En el último de los "Viernes temáticos (repetidos en sábado)" que realiza la Fundación Juan March en esta temporada 2014/2015, fue el turno para los aires argentinos del "Tango popular-Tango erudito", según rezaba el título del concierto. Presentado por el eminente y veterano etnomusicólogo Ramón Pelinski, ofreció un amplio espectro desde las raíces del tango hasta su actual configuración más relacionada con la música pop. El trío formado por el bandoneonista y pianista peruano Claudio Constantini, la violinista finlandesa Suvi Myöhänen y el pianista valenciano Carles Marín convidó al público a un programa representado por un año metafórico de tangos, recorriendo las Cuatro estaciones porteñas de Astor Piazzolla desde la alegría del verano como primera pieza hasta la última de la velada, la lánguida pero temperamental Primavera porteña.

La violinista Suvi Myöhänen, el pianista Carles Marín y Claudio Constantini al bandoneón. © Fundación Juan March
La violinista Suvi Myöhänen, el pianista Carles Marín y Claudio Constantini al bandoneón.
© Fundación Juan March

Ya las primeras sonoridades nos trasladaron a ese ambiente de arrabales y La Pampa del que habló Pelinski y donde surgió el característico baile, y que a diferencia de los géneros con los que comparte origen, se bailaba "en un abrazo estrecho con un extraño". La heterogeneidad en las nacionalidades de los músicos se complementó perfectamente en las obras de Piazzolla, Ginastera y Guastavino; y no es de extrañar después de la andadura de la pareja Constantino y Myöhänen, que llevan largas temporadas de giras y conciertos, además de la recepción conjunta del premio Astor Piazzolla en 2005.

El músico peruano Claudio Constantini © Fundación Juan March
El músico peruano Claudio Constantini
© Fundación Juan March
La complicidad en la interpretación se palpaba claramente. Ella destacó en los solos de Milonga triste de Sebastián Piana y en Todo corazón de Julio de Caro; el derroche de técnica en los glissandi, los efectos percusivos del violín col legno brindaban versiones de obras clásicas con nuevos matices. Él –deslumbrando al público con su perfil polifacético– brilló más con el bandoneón en Otoño porteño y las versiones de los temas de Paulos, Francini y De Caro que con el piano en la Habanera de Ravel y las Tres romanzas argentinas de Guastavino, ambas para dos pianos. Algunos deslices técnicos de Constantino y una expresión no muy bien definida ensombrecieron estas obras cuyo acompañante, Marín, interpretó elegantemente. El pianista valenciano ofreció una sonoridad impecable durante toda la velada: en un segundo plano cuando hacía la función de acompañante –con la base rítmica y armónica–, y en nítido protagonismo durante los solos de las piezas de Guastavino, claramente basados en melodías populares. Los acordes finales de la Habanera que resonaron en el piano nos recordaron a los que Tchaikovsky introdujo en su "Danza árabe" de El Cascanueces.

Dicen del tango que es un baile –a diferencia de otros como el bolero, la cumbia o el merengue– que tiene carácter de discontinuidad y contempla la estética del silencio. Las miradas cara a cara confluyen y expresan más de lo que las palabras pueden. Y si algo faltó en este concierto fue ese elemento conciliador, el silencio entre una y otra pieza como descanso en una función que resultó algo larga. Quizá por ello, cuando llegó el bis Zamba argentina –obra del propio Constantini– no fue recibido con gran clamor. Sin embargo, aún sigue resonando en los oídos asistentes el bandoneón que tanto amaba Benedetti y "cuando dios o pichuco o quien sea toma entre sus manos la vida bandoneón y le sugiere que llore o regocije uno siente el tremendo decoro de ser tango y se deja cantar y ni se acuerda que allá espera el estuche."

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