En el retorno de la temporada de la Sinfónica de Galicia en este año 2019, Franz Peter Zimmermann fue el protagonista central con su vibrante, y personal, interpretación del Concierto para violín de Mendelssohn. Fue el eje de simetría de un programa muy bien diseñado por el director titular de la OSG, Dima Slobodeniouk, en cuyos dos extremos se situaron dos sinfonías en tres movimientos: la de Igor Stravinsky y la número 38, “Praga", de Mozart.

Fue el primer movimiento de la “sinfonía de guerra” de Stravinsky –así la denominaba el propio compositor– el momento más belicoso de toda la noche. En él, Dima Slobodeniouk exhibió un prodigioso control rítmico y dinámico, al mismo tiempo que puso de relieve, con su proverbial claridad, las incontables sutilezas armónicas de tan prodigiosa partitura. Slobodeniouk trazó a la perfección los vínculos de la obra con el pasado del propio compositor, muy especialmente en lo que respecta a las atávicas aristas de La consagración. Su faceta neoclásica fue la que sin embargo reinó en el Andante que Slobodeniouk marcó con un pulso firme y vivace. Este se mantuvo a lo largo de todo el movimiento confiriéndole al atonal interludio central una cualidad atemporal, fascinante por lo inquietante. El contraste con el atavismo del Con moto final fue perfectamente recreado, como también la sucesión inagotable de temas y atmósferas que cierran la obra justo antes de la aparición de una fuga tan inesperada como deliciosa que se inicia con las voces del arpa y el piano.

Dima Slobodeniouk y la Orquesta Sinfónica de Galicia © OSG
Dima Slobodeniouk y la Orquesta Sinfónica de Galicia
© OSG

Zimmermann, en esta nueva visita al Palacio de la Ópera coruñés optó por traer una de las piezas más visitadas del repertorio violinístico. Hubiese sido muy interesante haberle disfrutado en el concierto que en los últimos meses ha llevado consigo por media Europa (Berlín y Bilbao entre otras ciudades): el Concierto núm. 1 de Martinů, pero optó por el concierto de Mendelssohn, no menos complejo para el solista y la prueba fue su entrada, un tanto errática, que dada la transparencia de la orquestación –a lo que se sumó férreo control dinámico ejercido por Slobodeniouk– resultó especialmente dolorosa. Aunque Zimmermann retomó el control de la interpretación, no dejó de sorprender su enfoque, incisivo y desabrido, carente de la más mínima retórica. Un concepto en el que las ideas musicales de esta vehemente partitura se sucedieron a velocidad vertiginosa y en muchos momentos con una inexpresividad digna de los pasajes más agresivos de la sinfonía de Stravinsky. La cadencia fue resuelta con una infalibilidad milagrosa, y fue curiosamente el primer momento verdaderamente molto apassionato del primer movimiento. Como también lo fue conclusión, una explosión de fuerza sobrehumana por parte de Zimmermann.

Como era de prever, el Andante estuvo en las antípodas de la habitual canción de cuna. A pesar de lo atípico, fue una visión en este caso más coherente, teñida de una atractiva mezcla de melancolía y drama. En el efervescente Final ya no había lugar para ningún tipo de extravagancia musical. Fue arrollador de principio a fin, abordando un exultante Zimmermann sin la menor reticencia todos los retos de la partitura: arpegios ascendentes y descendentes, escalas de semifusas, agudos extremos, sutilísimos pianissimi, confiriendo a su interpretación una perfección e individualidad que hizo olvidar el discutible arranque de la obra. El público respondió con cálidas ovaciones que arrancaron dos generosas propinas: el Presto de la Sonata en sol menor de Bach y el dilatado movimiento lento de la Sonata para violín solo de Bartok.

La simetría del programa se cerró con los tres movimientos que conforman ese prodigio de invención que es la Sinfonía núm. 38 de Mozart. De sus últimas sinfonías esta era la única que Slobodeniouk no había todavía dirigido a su Sinfónica de Galicia. Si en otras obras del período predomina el peso de las cuerdas, la preponderancia correspondió en este caso a los viento-madera de la orquesta. Una introducción orquestal que no cargó las tintas en lo dramático, dio paso a un festivo, pero ligeramente contenido Allegro. El mejor momento de la interpretación lo constituyó el dilatado Andante, cautivador por la calidez y naturalidad de su discurso musical. Lo naif en no pocos momentos se teñía de forma inesperada de una mórbida languidez sobrecogedora. Unas cuerdas cristalinas que sonaron como un único instrumento y unas maderas absolutamente idiomáticas, perfectamente empastadas nos transportaron a otra dimensión musical. Incluso los abruptos crescendi orquestales iban y venían con una naturalidad sorprendente. El Presto final, gozó igualmente de la inspiración de cuerdas y maderas. Slobodeniouk optó por la contención que muchos habrían esperado en el Mendelssohn. El resultado fue una recreación afirmativa y extrovertida, pero a la vez muy elegante y majestuosa, sin apenas ningún vestigio del humor haydniano que sin duda inspiró este reiterativo y obsesivo Presto final. Fue una conclusión inmejorable a un programa que llenó por dos noches consecutivas el Palacio de la Ópera coruñés.

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