Hay ocasiones en las que los aspectos extramusicales de un concierto están tan presentes en la sala como la propia música que configura el programa, por muy atractiva que ésta sea. Éste fue el caso del vigésimo programa de abono de la Sinfónica de Galicia. A nadie se le escapaba que este concierto precedía en una semana al debut de Juanjo Mena con la Filarmónica de Berlín, evento histórico no sólo para él mismo sino también para la pequeña memoria de la dirección orquestal española. No en vano hasta la fecha solo ocho directores españoles han gozado de ese privilegio.

El director de orquesta Juanjo Mena © Chris Christodolou
El director de orquesta Juanjo Mena
© Chris Christodolou

Para realzar aún más el morbo del evento, Mena dirigió a la OSG exactamente el mismo programa que conducirá en Berlín, incluso con idénticas solistas: la arpista Marie-Pierre Langlamet y la soprano Raquel Lojendio. Un programa muy bien ideado, conformado en sus extremos por Iberia de Debussy y El sombrero de tres picos de Falla; dos obras maestras plasmando en una partitura los aromas y colores de la España de su tiempo. Entre ambas, el Concierto para arpa de Ginastera supuso un afín contrapunto.

No son pocas las dificultades que Iberia plantea al director, pues se trata de una obra repleta de todo tipo de sutilezas tímbricas y abruptos cambios de ritmo y dinámicas. No en vano supuso para Debussy un arduo trabajo de orquestación, como así reflejan los numerosísimos bocetos existentes de la partitura. Mena las resolvió con acierto, muy especialmente en lo que respecta al manejo de las transiciones, confiriéndoles fluidez y naturalidad, logrando así que los numerosos episodios que conforman la partitura se sucediesen sin transmitir en ningún momento la apariencia de formar compartimentos estancos.

La orquesta respondió a su batuta a la perfección, transmitiendo seguridad, sutileza -refinadísima la percusión en sus continuas intervenciones- y carácter, como por ejemplo en los críticos solos de las maderas. En Por las calles y los caminos Mena optó por un tiempo relativamente vivo, y sin embargo, esto no impidió que brillase la fuerza lírica y evocadora de la música. Estuvo igualmente acertado dando vida a los aromas de Los perfumes de la noche, donde contó con la complicidad de unas cuerdas aterciopeladas, muy efusivas y sugerentes. Fue reveladora la forma en que Mena construyó la transición a La mañana de un día de fiesta, pasaje del que Debussy se sentía tan orgulloso. Este último número fue recreado con elegancia evitando cualquier concesión folklórica. Mena salió triunfante del que era el mayor reto de la noche.

Tras este brillante comienzo el protagonismo se trasladó a la solista del concierto de Ginastera, Marie-Pierre Langlamet, quien por cierto actuó en el resto del programa como segunda arpa. Langlamet, apoyada por la amplificación -muy aconsejable en una sala de las dimensiones del Palacio de la Ópera- deslumbró por su virtuosismo y por una riquísima paleta de colores tanto en los pasajes más líricos como en los más crispados. Esta se vio enriquecida con los procedimientos extendidos a los que recurre Ginastera: glissandos con las uñas o golpes con los nudillos en la caja de resonancia. Toda una clase magistral de las posibilidades del arpa como instrumento solista. En cuanto al acompañamiento de Mena, sorprendió que abordase los ritmos inexorables del Allegro giusto con un cierto estatismo. Esto le restó atavismo a la obra. Sin embargo, sí estuvo más acertado salvaguardando a la solista de una dinámica orquestal excesiva. En el expresionista, por no decir bartokiano, Molto moderato -virtualmente un soliloquio de la solista- Langlamet dio una clase de sensibilidad que se prolongó en la espectacular cadenza que abre el final. Mena se decantó por imprimir un carácter mucho más angular y crispado que en el primer movimiento, concluyendo la obra con fulgurantes escalas de la solista, las cuales se hicieron oír a la perfección en medio de las explosivas turbulencias de la percusión.

Todo hacía predecir que en la segunda parte disfrutaríamos de una gran interpretación de la versión completa de El sombrero de tres picos y ciertamente las expectativas se cumplieron de largo. No fue un “sombrero” más pues Mena, con la participación de Lojendio -puntual, pero relevante- y una entregada e inspirada OSG, consiguió que esta archi-programada obra no sólo sonase temperamental sino al mismo tiempo rabiosamente moderna. Mena caracterizó a la perfección el argumento de la obra haciendo que los solistas, muy especialmente las maderas, enfatizasen sus acentos, ataques, retardandos.... Las burlas de la molinera, los andares renqueantes del corregidor o el canto de los gitanos en el Sacromonte cobraron una vida inusitada gracias a la batuta de Mena, que como en la obra de Debussy demostró ser una prodigiosa paleta de colores. Todo nos hace presagiar que ésta le proporcionará un merecido éxito en la Philharmonie berlinesa.

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