Presencia plena. Sus fuertes manos no temen abalanzarse con decisión sobre el teclado. No hay mínima concesión al público, entregado de antemano, sino la de ofrecer un acceso a la recreación de la Música. No muestra un gesto de empatía, no esboza una sonrisa ni una hesitación en el mecánico recorrido que realizará a través del escenario, varias veces a lo largo de la noche. Presencia infranqueable. Hablamos de Grigory Sokolov, leyenda viva del pianismo ruso, venido de un tiempo inmemorial para hablarnos del porvenir, para abrir una brecha en nuestra temporalidad cotidiana.

El pianista ruso Grigory Sokolov © Mary Slepkova / DG
El pianista ruso Grigory Sokolov
© Mary Slepkova / DG

Precedido por una devoción casi mística, envuelto en un halo de misterio, con un semblante y unos modos que nos recuerdan algún personaje de una película de Tarkovsky, Sokolov es empero extremadamente cercano cuando comienza a tocar. Para describir las sensaciones que se perciben escuchándole, tal vez no sirva hablar de su técnica o de la elección del programa, o por lo menos no sin haber anotado algo antes: a saber, que sus interpretaciones parecen ser las interpretaciones de esas piezas. Es magistral su capacidad de ajustar el registro a la tonalidad emotiva de la obra, de hacer hablar al compositor a través de su figura. Pero no se trata de un ejercicio de mimetismo, sino que lo hace con arrolladora personalidad.

Todo comenzó con la Sonata Op.2 núm. 3 de Beethoven, compuesta entre 1794 y 1795. Este primer grupo de sonatas, dedicado al maestro Haydn, está escrito para “Clavecin ou Piano-Forte”, esto es, para clave o para piano, indistintamente. Esto no es algo extraño en aquel tiempo, en el que el piano moderno todavía no se había siquiera inventado. Pero lo asombroso fue la interpretación de Sokolov, que fue más allá de esa indicación, renunciando a la elección entre uno u otro instrumento. Su Steinway sonó a la vez como un piano y como un clave: brillante y vibrante en los pasajes ágiles del primer movimiento, donde evidentemente se perciben las influencias aún clásicas, pero a los que Beethoven le añade su juvenil descaro; profundo y grave en el ensoñador segundo movimiento, donde Sokolov desafía la mecánica del instrumento dotando a cada tecla de un recorrido inimaginable en otras manos. Los movimientos conclusivos, Scherzo y Rondó, fueron proyectados hacia el futuro: Sokolov destacó las texturas contrapuntísticas de los pasajes del Scherzo, jugó con los contrastes de las varias secciones del Rondó, sin renunciar a una exhibición de fuerza, con un toque vigoroso y una rítmica marcada. Siguieron las Once bagatelas del opus 119, piezas escritas a lo largo de casi una vida, variadas en medios expresivos, pero acomunadas por ser piezas breves, esbozos de material que podría haberse desarrollado de forma más elaborada. Son un exquisito pretexto para que Sokolov se pueda lucir, mostrando su amplio catálogo de cualidades: matices y dinámicas que recorren toda la paleta de colores, pasajes de extrema velocidad, pero sobre todo la posibilidad de abarcar con una sola mirada toda la página. El arte de la miniatura requiere de la perfección desapercibida del gesto medido y un cierto énfasis tímido.

En la segunda parte, los Klavierstücke Op.118 y 119 de Brahms sonaron con fuego desde la primera nota a la última. Se decía que Sokolov no tiene miedo en poner las manos sobre el teclado: aun siendo capaz de muchos matices y de momentos de extremada delicadeza, su sonido siempre es robusto, de un presencia plena, enriquecido por un incidir rítmico potente. Sokolov ofrece un fraseo claro, capaz de desenmarañar esas abruptas nubes de la escritura brahmsiana, sin resultar frío o distante. Sokolov, frente a la cascada de notas de estas piezas, parece perder su reservado pudor, llegando incluso a balancearse ligeramente. Resulta imposible quedarse con alguna de las piezas en particular, pero sí hay que poner de relieve la atención de Sokolov a las voces intermedias en el Intermezzo en fa menor del opus 118 o la construcción magistralmente orientada de la última pieza de esa serie; o aún la dimensión casi sinfónica que Sokolov logra en la Rapsodia final del opus 119. Fueron innumerables los detalles y elementos a destacar en esta interpretación que probablemente quedará impresa entre muchos de los asistentes.

Siguió la ya denominada “tercera parte” de los conciertos de Sokolov: seis piezas nos ofreció el pianista ruso comenzando por Schubert, pasando por Chopin y terminando con Des pas sur la neige de Debussy. Algo más que “propinas”, es más bien una forma de estar en el mundo. Con su andar acompasado, algo rígido, su expresión inmutable, su rehuir de los aplausos y las ovaciones. ¿Por qué entonces esta costumbre? Tal vez por la convicción de que solo en el curso de esos compases está aquello que realmente importa: el vínculo de la música y el oyente, rigurosamente en directo, transitoriamente perfecto.

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