Con la resaca Navideña aún en nuestras cabezas, arrancó el Festival de Música de Canarias. La London Philharmonic inauguró este año la 32º edición con dos sesiones, una primera acompañados por el tenor peruano Juan Diego Flórez y una segunda magnífica velada en la que asistimos al virtuosismo del pianista Matsuev.

Con un auditorio casi lleno (¿cuándo podremos prescindir del "casi" en conciertos como este?) subieron a escena los filarmónicos londinenses y dió comienzo el Concierto para piano núm. 3, de Rachmaninov. En el podio, el director colombiano Andrés Orozco-Estrada, que ya visitó Las Palmas hace un par de años para dirigir la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, dejando muy buen sabor de boca a la afición local. En el Allegro ma non tanto, el pianista ruso Denis Matsuev exhibió con soltura y aplomo su total dominio de la partitura y sus dotes de extremo virtuosismo, vehemente y apasionado, a la vez que delicado en los pasajes más líricos. La batuta de Orozco-Estrada desarrolló todo el melancólico melodismo de este movimiento envolviendo y dialogando con el piano siempre en plena sintonía con el solista.

Denis Matsuev
Denis Matsuev
El Intermezzo: adagio se expuso con exultante y pletórico lirismo y en el piano se mostró una pulsación enérgica y precisa, manteniendo un fluido diálogo con la masa orquestal. El enérgico y vitalista Finale: alla breve resultó apoteósico y embriagador, como ya se intuía. Sin embargo, el espectáculo pianístico no terminó aquí: Matsuev deleitó al auditorio con una minimalista y delicada melodía de caja de música, algo que resultó ser una estrategia para relajar al público, ya que el solista siberiano se sentó nuevamente al piano para tocar una improvisación jazzística donde desplegó un virtuosismo arrollador y con el que, literalmente, parecía "comerse" el piano, y tras lo que los aplausos ya se transformaron en griterío. Matsuev, definitivamente, demostró completar su calidad técnica con un dominio comunicativo, metiéndose a la audiencia en el bolsillo. Resulta fácil imaginar como Matsuev se convirtió en la sensación de la noche.

Todavía con el piano del virtuoso ruso sonando en nuestras cabezas, comenzó la única obra puramente sinfónica de la visita de la Filarmónica de Londres a Canarias: la Sinfonía "Titán" de Mahler, en la que Orozco-Estrada se lució con una dirección comunicativa y vital, siendo de esas batutas que parecen delimitar las melodías y tensiones con el cuerpo y los brazos. La agrupación londinense mostró una cuerda de un lirismo sensual y sedoso, así como metales y maderas en estado de gracia.

El director Andrés Orozco-Estrada © Werner Kmetitsch
El director Andrés Orozco-Estrada
© Werner Kmetitsch

Tras la impecable ejecución del bucólico Langsam, Orozco-Estrada expuso el segundo movimiento con un acusado sentido del ritmo, ágil como un ballet, en el que el espectador podría imaginarse las bailarinas con sus tutús al fondo del escenario. El tercero, Feierlich und gemessen, resultó profundamente sombrío, melancólico y fúnebre, con una destacada prestación de maderas y metales.

Pero es en el final, Stürmisch bewegt, donde Orozco-Estrada jugó todas sus cartas: aquí la orquesta deleitó con un sonido potente, pletórico en su expresión del sentido trágico de los pentagramas mahlerianos, pero siempre preciso y ordenado; la tensión dramática de los clímax está siempre bien delineada, evitando caer en el caos sonoro. Final apoteósico, con las ocho trompas tocando de pie para subrayar la victoriosa fanfarria final y cerrar a una velada de oro.

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