El concierto inaugural del 37 Festival Internacional de Música de Canarias, celebrado en el Auditorio de Tenerife, ha estado protagonizado por el director Gustavo Dudamel y la Orquesta del Encuentro, en un programa que incluyó obras para orquesta de cuerdas de Schönberg y Tchaikovsky. De reciente creación, este conjunto se compone de jóvenes músicos de varios países, entre ellos algunos canarios. Parecía una apuesta interesante, aunque arriesgada, confiar la inauguración del Festival a una orquesta de jóvenes, si bien se contaba con la garantía de tener en el podio a una de las estrellas de la dirección orquestal más rutilantes del momento, ayudado por un trabajo pedagógico importante, que realizaron miembros de algunas de las orquestas más destacadas del mundo. Así que, aparte del indudable interés social y pedagógico, el buen nivel musical estaba prácticamente garantizado. Lo que no esperábamos era encontrarnos con unas versiones sensacionales, de primera fila, en las que la orquesta poco o nada tenía que envidiar a formaciones más experimentadas, y en las que se consiguieron momentos de auténtica genialidad. Fue una apuesta ganadora.

Gustavo Dudamel dirige la orquesta fruto del Encuentro 2021 en el Auditorio de Tenerife
© Festival de Canarias

Verklärte Nacht (Noche transfigurada), op. 4 de Arnold Schönberg es una obra maravillosa, pero con enormes dificultades interpretativas: frecuentes cambios de compás, numerosas indicaciones de todo tipo, abundante polifonía, la necesidad de una narrativa que se basa en el dramático poema homónimo de Richard Dehmel… Es muy fácil que la interpretación naufrague en cualquier momento o que no consiga cautivar al oyente . Pues bien, la versión de Dudamel y su orquesta fue asombrosa, tanto desde las ideas interpretativas como desde la realización instrumental. Dudamel consiguió de la orquesta una infinita cantidad de matices y colores dentro de una gran flexibilidad expresiva y una concentración que hacían que el interés no se perdiera en ningún momento. Todas las secciones de la obra fueron caracterizadas de manera magistral: desde el misterioso comienzo, pasando por las partes más dramáticas, hasta llegar al remanso de la sección final; el control mostrado en los últimos compases fue increíble. Dudamel se mostró como maestro del fraseo, los recitativos, las transiciones y la organización musical. Magnífica respuesta de la orquesta, en sintonía total con la visión del director y con solistas de gran nivel. Fue una versión para el recuerdo.

Gustavo Dudamel
© Danny Clinch for LA Phil

Después de unas palabras de Dudamel al público, con su simpatía habitual, se procedió a la interpretación de la Serenata para cuerdas en do mayor, op. 48 de Piotr Ilich Tchaikovsky; otra obra emblemática en la que volvieron a brillar las virtudes del director y la orquesta. La danza, el canto, los ritmos… todos los aspectos fueron reflejados en, de nuevo, una versión de gran calado. Los solistas de la orquesta volvieron a destacar en una ejecución instrumental deslumbrante llena de emoción, contrastes y variedad. El primer movimiento (Pezzo in forma di sonatina) reflejó estados de ánimo, tales como el drama del inicio, así como otros momentos más humorísticos. El vals y la sección central del segundo movimiento (Valse) resultaron exquisitos. Impresionantes el canto y los matices suaves (esto último parece ser una especialidad de Dudamel) en el tercero (Élégie). Gran comienzo del Finale, para luego llevarnos a los vibrantes y danzables ritmos rusos con un gran control de la articulación y los clímax. Fue un versión redonda desde cualquier punto de vista, que dio fin a un concierto importantísimo y revelador que quedará como un gran momento dentro de la historia del Festival.

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