La temporada de la Sinfónica de Galicia encaró uno de sus momentos más esperados con el debut en La Coruña de la joven pianista de la Puglia, Beatrice Rana. Desde que en 2013 consiguiera la Medalla de plata y el premio del público en el concurso Van Cliburn se ha convertido en uno de los pianistas jóvenes que más interés ha despertado entre público y crítica. En el pódium la acompañó el holandés Otto Tausk, ya habitual en la temporada de la OSG y recientemente nombrado director principal de la Sinfónica de Vancouver.

La pianista Beatrice Rana © Marie Staggat
La pianista Beatrice Rana
© Marie Staggat

Beatrice Rana se presentó con el Tercer concierto de Prokofiev; obra del gran repertorio que han llevado al Palacio de la Ópera solistas como Michel Béroff, Yuja Wang, Alexander Toradze o Simon Trpčeski. Rana ofreció una interpretación fascinante por la forma en que supo adaptarse a los diversos registros que caracterizan a esta genial partitura. Tanto en los pasajes más líricos u oníricos -como es el caso de las variaciones tercera y cuarta del segundo movimiento o la “rachmanoniviana” sección central del final-, así como en las secciones más dramáticas o percutivas que adornan las cadencias y las codas de los tres movimientos, Rana deslumbró por una elegante combinación de refinamiento y de abrumadora técnica. Su agilidad le permitió abordar los pasajes más vertiginosos con una velocidad ¡y una limpieza! endiabladas. A ella se sumaron unos graves potentes y resonantes y unos brillantes agudos.

Sorprende la naturalidad que en todo momento transmite esta pianista. Sin duda, este hecho se traduce en una interpretación en la que lo musical está a la misma altura que el puro virtuosismo. Únicamente en la exposición del tema del primer movimiento resultó atípica la velocidad extrema a la que fue planteado. Prokofiev reutiliza el mismo material al final del movimiento pero pidiendo un tiempo incluso más vivo que en la introducción. Por imposible que pareciese Rana satisfizo la exigencia de la partitura con una electrizante conclusión. El caleidoscópico diálogo con la orquesta fue no menos intenso, sin duda gracias a la vehemente dirección de Tausk, que arrastró a todas las secciones de la orquesta. Fue un intercambio de igual a igual con la solista.

En el Tema y variaciones planteado por la orquesta de forma sutilísima, Rana acentuó el lado enigmático de esta música. En el imposible cruce de manos del Tempetuoso, con los graves en la derecha y los agudos en la izquierda, la limpieza y la potencia del sonido de Rana no mermó en lo más mínimo. Resultó fascinante la cuarta variación en la que Prokofiev pide un sonido freddo que Rana recreó de forma literalmente gélida. Si el poder de la música radica en su capacidad de crear estados de ánimo, qué mejor ejemplo que el brutal contraste con la siguiente variación. Una trepidante explosión en la que, una vez más, Tausk halló un equilibrio perfecto entre la solista y la orquesta. Como es previsible, el Allegro ma non troppo supuso una cristalización prodigiosa de todos los aspectos citados. Rana se desenvolvió con una facilidad pasmosa ante los retos casi imposibles que Prokofiev plantea: cruces de manos vertiginosos, glissandos imposibles con clusters de notas dobladas, etc. Sin duda habrá mucho para mirar y admirar cuando la orquesta suba a su canal de Youtube la interpretación.

La música de Prokofiev estuvo demarcada por dos grandes del repertorio francés. El aprendiz de brujo de Paul Dukas supuso un brillante inicio. Acostumbrados a ver esta música más en la televisión que a escucharla en concierto, lo cierto es que en vivo su impacto se multiplica. Fue una soberbia interpretación con un continuo derroche de ironía y mordacidad por parte de los músicos de la OSG. El despliegue de energía en los crescendos y clímax fue sobrecogedor. Merecen una mención especial los fagotes de la orquesta, que hicieron las delicias del público en sus divertidas intervenciones solistas.

La segunda parte nos trasladó al paradigma del impresionismo: La Mer, de Debussy. Tausk mostró idéntica capacidad para sacar lo mejor de la partitura; dejando que las notas hablasen por sí mismas, pero, al mismo tiempo, sin imponer ningún tipo de inhibición o cortapisa. Algún desliz puntual deslució el amanecer del primero de los tres bocetos sinfónicos, pero en seguida se impuso la fluidez del fraseo orquestal y la lucidez de unas brillantes intervenciones solistas. Todo condujo a la esperada aparición de la luz del mediodía. Un momento de plenitud que, sin embargo, no sonó del todo convincente. El scherzante segundo boceto, "Jeux de vagues", resultó magistral, una vez más gracias a la sutileza del fraseo orquestal. Fue una auténtica exhibición de los músicos, quienes se desenvolvieron en los continuos retardandi y accelerandi y en los cambios de dinámica con una ductilidad asombrosa. En un contrastado "Dialogue du vent et de la mer", Tausk fue más activo, impregnando al boceto de una acentuada languidez, muy alejada del carácter heroico que otros directores enfatizan. Esta sólo fue resuelta en el tumultueux final. Una brillante conclusión a una segunda parte tan breve como intensa.

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