La apuesta de los ciclos de La Filarmónica sigue pudiendo resumirse bajo el lema de "clásicos populares con orquestas estelares para públicos ocasionales". El resultado es un auditorio lleno y un tipo de dinámica de concierto distinta (más relajada y obvia en su idea de agradar al público) de la que puede encontrarse en una sesión de Ibermúsica o de la OCNE. En este caso la Sinfónica de Viena traía un programa de incuestionables centrado en ese mágico tercio final de siglo XVIII y principios del XIX donde la sinfonía completó su particular periplo hacia el liderato de la forma.

La Orquesta Sinfónica de Viena © Andreas Balon
La Orquesta Sinfónica de Viena
© Andreas Balon

El programa se iniciaba con la Sinfonía núm. 35 en re mayor, "Haffner", de W. A. Mozart. Es curioso comprobar cómo aún perdura en el mundo sinfónico esa falsa idea de que tocar una sinfonía de Mozart que no sea de su último tríptico es una tarea relativamente sencilla para agrupaciones de cierto nivel. Nada más lejos de la realidad. Mozart dispone trampantojos rítmicos por doquier, engaños melódicos a la vuelta de cada compás y artimañas armónicas bajo la alfombra de sus scherzos. La batuta de Ádám Fischer hizo una lectura modélica en el mejor sentido del término, superando con aparente facilidad tanta astucia disfrazada con impecables dinámicas y tempi ajustados. Con una distribución orquestal más amplia de lo debido, pero luego atenuada durante la sinfonía, la Sinfónica de Viena demostró que todo el tropel de orquestas historicistas que irrumpieron ya hace años en el mundo mozartiano, no han pasado de largo en cuanto a las enseñanzas que dejan en las formaciones más clásicas.

Pablo Ferrrández © Kirill Bashkirov
Pablo Ferrrández
© Kirill Bashkirov
Del bello concierto de chelo de Haydn destacó la visión tan personal del legato clasicista del madrileño Pablo Ferrández. Su sonido es profundamente expresivo, huyendo de versiones rutinarias o galantes en exceso, y tomándose unas licencias de acentuación muy llamativas. El sonido de su Stradivarius de finales del XVII no es especialmente potente, pero despliega una gama de armónicos apabullante que el madrileño completa con generosas dosis de vibrato. Con todo, donde más llamó la atención Ferrández fue en las cadencias de los dos primeros movimientos, largas e internacionales en su concepto, recalando sin anacronismos en la escuela francesa, italiana y alemana, y sus distintas formas de encarar el sentido musical. Aplaudidísimo, Pablo Ferrández dejó de propina una emotiva "Sarabande" de la Suite para chelo núm. 3, a medio camino entre Rostropovich y Pandolfo.

La Quinta sinfonía de Beethoven arrancó muy prometedora, con intensidad y gesto concentrado de Fischer y toda la simbología alrededor de la llamada del destino enormemente reforzada por la sección de contrabajos. Un Andante sereno y matizado anticipó el tercer movimiento mucho más plano, que se fue desinflando de ese empuje inicial poco a poco en un naufragio de pizzicati más deshilvanados de lo esperado. Por suerte los compases finales recuperaron toda la ceremoniosidad y elocuencia que les son propias y se cerró la sinfonía con buenas sensaciones. Si a eso le sumamos las dos propinas best-sellers (la Danza húngara núm. 5 de J. Brahms y la Pizzicato Polka de J. Strauss II) el resultado es un concierto de dosificados esfuerzos pero grandes resultados.