La Sinfónica de Galicia dirigida por Michail Jurowski abordó un atractivo programa conformado por dos amplias obras representativas de la evolución del lenguaje musical ruso en el primer tercio del siglo XX.

El director Michail Jurowski © Alexander Abramov
El director Michail Jurowski
© Alexander Abramov

La primera parte, con la participación solista del irlandés Barry Douglas, estuvo protagonizada por una de las partituras más emblemáticas del repertorio pianístico: el Concierto para piano y orquesta nº 3 en re menor de Rachmaninov. A pesar de su popularidad, un siglo después de su creación sigue planteando el mismo reto que el propio Rachmaninov apuntaba en el momento de su estreno: la dificultad de integrar el complejo acompañamiento orquestal con la exuberante parte solista. En esa dialéctica, Jurowski optó por ceder el protagonismo al solista hasta el punto de que éste no tuvo el más mínimo problema para hacerse oír por encima de la amplia plantilla orquestal en ningún momento. En esta interpretación pianocéntrica Barry Douglas mostró sus dotes de intérprete extremadamente virtuoso y musical, cualidades que en los tiempos del telón de acero le llevaron a conquistar el Premio Tchaikovsky de Moscú.

La interpretación del primer movimiento basculó en torno a su cadenza central. De las dos cadencias disponibles, Douglas interpretó la más habitual, la alternativa también conocida como ossia. Su febril despliegue pirotécnico se convirtió en la justificación de todo el discurso previo y posterior a la misma. En ese sentido, Jurowski acertó plenamente en la difícil misión de hacer que este abrumador pero prematuro clímax no agotase el discurso emocional del movimiento.

Estando exenta de los problemas de balance citados, la interpretación del segundo movimiento, el Intermezzo: Adagio, se erigió como el momento más sublime y logrado de la interpretación. Un arrebatado Douglas se aglutinó a la perfección con las exuberantes cuerdas y metales. Igualmente, el diálogo con las maderas solistas estuvo perfectamente fraseado por Jurowski, dando vida a idiomáticas intervenciones.

En el Alla breve final una vez más Douglas lideró la interpretación, con una vertiginosa y vigorosa intervención. La orquesta, contagiada de la fuerza de su pianismo, aportó ese dinamismo y flexibilidad que se había echado en falta en algunos momentos del primer movimiento. Douglas coronó su colosal lectura con el belicoso crescendo, el cual por cierto, tendió un sugerente puente con la Tercera Sinfonía de Prokofiev interpretada en la segunda parte. Este dio paso a su breve pero poderosa cadencia y a la triunfal y exultante coda en la que Jurowski sí extrajo de la orquesta la máxima energía y carácter. Merecidísimos bravos y vítores a los que Douglas respondió haciendo que el tiempo se detuviese en el Palacio de la Ópera coruñés con una sentidísima interpretación del Otoño del ciclo Las estaciones de Tchaikovsky

El contraste fue absoluto con la segunda parte, música igualmente rusa, compuesta apenas dos décadas más tarde, aunque con un conflicto bélico mundial por medio: la Tercera Sinfonía en do menor de Prokofiev. Jurowski dio una nueva muestra de su dominio de este repertorio sinfónico comandando una interpretación que triunfó en la casi imposible misión de hacer que la obra desmintiese su carácter programático. La brutal sucesión de escenas del Ángel de Fuego cobró vida propia, haciendo absolutamente secundario el argumento operístico subyacente.

Fue decisiva una gran Sinfónica de Galicia que dio vida con pasión y convicción -perfectamente canalizada por Jurowski- a un rango de emociones amplísimo, desde las más meditativas a las más brutales, por no decir terroríficas. El director moscovita imprimió un lucidísimo sentido rítmico a los excitantes sforzandi y glissandi de las cuerdas y a las punzantes intervenciones de las maderas y los metales, con sus continuos y extremos saltos dinámicos, desde los más sutiles pianissimos a los más disonantes fortissimos. Fue igualmente esencial la incisiva y mordaz sección de percusión. En resumen, Jurowski y la Sinfónica convirtieron la escucha de este peculiar “brainstorming" sinfónico en una experiencia sensorial inefable.

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