La Fundación Scherzo acoge, con motivo del centenario del nacimiento de la insigne Alicia de Larrocha el recital de Javier Perianes. Qué mejor que programar, con esta ocasión, las Goyescas de Enrique Granados, que le valieron a la barcelonesa su último Grammy, el de 1992.

Se convino en reservar para la segunda parte este “plato fuerte” y, a modo de preludio, precedió a la suite para piano una serie de miradas de las melodías “schumannianas” a través de los ojos de su mujer, Clara, y su íntimo Johannes Brahms. Perianes salió con arrojo a un Auditorio Nacional sorprendentemente poco lleno para lo que la ocasión merecía. Enseguida comenzó a tocar y las primeras notas acallaron los últimos murmullos del público. Al momento, creó el pianista un ambiente íntimo, quizás un tanto tímido, casi parecía que la melodía pedía permiso para empezar, para poco a poco a ganar espacio. La primera de las variaciones consiguió asentarse en el forte, sin perder con ello la elegancia y el ambiente pequeño logrado en la exposición del tema.

Javier Perianes
© Igor Studio

Perianes jugó con el tiempo como quiso, dando solemnidad a las variaciones tercera y sexta, casi borrando el compás, mientras que supo mantenerse rítmico y agitado en la explosiva quinta variación, siempre recalcando y manteniendo viva el alma melódica que unifica toda la obra. El movimiento central de la Sonata núm. 3 de Robert Schumann también pertenece al género de las variaciones. En este caso, el tema es de su esposa, Clara. La elaboración que Schumann da a este breve movimiento es enorme y la claridad de Perianes ayudó a poner el énfasis sobre esta complejidad compositiva, al resaltar el pianista las distintas líneas que forman el intrincado contrapunto.

Finalizó esta parte con las Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 9 de Johannes Brahms. Sobre el mismo tema que habíamos escuchado al comienzo, el hamburgués despliega toda su capacidad creativa, comenzando por las armonías de la primera variación, cambiando totalmente el carácter en los Allegro de las variaciones sexta y séptima hasta llegar al romántico Andante y el solemne Adagio final. Perianes fue pasando por cada una de estas emociones. Volcándose en ellas, pero sin dejarse atrapar. Dándoles el cariz justo y necesario, sin mostrar un patetismo que hubiera restado elegancia al tema. Se recrea en la nostalgia del primer Poco Adagio, marca la articulación en el Allegretto, poco scherzando, logra retener ligeramente el tiempo en el Non troppo Presto y prepara al espectador para el final en la penúltima variación. Todo a través de pequeños detalles difíciles de explicar sin la escucha.

En este aspecto, logra lo mismo que De Larrocha: elevar una obra mediante pequeños detalles. Una nota que se espera, un floreo que sobresale un poco más, o una apoyatura que se convierte en gemido. Eso es lo que hace de su versión de las Goyescas un disco tan especial. Perianes ofreció una versión muy digna, elegante, clásica. Unos requiebros con unos adornos claros y precisos, algo que mantendría a lo largo de toda la suite con la salvedad de El fandango del candil que sonó algo más emborronado debido a la velocidad con la que atacó esta danza. Me abrumó el detalle y el cuidado que dio a Quejas, o la maja y el ruiseñor: esos delicadísimos trinos del pajarillo… También fue sublime el contraste entre el melodioso amor y la apabullante muerte, envueltos ambos en unos adornos elegantes y muy bien metidos.

Faltó, sin embargo, algo más de pasión, de duende, si se prefiere. En Los requiebros, bajo el título “Tonadilla” se esconde la melodía de una popular tirana decimonónica atribuída a Blas de Laserna. “Con gallardía”, indica Granados escuetamente la sensualidad con la que se debe atacar esta danza desvergonzada que rompería los límites del decoro bajo la pluma de Barbieri. En unir esa gallardía de barrio, o de feria, con el salón en el que se presenta el piano falló Perianes. Eso le faltó, y nada más, para llegar a mirarse cara a cara con la divina De Larrocha. 

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