Recuerdo el testimonio de un deportado que sobrevivió a un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, que afirmó que se sintió libre solamente cuando, de vuelta a casa, pudo escuchar la música de Mozart. Admitía que no era un experto de música, pero aseguraba que la sensación de libertad que le suscitaba las notas del compositor salzburgués no tenía parangón con ninguna otra música. Se trata de un sentimiento subjetivo y extramusical, pero que suele ser frecuente a distintas latitudes y en contextos variados. Lo cierto es que el refinamiento melódico de Mozart, su profundo desenfado o su dramatismo siempre elegante, son prácticamente universales. No se trata de una libertad proclamada, desbocada y exuberante, sino proporcionada, medida, consciente de sus propios límites. Y aun así, es la libertad que es reconocida como auténtica, la que puede permanecer más allá de los arrebatos y los impulsos extemporáneos: es la libertad de la pequeña gran belleza. 

El programa de anoche despegaba empero con Tchaikovsky y su Serenata para cuerdas op. 48. De las composiciones del ruso, esta es de las más contenidas y alejadas de la emotividad a raudales a la que en otras ocasiones nos tiene acostumbrados: cuatro movimientos, de tiempos moderados, una estructura simple, pero eficaz y una línea melódica cristalina. Estos son los ingredientes que los miembros de la Orquesta da Camera manejaron muy acertadamente. Con un orgánico bastante reducido (7 violines, 3 violas, 2 violonchelos y un contrabajo) supieron plasmar una sonoridad proporcionada y no demasiado grave. En el primer movimiento, resaltaron las voces medias y la rotundidad de los acordes del tema principal sin perder toda la riqueza armónica. El segundo movimiento, el célebre Vals, fue interpretado con toda la ligereza que lo distingue: ni muy precipitado ni lánguido. Superlativa fue la ejecución de la Elegía: una paleta de colores muy sugestiva se abrió paso desde las sonoridades más diáfanas hasta el conjunto más pleno. La estructura camerística permitió un control absoluto sobre las dinámicas que devolvieron todo el lirismo de la pieza sin caer en el sentimentalismo. Asimismo, el Finale, de tintes rusos, pero con una elaboración y desarrollo más cercanos al imaginario clásico de Tchaikovsky, transmitió un contenido desenfreno, una alegría posible solamente desde la distancia. El conjunto catalán (joven en su formación, pero con expertos solistas) supo acoger en sí el espíritu de la obra, un homenaje romántico al pasado clásico, sin excesos ni estridencias, con una melancolía apenas esbozada y sólidos medios técnicos.

La pianista Maria João Pires
© May Zircus

El sentido de la proporción, de esa belleza enorme por su simplicidad es encarnado a la perfección por el Concierto para piano núm. 9 en mi bemol mayor, K271, de Mozart, sobre todo si puesto en las manos de Maria João Pires. El compositor austriaco es uno de los que más se congenian con el talento de la veterana pianista portuguesa y la interpretación de anoche no fue una excepción. Pires abordó la obra desde el piano posicionado frente a los demás instrumentistas aunque apenas les dio indicaciones, algo que tampoco fue necesario. 

Desde el primer movimiento quedó clara la marca inequívoca de Pires: agilidad evidente, nitidez absoluta sin recurrir prácticamente al pedal y un ritmo interno inconfundible. El desbordamiento melódico puede ser abrumador, pero no es el caso de Pires, quien con quehacer experto sabe colocar todas y cada una de las notas en su lugar con extrema gracia y naturalidad. Lejos de la confrontación con la orquesta, gracias también a su orgánico reducido, la obra fue un ejemplo de fluidez y encanto. En el segundo movimiento, Pires se concentró en recrear un clima de paz, una serenidad en la que se dejaban entrever atmosferas más dramáticas que Mozart dejó para otra ocasión. Mostró así Pires su dominio de la sugerencia, de la evocación, sin desvelar todo lo que se esconde. Así el movimiento conclusivo, con su característico minueto en tiempo más moderado, fue un epílogo de la sabiduría interpretativa precedente que culminó en las cadencias. En éstas, además de la tímbrica más destellante, Pires ahondó en las demás gamas del teclado, tomando impulso hacia la desenfadada coda del movimiento.

Se decía que hay una libertad que toma el vuelo solamente sabiendo de la precariedad de sus alas y en tal sentido el concierto de anoche es una prueba de ello. El orgánico reducido permitió sacar el mayor provecho con un Tchaikovsky comedido y sincero y, en cuanto a la música de Mozart, si bien está constantemente representada en los repertorios, solamente en excelentes manos es excepcional. Ya bien, cuando se encuentra con el genio de Pires, entonces se produce un pequeño milagro. 

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