Máxima expectación en un abarrotado Palacio de Festivales para ver en acción a uno de los especialistas mahlerianos más reputados de la actualidad, el húngaro Iván Fischer, dirigiendo la colosal Tercera sinfonía de Mahler con su Orquesta del Festival de Budapest. A pesar de su relativamente breve trayectoria vital, la orquesta húngara, de la mano de Fischer, se ha convertido en una formación emblemática en el panorama musical europeo. En Santander exhibió unas convincentes señas de identidad. Se trata de una formación en la que se integran unas refinadísimas cuerdas y maderas con unos prodigiosos metales, muy especialmente en lo que respecta a trompetas y trombones. En sus continuas y decisivas intervenciones a lo largo de toda la sinfonía, ambas secciones deslumbraron por su poderío y afinación en todos los registros. Fue un auténtico recital de la afamada escuela húngara de metales que nutre los atriles de orquestas de primera fila, como es el caso de la Filarmónica de Berlín.

Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en el Festival Internacional de Santander © Javier Cotera
Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en el Festival Internacional de Santander
© Javier Cotera

Iván Fischer aprovechó a la perfección estos valiosos mimbres para dar vida a su particularísima visión de la Tercera mahleriana. Así, en Santander, el director húngaro ahondó al máximo en una concepción de la obra que lleva preconizando los últimos años –la más reciente que le he podido escuchar ha sido esta temporada al frente de la Filarmónica de Berlín. Es la de Fischer una Tercera preciosista y serena de principio a fin, que sorprende al oyente por la sinceridad y humildad con la que le da vida a la partitura. Fischer huye de cualquier exceso o artificio retórico, hasta el punto de que no hay en su Mahler el más mínimo efectismo o concesión gratuita a la galería. Es un Mahler para conocedores, muy exigente para el oyente, especialmente para los incondicionales de las convulsiones emocionales de un Bernstein o de las divagaciones psicoanalíticas de un Sinopoli.

Fue una Tercera auténticamente naturalista, en la que la cosmogonía de la obra cobró vida de forma pura y bella. En ese contexto, el gran acierto de Fischer fue el no caer en un rutinario hedonismo sonoro que inevitablemente cansaría al oyente. Al contrario, en todos los movimientos entreabrió de forma inquietante una puerta hacia otra realidad. Así, en el primer movimiento resultó ser un momento clave la realización del tercer solo de trombón. Estuvo interpretado de forma sobrecogedora por el principal Balázs Szakson y supuso un impactante contrapunto al idílico discurso previo. Igualmente, constituyeron otro centro de gravedad de la obra los dos solos de postillón, interpretados al posthorn de vávulas por Tóth Balázs. Solos de inquietante melancolía y levedad, como pocas veces se pueden escuchar en esta obra.

La mezzo Gerhild Romberger, la Orquesta del Festival de Budapest y el Orfeón Donostiarra © Javier Cotera
La mezzo Gerhild Romberger, la Orquesta del Festival de Budapest y el Orfeón Donostiarra
© Javier Cotera

Tras los movimientos previos, no constituyó ninguna sorpresa que el sublime Adagio final estuviese marcado por la contención y la sobriedad. Las convulsiones y las emociones que otros directores despliegan, hicieron su aparición de forma modesta. Fue el final de Fischer una progresión serena, minimalista en su expresión, en la que la tensión acumulada a lo largo de veinte minutos de música, sólo se desbordó en el coral del metal –brillantemente realizado– y en el gran clímax del movimiento. Tras este último, Fischer nos transportó definitivamente a la majestuosa serenidad de una afirmativa conclusión que, con su calderón final prolongando hasta la eternidad, poseyó un carácter casi hipnótico.

Sería injusto no citar en esta reseña la breve, pero decisiva intervención de las mujeres y niños del Orfeón Donostiarra en el Es sungen drei Engel, y de la mezzo Gerhild Romberger, quien demostró por qué en la actualidad se ha convertido en la cantante referencial de esta obra desplazando a ilustres colegas. Su timbre profundo y su impecable fraseo hicieron de su Ah Mensch otro gran momento de la noche. Se vio acompañada a la perfección por las trompas, impecables en su difícil cobertura armónica, y por unos sutilísimos glissandi del oboe.

En resumen, Iván Fischer venció y convenció con un Mahler auténtico, preciosista y sincero, pero no por ello menos impactante. El público respondió entusiasmado demostrando una vez más la lucidez de lo que hace un siglo, en el estreno de la obra en Ámsterdam, describió el compositor Alphons Diepenbrock a su mujer: "Esta música tiene el poder de cambiar a la gente, de producir una catarsis".

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