Un amplio programa, centrado exclusivamente en la música finlandesa, ha culminado la interpretación íntegra de las sinfonías de Jean Sibelius llevada a cabo por la Sinfónica de Galicia en el contexto de las celebraciones del sesquicentenario del compositor. Un loable proyecto que ha sido planteado siguiendo el orden cronológico y para el cual se ha contado con un variado plantel de directores entre los que se incluyeron Víctor Pablo Pérez, Osmo Vänskä y por supuesto el titular de la OSG y finlandés de adopción, Dima Slobodeniouk.

Un aliciente adicional de la velada lo constituyó el estreno español del Segundo concierto para violonchelo de Magnus Lindberg. Su interpretación estuvo demarcada por uno de los poemas sinfónicos menos conocidos de Sibelius, Las Oceánidas, y por sus sinfonías Sexta y Séptima, ambas interpretadas sin solución de continuidad.

La OSG junto a su director titular Dima Slobodeniouk © OSG
La OSG junto a su director titular Dima Slobodeniouk
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Con apenas dos años de vida, el concierto de Linberg llegaba a España de la mano del chelista Anssi Karttunen, principal paladín de la obra desde que la estrenase al lado de Esa-Pekka Salonen, en Los Ángeles. A pesar del eclecticismo que en los últimos tiempos ha teñido la producción de Lindberg, no se trata de una partitura en absoluto accesible. Son veinte minutos de angustiosa escritura sinfónica, construida en forma de variaciones continuas equiparables a una passacaglia. Karttunen estuvo deslumbrante en su difícil misión de afirmar la singularidad del solista frente al abigarrado entramado orquestal. Aunque este no es especialmente amplio –de hecho la partitura carece de percusión–, la orquesta da vida a un exuberante tapiz, rebosante de dinámicas y tímbricas extremas. Fue ejemplar el dinamismo y el rigor que desplegaron los músicos, demostrando una vez más una especial receptividad y sensibilidad hacia las creaciones contemporáneas.

Es de reseñar la recreación de Karttunen de la cadencia central: un monstruoso despliegue de glissandi, dobles cuerdas, tremolos en todos los registros, etc., a los que confirió una lacerante energía. La armoniosa resolución protagonizada por el hermoso diálogo entre el fagot y el chelo puso el punto y final a una estimulante obra. Karttunen respondió a la empatía del público con una breve propina en la que lució un todavía más amplio repertorio de procedimientos extendidos. En concreto, se trataba de una improvisación sobre el nombre de su amigo y colega, el compositor finlandés Jouini Kaipainen, seriamente enfermo en ese momento y desgraciadamente fallecido dos días después. Descanse en paz.

La fiesta Sibelius se abrió con Las Odeánidas, una de las obras más impresionistas de su autor. Frente a enfoques más grandilocuentes, Slobodeniouk prefirió que primase el carácter evocador de la partitura, desplegando un fraseo sereno y sensual. Incluso el tormentoso clímax llegó, y se alejó, de una forma majestuosa, sobrecogedora. Fue decisiva la lúcida aportación orquestal en todas las secciones de la orquesta; un perfecto reflejo de la especial afinidad que la Sinfónica ha desarrollado hacia la música de Sibelius. En la segunda parte, la Sexta y Séptima sinfonía fueron igualmente, excelente prueba de lo mismo, destacando unas delicadas maderas, sutiles metales y muy especialmente, una cuerda proverbial, con una sonoridad y una tímbrica siempre impecable, en ocasiones auténticamente de vértigo, como por ejemplo en el coral que antecede al primer clímax de la Séptima.

Hubo coherencia en la concepción de Slobodeniouk de las dos obras: máxima claridad, una cierta austeridad y contención –incluso algo mayor en la Séptima–, y una patente fidelidad a la letra de la partitura, evitando desde el pódium cualquier concesión a la galería en forma de énfasis excesivos, por muy propensas que estas obras sean a los mismos –entre ellos se incluye por supuesto la habitual fermata en el acorde final, ausente en su interpretación.

Éxito incontestable que, de forma atípica, arrancó de Slobodeniouk una obra fuera de programa: una punzante y contrastada interpretación del Vals triste del propio Sibelius.

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