Un año más el mes de noviembre marca el inicio de temporada para La Filarmónica, con las consiguientes expectativas. Asimismo, los maestros de ceremonias encargados de abrir el presente ciclo sinfónico alientan de antemano la idea de un concierto especial: la prestigiosa Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart bajo la avezada dirección de Eliahu Inbal y, en el registro solista, el Trío Ludwig, conformado por la pianista Hyo-Sun Lim y los hermanos Abel Thomàs y Arnau Thomàs. Por otra parte, el programa a desgranar planteaba dos propuestas claramente diferenciadas: en primer lugar, el no demasiado representado —en buena medida por la exigencia atinente al elenco solista— Concierto para violín, violonchelo y piano en do mayor, op. 56, de Ludwig van Beethoven, y, en segundo lugar, la monumental Sinfonía núm. 4 “Romántica”, de Anton Bruckner.

El Triple concierto, dedicado —como tantos otros trabajos de Beethoven— al benefactor Lobkowitz, fue escrito entre 1804 y 1805, si bien su estreno no se produjo hasta dos años más tarde, en la Viena de 1807. Se trata de un dato relevante, pues esta ciudad fue en los comienzos del siglo XIX un foco de irradiación estilístico-musical, en el que la forma del trío predominó marcando la pauta de la tendencia escritural camerística en la que se inscribe la pieza —además, es preciso apuntar, del influjo «concertante» y la densidad que adquiere el apartado orquestal beethoveniano, en paralelo al desarrollo que experimenta su corpus sinfónico desde la Eroica—. En este sentido, la SWR de Stuttgart supo dotar con la cobertura adecuada al Trío Ludwig, destacando la urdimbre creada por archi y la precisión del viento en los tutti, que logró corales exuberantes y momentos en los que reverberó la grandeza que atraviesa, verbigracia, la Sinfonía núm. 3.

El director Eliahu Inbal © ZChrapek
El director Eliahu Inbal
© ZChrapek

Abel Thomàs, Arnau Thomàs y Hyo‐Sun Lim estuvieron a la altura, lo cual no es un mérito menor, debido a los prolijos pasajes de solo y el tupido contrapunto. La ejecución, que mantuvo una línea preponderantemente notable, únicamente acusó en momentos puntuales ciertos balances descompensados, tanto entre los componentes del Trío Ludwig —la dinámica del violonchelo quedó ostensiblemente ahogada por violín y piano en varios tramos— como con respecto a la SWR de Stuttgart. Sin embargo, se trató de un ejercicio correcto, en el que las numerosas virtudes ayudaron a soslayar los pocos desaciertos, y donde la pericia de Inbal contribuyó decisivamente a la coreografía de todo el conjunto, obteniendo un resultado final sonoramente aceptable.

Mejor sensación, no obstante, propició la exégesis de la Sinfonía núm. 4 de Anton Bruckner. De proporciones catedralicias en duración y efectivos, la Romántica apela a la culminación de un estilo, que el propio Bruckner continuará, a su vez, ultimando a lo largo de sus ulteriores sinfonías. Así, los compases iniciales del "Bewegt, nicht zu schnell" brindan el material a partir del cual se estructura el resto de movimientos, no únicamente de modo acumulativo, sino también proyectando sobre las diferentes variaciones un tratamiento siempre original y recorrido de hallazgos armónicos y líricos. 

La SWR de Stuttgart potenció tales atributos, liderada por un Inbal cuya labor fundamental consistió en calibrar el inmenso caudal que emergía de la formación alemana. Pudimos asistir a un despliegue minucioso de fraseos homogéneos y de tímbrica arrobadora, en buena medida promovidos desde las secciones de violas —voz esencial en toda la sinfonía— y de violines, pero apuntalados en todo caso por la brillantez y la fuerza de los metales. El Andante, quasi allegretto, el Scherzo y el Finale prolongaron esta sinergia, salvaguardando el hilo conductor planteado ab initio y evidenciando la capacidad progresiva de Inbal, que reguló un desenvolvimiento ajustado de la masa sonora.

Bruckner funcionó, entonces, como una metonimia de las cotas que puede alcanzar el espesor romántico, y ello inserto en un concierto que, merced a los encomiables empeños de la SWR de Stuttgart, no defraudó, en definitiva, la particularidad de su circunstancia. 

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