No puede negársele la valentía a la nueva propuesta del Teatro de la Zazuela. En esta especie de huida hacia delante en la que se han convertido las temporadas de teatros y auditorios en pos de nuevas audiencias, el programa doble que se estrenaba incluía una comedia musical neoyorquina (Lady be Good!) y una opereta a ratos internacional y a ratos bien castiza (Luna de miel en El Cairo). Mezclar a Gershwin y a Francisco Alonso es una de esas decisiones que transitan a ambos lados de la fina línea que separa la genialidad de la tropelía.

Escena de la comedia musical <i>Lady, be Good!</i> © Teatro de la Zarzuela
Escena de la comedia musical Lady, be Good!
© Teatro de la Zarzuela

En realidad, no fue ni lo uno ni lo otro. Lady, be Good! es una comedia musical de los hermanos Gershwin que transmite mucho del genio que ya comenzaba a descollar, con canciones que hace tiempo que pasaron a formar parte del ancho paraguas de los standards y dirigido a un público dispuesto a olvidarse de las miserias cotidianas. Montar este tipo de comedias en España presenta no pocos problemas: para empezar, se ha de asumir un lenguaje (no hablo del inglés, sino del tipo de espectáculo) que aún no nos es propio. Aquí la obra se estrena noventa años más tarde que en Broadway, y la horma auditiva del público ineludiblemente incluye antes la grabación de The Man I Love de Billie Holiday y Lester Young del 39 que cualquier referente posterior sobre la escena, en ocasiones inexistente en nuestro país.

Por el lado más positivo, las coreografías de Nuria Castejón estuvieron trabajadas y bailadas con naturalidad, sin abusar de complejidad. La vis cómica funcionó a las mil maravillas: Jeni Bern o Sebastiá Peris hicieron reír con su lenguaje mímico y sus apartes escénicos. La ironía también estuvo presente de forma muy sana y sucinta, con muchos juegos de acentos usurpados (español/inglés/mejicano) que no hacían otra cosa que reírse de sí mismos, en una especie de remedo del gag de Julia Roberts en Ocean’s Thirteen donde se juega tan genialmente con la disolución de la cuarta pared. Musicalmente la obra es rica y los cantantes se prestaron a ella con el desenfado descarado y un punto gamberro típico de los crooners, beneficiados también por una de esas tramas inverosímiles sin mayores pretensiones.

El fallo de la producción estuvo en el volumen de las voces. No se entiende bien la decisión de no amplificar las voces en un espectáculo que no es el operístico y que nunca ha cifrado sus éxitos en base a las capacidades de proyección de sus cantantes. Salvo la excepción de Gurutze Beitia y Jeni Bern, ningún cantante pudo superar más que ocasionalmente el muro de sonido de la ORCAM, y cuando lo hizo fue a costa de sacrificar la naturalidad del estilo. La dirección de Kevin Farrell fue adecuada a las necesidades específicas, mucho más rítmica que matizada, aunque se ajustó poco a los problemas de volumen.

La segunda parte de la sesión programaba la opereta Luna de miel en El Cairo, de Francisco Alonso. Aquí el acierto fue completo. Buena parte de él se debe a lo fino del libro de José Muñoz Román, que tienta pero no enseña, que apunta pero no dispara. Mordaz, repleto de alusiones presentes o pasadas, la trama argumental es ingeniosa y casi formando un mise en abyme que no para de reflejarse a sí mismo. La música se beneficia de un intento de modernidad en la orquestación poco ortodoxa, con devaneos con el jazz, con el cabaret, con el mundo americano en general de los “felices veinte”. Así que al final la revista se convierte en una amalgama en la que Alonso demuestra un conocimiento sorprendente de los entresijos tímbricos de los ensembles modernos y madurez en el uso de los principios constructivos de la opereta. Este crisol instrumental es el mayor vínculo con el Gershwin de la primera parte que podríamos encontrar en el programa, y es sin duda suficiente lazo.

Número de la opereta <i>Luna de miel en El Cairo</i> © Teatro de la Zarzuela
Número de la opereta Luna de miel en El Cairo
© Teatro de la Zarzuela

El dúo protagonista funcionaba tanto a nivel vocal como en cuanto a la química necesaria en una historia de amor. Ruth Iniesta (Martha) tiene un timbre bello, con agudos que no se descontrolan y, en general, sin fisuras por toda la tesitura. Además lo complementa con un sentido teatral y dramático cuando no canta que hace verosímil el castillo en el aire más absurdo. Es una capacidad retórica que hace creer cada palabra que se cuenta. La réplica la daba David Menéndez (Eduardo), atesorando una voz profunda y una proyección envidiable, con fraseo siempre intencionado y buen gusto a la hora de los números de conjunto. Su dúo de amor del final del primer acto (“En la noche azul”) sirvió de ejemplo de cómo ha de cantarse un texto de forma sensible pero sin sensiblería. 

En el elenco de secundarios y sus capacidades cómicas radicaba el otro gran acierto de la obra. Mariola Cantarero como Myrna hizo reír a la sala a mandíbula batiente. Es un personaje agradecido, pero la visión llena de socarronería de la soprano multiplicó por diez su efecto. Su voz es muy paródica, vibrada, perfecta para su personaje, aunque algo escasa de volumen. Su pareja, Enrique Viana (Rufi), ya es veterano en estas lides y resolvió con suficiencia actoral. María José Suárez en el papel de Marisa la sastra cumplió con gracia. La ORCAM se defendió bien ante el reto instrumental y de empaste que suponía la escritura orquestal de Alonso. Al igual que en la primera parte, el impulso rítmico centró los esfuerzos de Kevin Farrell, sin muchos matices ni control de planos, pero llegando en tiempo y forma a los lugares donde había de llegar. El montaje de Sagi sigue su discurso habitual, sin mucha arista ni controversia, amable sin deslumbrar. El público que abarrotaba la sala aplaudió generosamente ambas partes y pareció salir del teatro con la misma sonrisa que quería cultivar Gershwin en sus comedias musicales de principios del siglo pasado. Experiencia general, pues, divertida y no del todo satisfactoria, aunque se agradece la valentía.

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