Si en cada visita de un nuevo director a la temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia, público, músicos y críticos diseccionan con avidez su labor, su empatía con los músicos, con los solistas, y con la sala, conscientes de que es más que probable que podría tratarse del futuro titular de la orquesta, en el caso de Juanjo Mena la expectación era máxima pues la rumorología ha hecho de su nombre uno de los posibles candidatos a suceder a Slobodeniouk. No era un programa fácil de antemano. Brahms y Schumann son tan recurrentes en las programaciones que el público conoce sus grandezas y sus miserias. Y si hasta los paisajes sonoros más sublimes cansan, más aún cuando se trata de compositores grandiosos, pero no exentos de carencias. Si en Schumann, sus limitaciones como orquestador se ven compensadas por su inspiración desbordante; en Brahms, por el contrario, un absoluto dominio de las formas se estrella con un parco espíritu creador. Es el Doble concierto un buen ejemplo de esto último, hasta el punto de que, tal como Maruxa Baliñas recopila exhaustivamente en sus notas al programa, incluso los contemporáneos más afines al compositor mostraron su reticencia ante la obra. Para que salga adelante exitosamente se requieren, aparte de dos solistas de lujo, una batuta que crea firmemente en esta música, y que ésta, a su vez, cuente con unos músicos receptivos, que al fin y al cabo son los únicos efectores que hacen que las ideas y soluciones que nacen del cerebro del director cobren vida. Y justamente todos estos elementos se concitaron para dar vida a una amena y agradable primera parte.

Juanjo Mena al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia
© Pablo Rodríguez | OSG

De Clara-Jumi Kang mostró que es una solista que, más allá del virtuosismo, es capaz de recrear la música con sentido y sensibilidad, aportando un brillante color y una muy expresiva entonación; aunque en momentos puntuales comprometida. Por si fuera poco, contaba a su lado con una referencia en el chelo actual, Asier Polo; otro artista integral con el que la química funcionó al máximo. Es curioso, sin embargo, que salvo en su crucial entrada, el violonchelo de Polo estuvo siempre eclipsado, en lo cual sin duda influyó su posición retrasada en el escenario frente al violín, craso error en una sala cuya acústica prima los registros más agudos. Y hablando de agudos, es de lamentar que a lo largo de la primera parte sufrimos un leve pero insidioso acople sonoro, procedente de algún gadget electrónico. Las tres amplias secciones camerísticas que recorren el Allegro inicial fueron un auténtico deleite. Asimismo, resultaron muy convincentes los estallidos orquestales en los que Brahms integra sabiamente a la orquesta, de hecho, no hay un solo pasaje en el que los solistas se vean ahogados por la orquesta. El breve y otoñal Andante fluyó con lirismo adornado por sutiles y empáticas maderas. En él, los solistas extrajeron lo máximo posible de su clímax, tan efímero como anticlimático. En el Vivace hubo el máximo contraste entre la exultante orquesta y el vigoroso diálogo solista. Mena, clarividente, optó por un tiempo muy canónico, huyendo de concepciones más exóticas.

Pero lo mejor estaba todavía por llegar con el regreso a los atriles de la OSG de la Cuarta de Schumann. Ros-Marbá, López Cobos, Caetani, y más recientemente un muy lúcido Michail Jurowski nos la habían presentado. Sin embargo, la simple presencia de Mena hizo que la encarásemos con la mejor de las sensaciones. Si a un director de su carácter y personalidad le sumamos una Sinfónica que tras el reencuentro con su sala y con su público se encuentra en un absoluto estado de gracia, y que además se entregó al cien por cien a la energía arrolladora y contagiosa de Mena, el resultado fue espectacular. Se hizo evidente un minucioso trabajo en los ensayos, desplegándose de forma clarividente incontables matices de articulación, dinámicas, tempi. Frente a Cuartas actuales más equilibradas, de pequeña escala, fue la de Mena una concepción clásica, que rememoró a la mítica grabación berlinesa de Furtwängler. Una visión que realzó al máximo el dramatismo de la obra y que atrapó al oyente de principio a fin. No fueron de extrañar las dilatadas y calurosísimas ovaciones de un público que ya llena el Palacio de la Ópera al estilo de los tiempos pre-pandémicos.

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