Qué mejor manera para concluir el año que acudir una vez más a una interpretación de la Novena sinfonía, la obra cumbre de la música misma. Y eso que no es de audición fácil. Hay que estar preparado para dejarse invadir por todas las emociones que propone Beethoven. Nos va a enfrentar con el destino, con el desconsuelo, con la furia, y sólo al final, tras una endemoniada lucha contra las fuerzas del mal, nos brindará la alegría, la fraternidad y el amor. Además, transmitir estos sentimientos eficazmente requiere una gran formación y un gran director. El entramado orquestal exige un alto dominio técnico, y el coro debe estar bien pertrechado para solventar las demandas de Beethoven. Vaya por delante que tanto la orquesta como el coro estuvieron a la altura de la sinfonía, y que el director Vladimir Kulenovic supo conducir ambas formaciones en una versión personal, pero al mismo tiempo convincente.

El director Vladimir Kulenovic © Paul Glickman, Steven Stone and Pilvax Studio Balazs Borocz
El director Vladimir Kulenovic
© Paul Glickman, Steven Stone and Pilvax Studio Balazs Borocz

Hay que señalar el enfoque sonoro de carácter seco que adoptó el director, porque esto permite al oyente descubrir las texturas instrumentales donde en otras ocasiones encuentra una gran masa de sonido. Esta ventaja se apreció en cuanto el murmullo de las cuerdas dio paso al primer tema, y se perpetuó durante el resto de la sinfonía, haciéndose particularmente valioso en los pasajes fugados del Scherzo. A Kulenovik hay que reconocerle otro mérito, el de ser un director preciso que sabe bien lo que quiere de su orquesta y de qué forma ha de pedírselo. Las entradas claramente marcadas, cada cambio de intensidad acompañado de una seña inequívoca, amplios gestos para las líneas cantabile, y movimientos cortos para los pasajes abruptos. En todos estos matices, el director fue absolutamente inteligible y también marcó con enorme precisión el fluir rítmico de la sinfonía.

Sin embargo, su elección de un pulso más bien vivo incomodó en algunos pasajes a la formación. En ocasiones, los músicos se mostraron incapaces de seguir el ímpetu del director y se percibieron desequilibrios en la afinación y en la precisión. No obstante, en conjunto, el enfoque resultó acertado para clarificar el carácter "maestoso" del primer tiempo y el "scherzando" del segundo. Se benefició particularmente de esta decisión el sentir expresivo de los largos fraseos del tercer tiempo. Pero no así el cuarto movimiento. Tras la magnífica intervención de los chelos y contrabajos en la presentación del tema universal de la alegría (destaquemos también la labor de las trompas, que estuvieron magistrales durante todo el concierto), no estuvieron cómodos el tenor y el bajo. Mezzo y soprano, en cambio, realizaron una labor impecable midiendo su intensidad para mantenerse en los límites del conjunto vocal, sin establecer ninguna jerarquía individual.

Por su parte, el coro cumplió adecuadamente con su difícil papel, ¡y eso no es poco! Es sabido que Beethoven propone en sus partituras unas enconadas luchas por dominar el instrumento e incluso por sobrepasar sus limitaciones. También le exige estos esfuerzos a la voz, y así, en la Novena, conduce al coro a registros casi inalcanzables y le obliga a sostener acordes modulantes en un tremendo fortísimo. Pese a que se notaron algunos fallos en la afinación, no le faltó al coro maestría suficiente para cumplir con las exigencias de Beethoven y para trasmitir ese mensaje de fraternidad y fe en la Humanidad que le es idiosincrásico a esta gran obra maestra.

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