La Sinfónica de Galicia coronó su temporada de forma grandiosa de la mano de una de las grandes batutas de la actualidad: Christoph Eschenbach. A sus 76 años de edad, el director alemán evidenció una proverbial claridad de ideas y una milagrosa forma física. Hay numerosos ejemplos de directores longevos que se aproximan e incluso superan la octava década de su vida, pero difícilmente encontraremos alguno que pueda desplegar la abrumadora energía que éste puso en juego en una memorable interpretación donde además supo extraer de los músicos de la Sinfónica una fuerza y una inspiración fuera de lo normal, más allá incluso de lo que su propia capacidad natural les permitiría.

El director C. Eschenbach © Luca Piva
El director C. Eschenbach
© Luca Piva

El éxito de Eschenbach se cimentó igualmente en un balance perfecto entre dos aspectos aparentemente contrapuestos. Por una parte, máxima precisión y respeto a la partitura, y por otra, la necesaria flexibilidad interpretativa para poder ir más allá de las notas. Jugando con estos elementos, Eschenbach hizo partícipes a los músicos y al público de las intensas emociones que partituras como el Concierto de Schumann o la Quinta de Mahler vehiculan. Todo esto lo consiguió gracias a un trabajo minucioso en los ensayos y a una técnica directorial que recordó a la de su mentor Bernstein: muy enfática, reflejando en su rostro toda una gama de emociones y arrastrando a los músicos con una mirada hipnótica.

Su concepción del concierto de Schumann fue creada a la medida de su solista, el joven pianista alemán Christopher Park. La exposición del primer tema de la obra, reposada e intimista, fue un anticipo de una interpretación plena de musicalidad y sentimiento. Eschenbach controló rigurosamente las dinámicas orquestales para que éstas se adaptaran perfectamente a tan sutil lectura. En una recreación de carácter tan camerístico las maderas de la orquesta se sintieron especialmente cómodas. Así, los solos de clarinete y oboe emocionaron por su refinamiento y lirismo. En los pasajes más virtuosísticos de la obra, fundamentalmente en la cadencia del primer movimiento y en las vertiginosas octavas del Allegro vivace, Park mostró la máxima agilidad y claridad. Únicamente en momentos muy puntuales se echó en falta una dinámica más poderosa. En este aspecto es evidente que las amplias dimensiones del Palacio de la Ópera, tan adecuadas para la gran orquesta malheriana, restaron un ápice de brillantez a una interpretación referencial por su coherencia y carácter emocional. La propina fue tan atípica como atractiva: la interpretación conjunta con concertino y chelo del Andante molto tranquillo del Trío nº 1 de Mendelssohn.

Tras tan intimista primera parte, la Quinta Sinfonía de Mahler fue una auténtica catarsis musical. Esta se inició en una fanfarria decidida y enfática, perfectamente delineada por el principal John Aigi Hurn, quien estuvo soberbio en el particular concierto para trompeta y orquesta que constituye toda la primera parte de la obra. Eschenbach deslumbró por la flexibilidad que confirió a la marcha fúnebre, un tanto irreverente, rozando lo paródico. Fueron igualmente deslumbrantes los salvajes interludios. La energía que ponen en juego se disipa en un crucial lamento orquestal –klagend indica Mahler en la partitura- que en las manos de Eschenbach resultó impactante, muy dilatado e impecable en su ejecución. Su atención a los detalles de la partitura se demostró igualmente en el sutilísimo sforzando que cierra el primer movimiento, en el que no cayó en el habitual error de intensificar la dinámica. El segundo movimiento se movió por un patrón similar, aunque con un enfoque más expansivo y grandilocuente, que funcionó a la perfección. Todo el movimiento fue una exhibición de virtuosismo y poderío orquestal que culminó en ese gran Hohepunkt que es la anticipación del coral que cierra la obra.

El caleidoscópico Scherzo encontró en el trompa principal José Sogorb un solista ideal. Su ejecución, casi inmaculada, pasó a un segundo plano ante el portentoso sonido y color que extrajo de su instrumento. A él se unió una orquesta temperamental, con una percusión brillante, maderas incisivas y cuerdas plenas de vigor y musicalidad. La división de los violines a ambos lados del director, permitió disfrutar al máximo del continuo diálogo entre ambas secciones.

La última parte de la obra fue reveladora en su transición desde la máxima levedad del Adagietto a la irrefrenable vitalidad de un triunfal final. Eschenbach desmintió el hipotético carácter amoroso del movimiento lento, trasladándonos directamente al mundo interior del compositor. Fue especialmente emotivo el doble pianissimo súbito y el muy acentuado glissando de violines y violas que dio paso a un Molto Adagio de una pureza y sensibilidad inefable. El Final fue una doble lección de flexibilidad y virtuosismo, con incontables matices que enriquecieron el discurso hasta desembocar en una exultante coda en la que Eschenbach regaló al público un Pesante majestuoso, augusto, en el que los músicos lo dieron todo en cada acorde. Fue el mejor preludio imaginable a un explosivo accelerando final que fue recibido con una unánime apoteosis de aplausos y bravos. Un concierto que los músicos y el público de la Sinfónica recordarán largo tiempo.