Recientemente nombrado Director Asociado de la Orquesta Sinfónica de Galicia, José Trigueros adelantó su participación prevista en la temporada de la orquesta debido a la baja de última hora del insigne Vladimir Fedoseyev. La preparación de un intenso y exigente programa ruso-soviético con tan poco tiempo supondría a priori un reto casi heroico, pero Trigueros se enfrentó a él con solvencia y seguridad. El joven director acumula un ya importante bagaje en todo tipo de escenarios, orquestas y repertorios. Además, cuenta con el beneficio adicional de la que ha sido muchos años su privilegiada ubicación en la orquesta como hombre de los timbales.

Varvara Nepomnyashchaya durante el ensayo con la OSG © Orquesta Sinfónica de Galicia
Varvara Nepomnyashchaya durante el ensayo con la OSG
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Sin embargo, la primera parte del concierto conformada por el formidable Concierto núm. 2 de Prokofiev resultó decepcionante. La pianista rusa Varvara Nepomnyashchaya había dejado una muy buena impresión en su reciente interpretación mozartiana con la OSG. Sin embargo, de la belleza atemporal de Mozart al colosal mundo sonoro de este Segundo concierto –denominado el “Everest” de la escritura pianista de Prokofiev– hay una distancia abismal que sólo unos pocos pianistas osan cruzar. Es música demoníaca que requiere un pianista con cualidades casi sobrehumanas. No sólo es necesario el máximo virtuosismo, sino también un sonido de gran cuerpo y proyección y una gran versatilidad en todos los registros. Al fin y al cabo, se trata de transmitir desde el teclado todo el impacto dramático de una de las grandes tragedias musicales del siglo XX. Ya desde el Andantino inicial, Varvara, que se enfrentaba por vez primera a la obra en un escenario, exhibió un fraseo limpio y fluido, pero inusitadamente leve e introvertido para esta partitura. Algo tan indefinido como es el carácter narrante que pide el propio compositor estuvo totalmente ausente de principio a fin. Ciertamente, no es fácil ir más allá de las dificultades técnicas para llegar a transmitir a mayores dicho carácter. Pero si algo se espera de un narrador es precisamente eso, transmitir con la máxima implicación emocional, manteniendo la atención del oyente, insinuando toda la mordacidad que las notas esconden. Es algo que en este caballo de batalla concertístico sólo grandes nombres del piano como Yakov Zak en el pasado o Evgeny Kissin en la actualidad han conseguido.

José Antonio Trigueros durante el ensayo al frente de la OSG © Orquesta Sinfónica de Galicia
José Antonio Trigueros durante el ensayo al frente de la OSG
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Aunque la turbulenta e inquietante transición orquestal que sucede a la introducción aportó la necesaria intensidad, esta se vio nuevamente atemperada en el Allegretto en el cual la solista atacó sus disonancias, grotescos ornamentos y saltos de vértigo con precisión y claridad, pero sin un ápice de carácter. A este desconcierto se unió la indiferencia de la solista hacia el pódium. Esta mínima comunicación hizo que Trigueros tuviera que limitarse a domar la partitura para evitar una sobreexpresión que estaba fuera de lugar. La dilatada y grandiosa cadencia que domina la segunda parte del movimiento fue simplemente rutinaria. El breve Scherzo, Vivace a veces se toca sin descanso. No fue el caso. El unísono de cientos y cientos de semicorcheas fue realizado correctamente, sin el más mínimo paroxismo. El Intermezzo: Allegro moderato fue el más afortunado de los cuatro movimientos, tal vez por el mayor peso de la orquesta, que de la mano de Trigueros recreó la atmósfera inquietante que recorre el movimiento. El amplio Allegro tempestoso, se abre de forma explosiva a base de escalas incompletas del solista, pero Varvara únicamente resultó convincente en el segundo tema, una bella melodía eslava. Fue un momento de lucidez efímero. La desoladora cadencia adoleció de los mismos defectos comentados.

La falta de sintonía entre solista y director se transformó en la segunda parte en una comunión perfecta entre Trigueros y los músicos de la orquesta. Fue una extraordinaria interpretación de la Sinfonía núm. 10 de Shostakovich, una obra que la orquesta conoce bien, pues la han hecho en numerosas ocasiones, la última hace dos temporadas con Mijail Nesterowicz. Trigueros optó acertadamente por una concepción más rica y variopinta en matices, en la que por encima de la tragedia siempre quedó un resquicio de felicidad, o al menos de esperanza de la misma, tal como sucede en la aparición del tema de Elmira en el Allegretto y por supuesto en el enfoque humorístico que inyectó al final de la obra. Técnicamente fue una lectura consistente de principio a fin, con una gran OSG, únicamente algo nerviosa en el inicio del Moderato, pero poco a poco esta se fue cohesionando y dando vida a una lectura intensa, plena de fuerza. Una cuerda perfectamente empastada, maderas valientes, incisivas y unos metales abrumadores en todo tipo de registros, destacaron muy especialmente en el brutal Allegro. Una magnífica caracterización de una tragedia soviética en las manos de un director que no para de crecer a pasos agigantados.

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