Vivimos una época dorada de la música historicista o históricamente informada. Cada vez copan la escena intérpretes y agrupaciones especializados en imitar las técnicas de tocar de la época de las piezas que interpretan, consiguiendo así un sonido lo más fiel posible a la idea original del compositor. Toda una revolución del concepto de autenticidad que, quizás, en un futuro sea la clave para entender el capítulo que actualmente vivimos de la interpretación musical.

La pianista Varvara y el Cosmos Quartet en el Auditorio Nacional
© Cristina Asensio | La Filarmónica

No obstante, hay conciertos e intérpretes que se alejan de este concepto y uno de esos ejemplos es el de la pianista Varvara Nepomnyashchaya. Si bien no podemos decir nada en contra de hacer propias ciertas obras y darles una sonoridad que quizás se alejase de lo que podría haberse escuchado en vida del compositor, todo tiene un límite. Ni Handel, ni Haydn conocieron jamás un piano. Al menos no uno como los que conocemos actualmente ya que Haydn falleció en 1809, un año antes de que Broadwood fabricara el primer piano con seis octavas que sí llegaría a usar Beethoven. Hoy en día, por lo tanto, el instrumento plantea unas posibilidades muy diferentes de las que los antiguos compositores pudieran siquiera imaginar. De ahí que aunque personalmente no sean de mi gusto, no hablaré en contra de la incorporación de unas dinámicas impensables por Händel en su Chacona en sol mayor. Pero eso es una cuestión de adaptación al nuevo instrumento, algo muy diferente es dotar a la obra de un tempo inestable acompañado de exagerados rubatos que eliminen de la chacona cualquier tipo de sonoridad barroca, ahí sí que se traspasa el límite. Dejó de ser la Chacona de Handel para ser la Chacona de Varvara, lo que no estaría mal si así lo indicase en el programa, que no fue el caso.

Más sorprendente resulta este hecho cuando en la Sonata en sol mayor de Haydn sí pudimos escuchar un sonido más pequeño, más similar al que hubiera emitido un pianoforte de la época que el gran piano romántico que tocó Varvara en el Auditorio Nacional. Hubo también algún rubato demasiado exagerado y también alguna nota corrida en el Presto que emborronó el Allegro inocente que se destacó por la claridad. Continúa este viaje por la historia de la música con el Cuarteto núm. 1 en re menor de Juan Crisóstomo de Arriaga, una de las páginas más tristes de la historia de la música por la temprana muerte del genio con tan solo diecinueve años.

El Cosmos Quartet
© Cristina Asensio | La Filarmónica
Y es que viendo las hermosas melodías que fue capaz de imaginar la mente del bilbaíno con tan solo dieciséis años, ¿qué no hubiera sido capaz de hacer con algo más de madurez? El Cosmos Quartet destacó en esta ocasión sobre todo por los soli. Helena Satué consiguió un excelente sonido en el primer violín: dulce y muy claro en unos agudos difíciles. Supo sacar varios colores a su instrumento que sobresalieron especialmente en el trío del Menuetto. Allegro. Mientras, en el segundo movimiento destacaron principalmente los “suspiros” de un violonchelo al que Oriol Prat supo sacar un sonido potente y profundo.

Tras la pausa vino el plato fuerte, en el que, además de la calidad de los músicos, pudimos también analizar su comportamiento como agrupación. Un momento clave resulta la fuga del segundo movimiento. El Cosmos Quartet supo mantener en todo el momento un excelente equilibrio entre los instrumentos, pero Varvara destacó quizás un poco de más. Tanto en este movimiento como en el precedente no cuadraron cuarteto y pianista y no fue hasta el Scherzo cuando por fin dejamos de escuchar a un cuarteto con piano y pudimos al fin disfrutar del quinteto. Aún mejor sonó este tercer movimiento en la propina que ofrecieron, y funcionó mejor como final que el propio Finale del quinteto por su potencia y agilidad. Fue un buen broche para un concierto que, si bien tuvo sus cosas buenas, quedó con varios detalles que pulir. 

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