cuerdas. Fue el movimiento más expansivo de los cuatro, pues en el Allegro hubo una majestuosa contención, la cual no impidió a Slobodeniouk extraer con la citada expresión corporal –casi inusitada en él–, la máxima expresividad de cada sección. Más vivos de lo habitual, pero igualmente mágicos, resultaron el sublime Andante con moto y el Minueto, éste último de un carácter rústico adorable. En su solo del Trío, el solista de clarinete de la OSG dio una lección de musicalidad y de ¡habilidades improvisadoras! En el Finale. Allegro, baste con decir que fue una suerte disfrutar de todas las repeticiones de una lectura desbordante en vitalidad y precisión.