La violinista moldava Patricia Kopatchinskaja regresaba al Palacio de la Ópera para interpretar el infrecuente Concierto para violín en re menor de Robert Schumann. Una obra tan ajena al canon concertístico romántico que no causa ninguna sorpresa el que incluso los más allegados al compositor –Clara Schumann, Johannes Brahms y Joseph Joachim– la hubiesen relegado a un injusto olvido. El concierto ha encontrado en Kopatchinskaja una inmejorable abogada, siempre dispuesta a reivindicarlo dentro y fuera del escenario. Su interpretación bajo la dirección del titular Dima Slobodeniouk ofreció argumentos más que sobrados para justificar la recuperación de la obra.

Patricia Kopatchinskaja © Marco Borggreve
Patricia Kopatchinskaja
© Marco Borggreve
Ligeras secuelas de la reciente tendinitis que le obligó a suspender temporalmente su intensa agenda de conciertos no fueron óbice para que la solista estuviese a la altura de las exigencias sonoras, técnicas y sobre todo interpretativas que la partitura conlleva. En este último aspecto fue un importante plus el preciosista sonido de su violín Pressenda, muy especialmente en el registro grave. Dado el carácter sinfónico del primer movimiento –incluso carece de cadencia solista– fue especialmente decisivo el lúcido acompañamiento de Slobodeniouk y la Sinfónica de Galicia, quienes imprimieron a este poderoso movimiento un carácter vigoroso, pero a la vez majestuoso y heroico. Frente a él, la rapsódica y decidida voz de la solista se hizo oír por derecho propio. Igualmente se alcanzó una perfecta fusión entre solista y orquesta en los poderosos ritmos del efusivo Lebhaft final.

Pero el momento mágico de la interpretación fue el personalísimo Langsam central. Un fugaz y elusivo lamento del violín, modernista incluso para los oídos actuales. Es difícil imaginar una interpretación más desoladora que la de Kopatchinskaja, quien ve en este movimiento la expresión de "un alma perdida en la desesperación"; la que debió sentir el compositor ante su angustioso declive físico y mental. La interpretación fue extremadamente introspectiva, un sutilísimo pianissimo al límite de lo audible en el que el violín, más que una melodía, traza un conmovedor anhelo.

El compositor Jonathan Harvey (1939-2012) © www.jonathanharveycomposer.com
El compositor Jonathan Harvey (1939-2012)
© www.jonathanharveycomposer.com
Fue inevitable y oportuno establecer una conexión espiritual directa entre este Langsam y la obra ¡ciento cincuenta años posterior! que abrió el programa: Tranquil Abiding de Harvey. Música contemplativa y minimalista en su reducido número de instrumentistas, en la parquedad de las células temáticas que la conforman y en su tímbrica y dinámica –únicamente se producen dos contenidos clímax a lo largo de sus quince minutos de duración– y sin embargo, Harvey la imbuye de un carácter sinfónico de una grandeza casi bruckneriana. Fueron especialmente intensos los pasajes en los que los metales –habitualmente en sordina–, la percusión o el fagot –muy especialmente en la conclusión de la obra– recrearon a la perfección ese rasgo paradigmático de Harvey: convertir a la orquesta en una impactante expresión de la voz humana. Slobodeniouk y la OSG entendieron estos aspectos a la perfección dando vida a una interpretación sobrecogedora en todos los sentidos.

Para cerrar el programa –uno de los más originales y coherentes que he escuchado en muchos años– la Tercera sinfonía de Brahms estableció una evidente conexión con el concierto de Schumann. Era un gran aliciente ver a Slobodeniouk abordar por vez primera ante su público una sacrosanta partitura sinfónica brahmsiana. El resultado fue absolutamente convincente. Fue el suyo un Brahms conciso y rotundo, exento de la más mínima retórica, hasta el punto de que sorprendieron sus transiciones, en ocasiones inusualmente abruptas. Y sin embargo fue una Tercera que funcionó a la perfección gracias a alcanzar un magnífico equilibrio entre el rigor formal y el anhelo romántico que recorre la partitura; un anhelo, el brahmsiano, bien distinto al psíquico de Schumann o al espiritual de Harvey, pero no por ello menos real.