A pesar de las ya sempiternas restricciones económicas y de los condicionantes derivados de la “situación sanitaria” la programación lírica de La Coruña ha lanzado una nueva temporada llena de grandes alicientes. Entre ellos el I puritani inaugural en versión de concierto al cual no nos fue dada la posibilidad de asistir y muy especialmente al gran plato fuerte que ha constituido la presentación al público coruñés de una de las sopranos indiscutible estrella del momento, la noruega Lise Davidsen. Ésta estuvo más que sobradamente a la altura de las expectativas, ofreciendo un completo recital con una doble vertiente bien diferenciada entre los roles verdianos y germánicos, el cual constituyó un magnífico muestrario de su inmenso potencial vocal.

Lise Davidsen
© James Hole

Su entrada en "Tu che le vanità" del Don Carlo, una de las más grandes arias verdianas, fue abrumadora por su potencia, pero más relevante aún, por todo su fraseo del monólogo, de una musicalidad y teatralidad exquisita. Su crescendo sobre "… i boschi, i fior," nacido de la nada, fue absolutamente desgarrador. El Ave Maria de Otello permitió disfrutar de su excelente registro grave, profundo y riquísimo en matices, como demostró el milagroso ascenso arpegiado tras el pianissimo inicial. Y para completar el monográfico Verdi, "Pace, pace, mio Dio" de La forza del destino fue una exhibición de un legato perfecto, un magnífico control de la tesitura aguda y una implicación absoluta con un pasaje de tan honda emoción. Mostró, sin embargo, una cierta dificultad con la dicción.

La segunda parte se abrió a lo grande con otro de sus roles fetiche, Leonore del Fidelio, en concreto el "Abscheulicher! Wo eilst du hin?". Fue una versión luminosa, trascendente, tremendamente emotiva, que arrastró a la orquesta, de la que sería injusto no citar los magníficos solos de trompa y en la que destacó su glorioso crescendo en "Die Liebe, sie wird's erreichen". Vocalmente impecable, su "Es gibt ein Reich" de Ariadna auf Naxos no alcanzó sin embargo esas cotas emocionales; no es fácil a edad tan temprana haber interiorizado la caracterización psicológica de los multipolares roles straussianos. Su aproximación al Strauss liederístico en los populares Caecilie y Morgen, este último ofrecido como propina final, fue mucho más agradecida. Finalmente, de su Wagner nos ofreció un redondo "Dich teure Halle" de Lohengrin -no es una sorpresa que este aria le diese el empujón definitivo para ganar el concurso de Operalia-, y como propina el "Du bist der Lenz" de La Valquiria en el que explotó al máximo la amplitud inmensa de su registro vocal, aunque se echó en falta la pasión desbordante que Sieglinde debe desplegar en su sublime dúo con Siegmund. Inevitable no pensar en Kirsten Flagstad y sus reticencias hacia los jóvenes cantantes abordando los roles wagnerianos.

Lise Davidsen
© James Hole

La participación orquestal de la Sinfónica de Galicia y la dirección de José Miguel Pérez Sierra se tradujo en una excelente empatía con la cantante, la cual fue decisiva para que en todos los números vocales Davidsen se encontrase cómoda y perfectamente arropada. En los interludios orquestales, se hizo patente, sin embargo, la dificultad que para la orquesta plantea el escenario del Colón. Ideal para que los músicos se escuchen entre sí como pocas veces sucede en su sala habitual del Palacio de la Ópera, es sin embargo problemática por su acústica seca y absorbente, que restó proyección y brillantez a los instrumentos situados en el fondo del escenario; muy especialmente a metales y percusión. No sucedió así con la cuerda, que sonó con la máxima calidez y presencia en el tema de los violonchelos en I vespri siciliani o en el Preludio del tercer acto de La traviata. Asimismo, fue llamativo el sonido de los violines en esta última pieza, con una transparencia inmaculada que realzó al máximo el empaste y afinación de esta excelente sección de la orquesta, o el sonido de toda la cuerda en su conjunto en una soberbia introducción orquestal al aria Don Carlo. Sin embargo, en el preludio de La forza del destino, y muy especialmente en la Leonora III, la naturaleza exultante y expansiva de la música quedó por desgracia minimizada por unas aplanadas dinámicas en los crescendi y unos metales borrosos. Pérez-Sierra, ya habitual en estas lides, dirigió con eficacia y precisión; sin embargo, en los momentos más dramáticos de los interludios se echó en falta una caracterización más intensa y vívida; si bien es cierto que no es fácil conferir un sentido a estas piezas, tan descontextualizadas de su sentido original.

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