Tras tres intensos conciertos, mayoritariamente centrados en la música del siglo XX, la programación de la Orquesta Sinfónica de Galicia vivió un interesante cambio de rumbo hacia la ópera dieciochesca con el Orfeo ed Euridice de Gluck, en la cual se concitaron tres elementos fundamentales. Por una parte, tres cantantes que aportaron una espléndida mezcla de veteranía, juventud y talento. Por otra, el Coro de la Sinfónica, en la que era su primera intervención en la temporada y finalmente la dirección de Carlos Mena quien, tras su visita esta temporada con el sinfonismo romántico, retornaba con una de sus especialidades.

El protagonismo principal de la obra recayó lógicamente en Orfeo, encarnado por la referencial contralto Sara Mingardouna de las voces más significadas en el repertorio clásico y barroco de las últimas décadas. A sus sesenta años, su cautivador y evocador registro grave conserva todo su encanto; un color de voz ideal para una ópera recorrida de principio a fin por una tristeza que atraviesa los corazones de los oyentes. En ese sentido, es relevante citar que sorprendió la ausencia de proyección de los subtítulos, más aún cuando el texto impreso no se correspondía con la versión interpretada por Mena; la de Viena de 1762 con pequeñas modificaciones.

Carlos Mena, solistas, Coro y Orquesta Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia
Mingardo tuvo que lidiar con la acústica del auditorio, poco generosa con los cantantes, y en ocasiones con dinámicas excesivas en la orquesta, pero deslumbró de principio a fin, tanto en los recitativos como en las arias. Sus plegarias ante las Furias, acompañada por la hermosísima arpa de Celine Landelle y las impolutas trompas de la OSG, tuvieron el máximo impacto y dramatismo. Sus números más esperados fueron exquisitos, con un "Che puro ciel" del acto I destilando lirismo por todos los poros. Conmovedora fue su plegaria del "Mille pene" del acto II, mientras que el "Che farò senza Euridice?", menos lírico de lo habitual, se caracterizó por una sabia mezcla de angustia, drama e introversión. Fue cantado a un tiempo más vivo de lo habitual, en el que la propia cantante se encontraba más cómoda, sin duda.

Como Euridice, Jone Martínez (ya habitual en las visitas de Mena) volvió a deleitar al público. Su aparición en el acto tercero, plena de frescura y presencia vocal representó un maravilloso contraste. Su gran momento, el recitativo "Qual vita e questa" emocionó por su enorme expresividad, conseguida sin alardes ni enfatizaciones, con un gusto exquisito. Gozó de un empático acompañamiento que caracterizó perfectamente su desaliento. No menos inspirada resultó la subsiguiente aria de bravura, el poderoso "Che fiero momento", en el que Martínez, soberbia, proyectó su voz con carácter y musicalidad sobre la intensa escritura para las cuerdas y oboe. Poniéndose exigentes, únicamente hubo una merma en su timbre con la llegada del comprometido agudo. El Amor de Berit Nordbakken fue un complemento ideal. Destacó su brillante "Gli sguardi trattieni" en el que exhibió un sonido muy amplio y un timbre limpio y cristalino.

El Coro de la OSG estuvo dirigido por el asistente, Javier Fajardo, quien curiosamente ya contaba con un antecedente en la visita de Mena la pasada temporada. Sin duda, pesó el bagaje de su experiencia reciente en el Orfeo de la Real Filharmonía de Galicia. A pesar de seguir sufriendo la limitación de las mascarillas, el coro aprovechó al máximo las numerosas oportunidades protagonistas que esta ópera le brinda. En la escena de las furias, aunque sorprendió el carácter sincopado que Mena le confirió, los coristas impactaron por su carácter y afinación; pero también entusiasmaron en el registro más sereno del "Torna, o bella, al tuo consorte" el cual fue un puro deleite.

Mena mostró lucidez y seguridad en todo momento, dando vida a una incisiva obertura, en la que realzó sutilmente su elegante tema central, anticipo del Torna, o bella. Igualmente, el Larghetto del primer acto fue muy bien moldeado. Optó por no hacer varios números orquestales: un breve episodio del acto I y los ballets de la escena final de la obra. Los tiempos fueron vivos, pero hubo en algunos momentos cierta contención expresiva, no muy afortunada, muy especialmente el "Misero giovane" y el "Ah qual incognito", incluso con deslices en los metales en el primero de ambos. Compensó con un apropiadamente tormentoso cierre del acto I y una pletórica escena triunfal final.

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