El Festival de Verano de El Escorial repone su Don Carlo, una producción de cierto morbo: la dirige un catalán de pasado insolente y provocador, Albert Boadella, ahora reconvertido a españolista, y se ha descrito como una valiente contestación a la leyenda negra que desde hace siglos difama injustamente la gloriosa historia española. Miel para patriotas.

Como ya se vio el año pasado, la revisión ha consistido en corregir el libreto de la ópera de Verdi, que originalmente presenta al infante como un carismático héroe liberal enfrentado a su tiránico padre, introduciendo algunos elementos históricos de las crónicas de la época, como la deformidad y locura de Don Carlos, y presentando además a Felipe II como un monarca humanista. Nada que objetar si no fuera porque en el camino se pierde una historia vigorosa sobre la imposibilidad de cada uno de los personajes de alcanzar sus anhelos, y se trasforma en una fábula poco comprensible sobre un príncipe demente del que, por alguna extraña razón, todos están enamorados.

La ópera <i>Don Carlo</i>, de Verdi en el Teatro Auditorio de El Escorial
La ópera Don Carlo, de Verdi en el Teatro Auditorio de El Escorial

La acción se desarrolla sobre un decorado escaso -no confundir con minimalista- a modo de tablero de ajedrez, que cede el protagonismo a un magnífico vestuario, histórico y preciosista, inspirado en las pinturas de las Colecciones Reales. Sobre este fondo, Boadella ofrece una dirección de actores en algunas ocasiones correcta y desafortunada en otras. Don Carlos se lleva la peor parte con una tosca caracterización de jorobado cojo y lleno de tics, que en demasiados momentos roza lo risible. Tampoco ayudan los movimientos innecesarios de los secundarios ni el atrezo en los momentos de mayor gloria vocal de los protagonistas.

Si el pasado verano, en su estreno, fue la calidad vocal de sus artistas la que levantó la producción, en esta ocasión ha sido justamente lo contario. Verdi, seguramente más que ningún otro autor, requiere cantantes excelentes, algo alejado de la media vocal de este elenco. En el papel protagonista tenemos a Massimo Giordano, que realiza un digno trabajo como actor llegando a hacer creíble su personaje por momentos, -la interpretación original de José Bros se sumergía de continuo en lo grotesco. Pero la voz no acompaña, tiene un buen instrumento, potente y de bello color, pero le falla la técnica: la afinación se descontrola con frecuencia, el timbre se muestra aleatorio, la línea de canto se interrumpe de continuo y los ataques necesitan carrerilla. Frente a él, la Elisabetta de Ekaterina Metlova, que estuvo discreta, ligerísima, casi inexistente en los primeros actos y mejoró según avanzaba la velada. Presumió de capacidades dramáticas en su dúo con Éboli y finalmente desplegó sus medios vocales en su "Tu che le vanità", encantadoramente musical, bien proyectada y exhibiendo finalmente la belleza de su timbre de lírica. Se podría decir que le faltó cierta fuerza dramática que el papel requiere, pero lo compensó de sobra con sensibilidad y buen gusto. La Éboli de Nadia Krasteva resultó tener poco que ofrecer. Su fuerte es su timbre oscuro y una buena zona grave, pero no hay mucho más. La emisión es siempre corta, las agilidades atropelladas, y se echan en falta unos mayores medios vocales para mostrar el carácter fiero, o al menos enérgico, de esta temperamental princesa.

El otro acierto vocal de la noche fue el de nuestro barítono Juan Jesús Rodríguez. Giordano le importunó en el dúo, en el canto a la amistad, pero pudo resarcirse en sus momentos en solitario. Una interpretación siempre poderosa, sólida, en la que valientemente exhibió la nobleza de su voz, tan apropiada para el personaje. El momento de su muerte dio esa necesaria conjunción de drama y canto, que estuvo prácticamente ausente en el resto de la velada. Carlo Colombara como Felipe II desaprovechó su momento estelar, "Ella giammai m'amò", un lujo para cualquier bajo. No hubo apenas canto en su interpretación, pero logró funcionar en su enfrentamiento al Gran Inquisidor -un momento mucho menos musical- ayudado por la enorme teatralidad de Eric Halfvarson.

El coro funcionó adecuadamente actuando al completo, pero se vino abajo con la intervención de los bajos en solitario, temerosos, descoordinados y dolorosamente timoratos. La orquesta, en manos de Manuel Coves, se limitó a acompañar en un segundo plano desaprovechando los numerosos momentos de intensidad dramática que, en particular, esta partitura verdiana ofrece.

Se hablaba hace un año de la posibilidad de crear una nueva tradición representando Don Carlo cada año en El Escorial, de establecer un vínculo duradero entre la obra de Verdi y el lugar donde se desarrolla. Parece una idea atractiva que por desgracia, no va por buen camino. Para hacerlo necesitaríamos, como mínimo, repartos más cuidados y un mayor mimo en su programación.