El que iba a ser un programa de debutantes en la temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia, se vio trastocado por la cancelación del joven bielorruso, vencedor este pasado verano del Concurso Internacional de Piano de Ferrol, Uladzislau Khandohi. Sí pudimos disfrutar del interesante hacer del ruso Stanislav Kochanovski. Un director, en su día joven prodigio, actualmente en plena madurez, pero que sin embargo muestra en el podium y en los medios un entusiasmo y una pasión por su labor encomiable. Dejó una muy grata impresión, lo cual no es baladí si tenemos en cuenta que la OSG se encuentra desde el inicio de la temporada a la búsqueda y captura de un nuevo director titular.

Alexei Volodin, Stanislav Kochanovsky y la Orquesta Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia

La cancelación nos permitió volver a disfrutar del arte de Alexei Volodin. El pianista ruso ya había debutado hace cuatro años con la OSG y, como en aquella ocasión, nos ofreció su concepción de la música concertística de Rachmaninov. En la velada que nos ocupa se ofreció una lectura muy canónica e idiomática tanto por parte del solista como de la orquesta. Volodin desplegó un sonido evocador y resonante, pero en absoluto pesante. Al contrario, imprimió a su línea musical claridad y transparencia, lo que se tradujo en una concepción luminosa del Moderato inicial. Por desgracia tuvo que lidiar con una orquesta desatada en las dinámicas. Y es que la dirección de Kochanovsky, aunque muy lúcida en lo musical, fue insensible con los problemas de proyección que la sala genera para el solista. Algo ya habitual en los muchos directores invitados que pasan por el Palacio de la Ópera. Si bien es cierto que, tanto en conjunto, como en los elegíacos solos de trompa, la orquesta estuvo formidable, creando un entramado sonoro de una belleza irresistible. En el Adagio sostenuto fueron las maderas las que se integraron a la perfección con la sensualidad que Volodin generaba desde el teclado. Ésta se transmutó en la máxima energía en el clímax y en un derroche de virtuosismo en una agilísima cadencia extendida. En el Allegro scherzando, Volodin se mostró incisivo al máximo. Contrastó enormemente con la contención en la exposición orquestal del romántico segundo tema. Su entrada en el tormentoso desarrollo fue abrumadora por la precisión y sonoridad de su digitación. Toda una lección de pianismo que se vió reforzada por dos propinas de lujo: un vertiginoso Impromptu núm. 1 de Chopin y un sinfónico op.23 núm. 4 de Rachmaninov.

En la segunda parte, la Sinfónica nos volvía a introducir en el mundo de la ópera sinfónica, motto recurrente a lo largo de la temporada y del cual ya hemos tenido los exitosos ejemplos de Strauss y Shostakovich. El esperado Mathis der Maler estuvo a la altura de las expectativas. Kochanovsky dirigió con convicción y precisión, desplegando numerosas y continuas entradas, tan necesarias en una obra de una orquestación tan rica y polifónica. La Sinfónica estuvo inspirada y brillante en todas sus secciones. En el Concierto de Ángeles la majestad divina cobró vida en unos metales poderosos y seguros en todo momento. Es de destacar, muy especialmente en esta obra, como los numerosos refuerzos jóvenes con los que la sección tiene que nutrirse cada semana ponen en valor la excelente cantera musical que ha surgido de la Orquesta Joven.

Kochanovsky, con su gesto amplio y armonioso, obtuvo de la orquesta un sonido vívido, riquísimo en entonación y con una gran flexibilidad rítmica. En el breve Entierro, las cuerdas en sordina, apoyadas en la atemporal flauta, casi solista, crearon una atmósfera inefable, nada rutinaria. A pesar del carácter desolador de esta música, toda su magia cobró vida a la perfección. Finalmente, en las abrumadoras Tentaciones de San Antonio la entrada de las cuerdas llenó el escenario con una escalofriante cortina rasgada. Sucedida por impactantes crescendos y estallidos de fortissimos de los metales, la llegada de la cromática sección lenta central devolvió el protagonismo a unas cuerdas que sonaron como un solo instrumento. El vértigo de la sección fugada y la grandiosa culminación del Alleluia pusieron el punto final a una segunda parte, tan breve como intensa; para recordar mucho tiempo.

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