En sus ya tres años y medio de titularidad al frente de la Sinfónica de Galicia, Dima Slobodeniouk ha mostrado un especial interés por explorar repertorios injustamente olvidados del siglo XX. En esta ocasión, su propuesta ha sido especialmente arriesgada, pero al mismo tiempo estimulante: una velada con cuatro obras eslavas, configurada de tal forma que dos piezas relativamente conocidas enmarcaron a otras dos de compositores muy infrecuentes y, por añadidura, compuestas para combinaciones atípicas en el día a día de las orquestas sinfónicas.

El contrabajista Diego Zecharies © Diego Zecharies
El contrabajista Diego Zecharies
© Diego Zecharies

Hay pocas ocasiones de escuchar al contrabajo como solista ante la orquesta, y menos aún si excluimos los conciertos de Bottesini o Koussevitzky. El contrabajista uruguayo Diego Zecharies fue más allá de lo puramente virtuosístico, para presentar una obra de carácter y concepción netamente sinfónica: el concierto del estonio Tubin. Una obra compuesta en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial e inspirada en la fuga del compositor y su familia hacia Suecia, ante la inminente invasión soviética.

Zecharies y la orquesta transmitieron a la perfección la angustia y la excitación que esta partitura exuda de principio a fin. Si alguien albergaba dudas sobre la agilidad y versatilidad del contrabajo, la interpretación de Zecharies debió abrirle definitivamente los ojos. No sólo fascinaron sus pasajes de bravura, la fuerza lírica del Andante sostenuto resultó especialmente punzante. Éste, tras un belicoso pasaje sincopado, dio paso a una dramática cadencia, en la que Zecharies hizo una lectura desgarradora. Slobodeniouk mostró en todo momento un cuidado exquisito con el balance, evitando que la orquesta tapase al solista, que en cualquier caso fue reforzado por una amplificación (por cierto, algo excesiva en el registro más grave). El concierto es breve y supo a poco, pero, afortunadamente, Zecharies prolongó la fiesta con una feroz propina: el Capriccio núm. 2 de David Anderson.

La parte novedosa del programa se completaba con el Quinteto núm. 2 del letón Vasks. Obra para flauta, oboe, clarinete, trompa y fagot, a los que habría que añadir la voz humana pues los propios solistas deben acompañar con sus cantos un discurso musical característico de su autor. Su carácter intimista y elegíaco es interrumpido una y otra vez por punzantes exabruptos. La dirección de Slobodeniouk y la participación de cinco extraordinarios miembros de la orquesta hizo que la inconmensurable emoción que la música de Vasks vehicula, colmase la amplia sala del Palacio de la Ópera.

Dos extrovertidos y vitalistas ejemplos de la música de Shostakovich y Kodály –la suite de La edad de oro y las Danzas de Galanta, respectivamente– redondearon un ameno concierto, poniendo un oportuno contrapunto a las obras de Tubin y Vasks. En Shostakovich, Slobodeniouk consiguió amalgamar a la perfección la orgía de registros que desfilan por la partitura. Frente a visiones que no van más allá de lo lúdico o de lo irreverente, el director imprimió a la obra una cierta circunspección. Esta alcanzó su culmen en el clímax del Adagio, el cual adquirió en esta interpretación un carácter premonitorio.

Finalmente, la fuerza melódica y la sublime nostalgia de las Danzas de Galanta constituyó un broche de oro a un hermoso concierto, pleno de sensaciones y emociones a flor de piel. Las cuerdas y metales que en Shostakovich y Tubin habían mostrado su cariz más incisivo dieron una lección de versatilidad, transformándose en un dechado de voluptuosidad. Mención especial para los solos de clarinete de Iván Marín –quien previamente había participado en el Quinteto de Vasks. Representaron una lección magistral de virtuosismo y musicalidad. Por su parte, Slobodeniouk, con sus habituales movimientos, concisos pero muy precisos, dio vida a una exuberante interpretación en la que la precisión técnica y el carácter folklórico se conjugaron a la perfección.

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