Era la primera vez que Valery Gergiev y la Orquesta del Teatro Mariinsky hacían música en el Palacio de Carlos V. Sin embargo, la ocasión respondía a un legado tan añejo como egregio, a saber, la relación entre Rusia y Granada -y particularmente aquella protagonizada por Rimski-Korsakov y Glinka- que se ha venido fraguando desde 1910, primero auspiciada por Los conciertos en la Alhambra, y después, a partir de 1952, por el Festival Internacional. Por tanto, es extenso el registro de oportunidades que ha reunido a dicho repertorio con la ciudad andaluza, y la coyuntura que nos convoca obedecía no solo a ello, sino también a la preocupación por la exigente calidad que Pablo Heras-Casado se ha afanado en ofrecer a su público como máximo y flamante responsable de la presente edición: nada mejor, entonces, que el conjunto ruso con Gergiev al frente.

El ejercicio se inició con dos piezas que ya revelaban la idoneidad del escenario para el engarce comentado, centrando el foco en la vinculación folclórica que el Grupo de los Cinco trazó con las melodías de la Península Ibérica: inauguraron las oberturas españolas núm. 1 y núm. 2 de Glinka, «Jota aragonesa» y «Recuerdo de una noche de verano en Madrid». Pues bien, la Orquesta del Teatro Mariinsky demostró desde el comienzo el potencial de su plantilla, con una masa sonora que hizo brillar los vistosos motivos, elaborando las tensiones ascendentes y los pasajes de tutti, especialmente apabullantes. La cuerda destacó con particular brillantez, introduciendo la función melódica siempre con el impulso adecuado y permitiendo a toda la formación desplegar un caudal de decibelios que, sin embargo, no resultó excesivo ni estridente.

Gergiev al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky en el Palacio de Carlos V © José Albornoz
Gergiev al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky en el Palacio de Carlos V
© José Albornoz

La atmósfera no podía ser más propicia para la lectura del Capricho español, Op.34, de Rimski-Korsakov. Apreciamos en este punto una mayor expresión de Gergiev y sus músicos, merced, conviene señalarlo, a las innegables dotes korsakovianas para la orquestación, plasmadas en esta célebre página con reconocible coturno. La caja y el resto de percusión sumió al auditorio en una excitación festiva, que se hizo sentir más que en ningún otro número durante la «Alborada» iniciática y el «Fandango asturiano». Por lo demás, fueron dignos de encomio los pasajes solistas de violín, ejecutados por Olga Volkova -cuya figura, en calidad de concertino, fue protagonista durante toda la velada- con igual tensión y fuerza, sin desdoro de una gran actuación de archi, que evidenció el virtuosismo de sus efectivos. La madera, por su parte, aportó el contrapunto necesario, a la altura en los momentos de solo y empastada cuando intervenía en sección. El culmen dramático se logró al socaire de las notas que conforman la «Scena e canto gitano», donde los violines lideraron y el metal completó la redondez de la armonía con un timbre bruñido, acorde a la majestuosidad de sus líneas. Por último, articulando la ejecución del resultado total, es menester destacar la labor directriz de Gergiev, con un dominio del tempo asombroso -que nunca abusó de su poder ni se abandonó a velocidades extravagantes- y una cuidada intuición para el énfasis teatral del Capricho, aportando desde el detalle viveza y pujanza.

Tras el intermedio, llegó la exégesis más esperada de todo el programa: Scheherazade, la magnífica suite sinfónica que Rimski-Korsakov compuso bajo el estro de Las mil y una noches. Huelga decir que posiblemente no quepa un espacio más propicio para tal interpretación que el patio del Palacio de Carlos V -a pesar de la idiosincrasia acústica de tocar en abierto-, donde la brisa estival y el cielo estrellado eran un argumento más para perderse en el hechizo tejido durante la nocturnidad árabe. Semejante cuadro supuso la eclosión de todo el talento encerrado en las filas de la Mariinsky, que cautivó, sin exageración, en cada compás. El desempeño de la cuerda fue exuberante: un catálogo técnicamente impoluto de golpes de arco al unísono, el torrente sonoro del tutti, la arrobadora urdimbre melódica de chelos, el balance de dinámicas y la antológica exhibición -nuevamente, pero incluso en un grado más superlativo- de Olga Volkova, que podría justificar por sí misma la asistencia al concierto. Los solos de viento -mención especial para fagot- también denotaron un nivel sublime, así como las aportaciones de plato, timbal y metales. Gergiev elevó la música en una escalada de intensidad sonora, que culminó en el último movimiento, con una explosión catártica. Llamó poderosamente la atención la capacidad para mantener el pulso sorpresivo y emocional de una partitura que se encuentra grabada en el oído de todo melómano. Posiblemente en ello radique la mayor virtud ameritada por el maestro ruso y su excepcional orquesta: recrear, sin caer en la afectación simulada o la espectacularidad vacua, el hechizo de Scheherazade. Resultó imposible sustraerse al embrujo.